Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago que recientemente realicé. En esta ocasión, me ocuparé de la primera mitad del día 33. ¡Ahí voy!
Un Camino. Día 33 (1)
Domingo 17 de agosto
Despertar en Grañón es muy agradable: el desayuno es amplio, pero también frugal. Todos los hospitaleros nos dejan claro que podemos comer lo que deseemos o descansar más tiempo. Las buenas vibraciones del día anterior perduran.
Antes de salir, una argentina que ejerce de hospitalera me cuenta una de esas dulces historias que jalonan el Camino. Durante varios días un grupo de cinco personas de las más diversas nacionalidades estuvo caminando en franca armonía. Se habían conocido durante el viaje, pero conectaron de una manera íntima y profunda. Uno de sus rituales comunes era cantar juntos en voz alta bellas canciones, como es el caso de un fado. El portugués del grupo solía entonar aquella tonada con amplia emoción todas las mañanas al avanzar en su senda. Lamentablemente, aquel caballero tuvo que dejarles pocos días antes de que llegaran a Santiago porque debía volver a su trabajo en Lisboa. Todos se despidieron de él con suma tristeza y continuaron su ruta pensando que ya no lo verían más. Dio la casualidad que el día que tenía previsto llegar a Santiago era un domingo. Y apareció la magia. Al salir del albergue en el que pernoctaron, tras caminar varios kilómetros, escucharon de nuevo aquel bello fado en portugués. ¡Sí! ¡Era su compañero que había recorrido cientos de kilómetros en coche y ahora les acompañaba de nuevo en su llegada a la capital jacobea!

¿Qué puedo decir? Casi puedo escuchar allí, entre la hierba, recostado sobre mi mochila junto a David, aquel fado. ¿Qué mejor historia para continuar el viaje? Antes de partir le comento a un hospitalero de Málaga que he dejado mi saco de dormir y me llevo otro. Este señor maduro, fuerte, y con ánimo dadivoso, sonríe y me asegura que he hecho lo correcto. También aprovecha para contarme cómo nació la célebre sentencia «Coge lo que necesitas y deja lo que te sobre». Una frase, casi un proverbio tan práctico como simbólico, que podemos leer sobre los múltiples baúles llenos de ropa y de los más diversos utensilios que relucen en Arrés, Grañón y tantos otros albergues de donativo a lo largo de la ruta jacobea.
Como en tantos aspectos de la vida, el azar fue decisivo. Según parece, a principios de los años 90, el ya mentado José Ignacio quiso ayudar a un mendigo que dormía a la intemperie, junto al muro de la iglesia. Sin dudarlo, le ofreció cobijo en la zona posterior del templo (justo donde se encuentra ahora el albergue) y rezó una oración por su alma. A la mañana siguiente, José Ignacio quedó sorprendido porque aquel hombre no descendía. Al principio, pensó que podía encontrarse fatigado y luego, con el transcurrir de las horas, que tal vez estuviera enfermo. Así que subió a buscarlo. Con asombro, descubrió que aquel señor no se encontraba allí. Probablemente se hubiera marchado de madrugada. Aún con más estupor, José Ignacio contempló un billete de dos mil pesetas (equivalentes a 12 euros actuales) cuidadosamente dejado en el suelo.
José Ignacio pensó que aquella pieza se le había caído por error al mendigo y nunca la utilizó. Siempre creyó que acabaría por volver a pedírsela. Por eso, aunque pasaron los meses, la conservó con mimo y cuidado. Transcurridos varios años, con esa zona de su iglesia convertida en albergue, el billete se convirtió en símbolo. José Ignacio, ya medio en broma y con una sonrisa indisimulada en el rostro, se negaba a deshacerse de él. Recordaba a quienes quisieran escucharle que aquel mendigo acabaría volviendo por su dinero. Finalmente, José Ignacio (ley de vida) falleció y nunca más se supo de aquel desamparado. Pero la caja continúa allí, siempre abierta. Los doce euros y un cartel ya mítico invitan a la confianza y desprendimiento entre los peregrinos.

En fin, a fuerza de ser sinceros, esta historia, como todas las grandes historias, debe haberse reelaborado tantas veces que tal vez no sea exacta, pero no importa. Lo fundamental es que perdura y ha hecho eco en decenas de almas. Teodoro, un incansable caminante que administra junto a otros sempiternos peregrinos un necesario, esencial grupo de Telegram sobre el Camino, me confirma su existencia. Y me la cuenta también a su modo. ¡Los ecos sobre ecos prosiguen! ¡No cesan!
Me voy de Grañón emocionado, sintiendo que tuve la fortuna de dormir en una fortaleza espiritual del Camino. Salgo renovado a los parajes de La Rioja que pronto se convertirán en los de Castilla. Sí, David y yo estamos a punto de cruzar el límite con la región castellana. Lo anuncian una inacabable sucesión de hileras de chopos y campos de cereales. Más tarde, un cartel que nos da la bienvenida a la región. ¡Bien hallados!
Al poco tiempo, David vuelve a perderse. Su ritmo es demasiado rápido para mí. No importa. Mi pie izquierdo ya se encuentra mucho mejor pero no quiero forzar. Así que no dudo en aprovechar para reposar un poco en Redecilla del Camino, donde contemplo una mítica pila bautismal del románico. Según parece, su exquisita decoración medieval (que podría haber sido realizada por unos miniaturistas) se alcanza a explicar por la cercana presencia de la abadía de San Millán de la Cogolla.

Si no nos encontráramos en agosto, no dudaría en caminar hacia el célebre monasterio. No obstante, de nuevo el sol se convierte en un intolerante adversario. Casi ni puedo respirar. Así que lleno mi cantimplora de agua y reposo en unos bancos a la sombra. Allí se detiene unos instantes más tarde un italiano sin pelo alguno, de mediana edad, alto y bien vestido (a pesar de su atuendo deportivo) como la mayoría de ciudadanos de su país.
Creo reconocerlo del albergue de Grañón y ambos nos saludamos con cierta calidez. Al poco tiempo, el italiano se levanta y contempla unos frutos de un árbol y me pregunta por su nombre o si son comestibles. Yo la verdad es que lo desconozco. Así que opto por hacerles una foto y preguntarle a Google. Pronto llega la respuesta. Se trata de unos frutos conocidos comúnmente como castañas de Indias. De acuerdo. ¡Hasta aquí bien! Sin embargo, también se nos advierte que son tóxicos para los seres humanos. Si se ingieren crudos pueden ser venenosos.

Cuando se lo digo al italiano, éste ya se encuentra trasteando el fruto con las manos y cualquiera diría que está a punto de probarlo. Así que recibe mi información con un susto. Casi sonrío al ver el pasmo en su rostro. Yo no puedo evitar preguntarme qué hubiera ocurrido años atrás. En la era previa a Internet. Posiblemente unos cuantos hospitaleros tendrían que trabajar doble para recuperar al italiano. O, ¿quién sabe?, tal vez en algún periódico habría aparecido una foto suya en una cama de hospital, levantando el puño malherido, tras haberse recuperado de la temible indigestión de estos frutos.
En fin. La anécdota hace que se cree cierta complicidad entre ambos. Me comenta que es romano y trabaja para el ayuntamiento. Yo no estoy demasiado interesado en su vida. Lo escucho pero de tanto en tanto cierro los ojos y me dejo embriagar por la paz de este pueblo castellano. Sin embargo, no puedo evitar aconsejarle y echarle una mano cuando, cariacontecido, me plantea la siguiente pregunta. El italiano me comenta que no entiende bien el funcionamiento de los albergues de donativo. Lleva una semana en el Camino y ya ha estado en dos. En Grañón preguntó directamente a una hospitalera si diez euros estaba bien. Ella la miró con cierta decepción y el italiano volvió a preguntar si tal vez 15 o 20 euros serían más adecuados. Pero la hospitalera volvió a mirarle con escepticismo. A decir verdad, un poco menos que antes pero aún con cierta decepción. No fue, en cualquier caso, hasta que el señor tuvo a bien pronunciar la palabra mágica de 30 euros y depositó la cantidad en el cesto que la muchacha sonrió y dio el visto bueno a su donación. Así que el italiano está hecho un lío. ¿Eso significa que debe dejar 30 euros cuando se aloje en uno de estos albergues? ¿Más, menos? ¿Qué donativo debe dar?
Yo intento ayudarle pero no sé bien cómo. Le comento que él no debe preguntar a nadie. El donativo es privado. Él ha sido muy gentil al preguntar pero no tendría por qué haberlo hecho. Le comento que 20 euros ya es más que suficiente. Pero que hay peregrinos que dejan 50 euros y otros unos céntimos. Algunos dejan el donativo al entrar y otros al salir tras comprobar cómo son tratados. No sé cómo decirle que la hospitalera se aprovechó de su buena fe sin herir su orgullo. Pero le reitero que debe dejar lo que él considere sin presiones de ningún tipo.
En fin. La picaresca y el Camino siempre, para bien o para mal, han estado muy unidos. Cierto es que este italiano no parece tener problema económico alguno pero eso no debería ser justificación para aprovecharse de él. A decir verdad, no termino de tener claro si este señor termina de comprender realmente el espíritu del donativo. A veces el Camino se compone más de dudas, malentendidos y sustos que de rutas bien marcadas. Esta ruta nos enseña también a eso. A vivir, respirar en la incertidumbre y disfrutar con las pequeñas paradojas de la vida.

Yo, en cualquier caso, continúo mi trayectoria cerca del río Reláchigo camino a Villoria de Rioja. Una localidad que en principio no se diferencia de tantas otras (todas con su encanto y lustre) que hemos ido visitando pero que cualquier peregrino debería retener en su memoria porque se dice que fue aquí donde, a principios del siglo XI, nació ni más ni menos que Santo Domingo de la Calzada. Una presencia, vuelvo a repetirlo, sin el cual no se entiende la importancia y desarrollo de este tramo del Camino a lo largo de los siglos. Tanto fue su influjo e importancia construyendo caminos y puentes que se ganó, por ejemplo, el favor de Alfonso VI de León. La ciudad que dejé atrás que lleva su nombre nació precisamente en torno a la ermita donde vivía. Y la iglesia en la que fue enterrado es hoy la Catedral donde un gallo y una gallina cacarean día tras día.
No tengo hoy demasiado tiempo para reflexiones históricas porque el calor, ya lo dije, vuelve a ser acuciante. Apenas puedo respirar. Me desplazo como un muerto dando gracias a llevar un sombrero que me hace un poco más llevadero el suplicio. Hay algo de expiación en toda peregrinación y yo estoy en uno de sus momentos cumbre. El sol pica, el sol muerde. No me extrañaría que se produjeran incendios o que antes o después alguien me diera noticias de algún peregrino fallecido por la imprudencia de caminar sin hidratarse suficiente. Confío, desde luego, no ser yo. Hablando de peregrinos, ¿dónde estará Karim? ¿Y Pasquale? ¡Debería llamar a este último! Ya he normalizado que un ciego realice esta ruta pero no tiene nada de normal.
Cuando llego a Belorado apenas tengo fuerzas para contemplar la exuberante arquitectura que me rodea. El pueblo es un encanto. No me extraña en absoluto que haya sido considerado en muchas guías, también por supuesto en el Códice Calixtino, como punto importante del Camino. Se convirtió, de hecho, a principios del Siglo XI, en un lugar icónico de la ruta cuando Sancho III «el mayor de Navarra» tuvo a bien desviar los senderos jacobeos desde Nájera hacia Santo Domingo y Belorado. Leo también que, en sus mejores tiempos, hubo unos cuantos hospitales en esta localidad que acogían a los peregrinos. A decir verdad, me encantaría sellar mi credencial con el célebre sello del Concejo que, según parece, data del siglo XIII, pero el cansancio me paraliza. No puedo moverme. Tan cansado estoy que no tengo ni fuerzas para pinchar «Alejandro el peregrino». Así que paro a tomar un café en el primer bar que veo. La idea era detenerme diez minutos pero alargo mi estancia durante más de una hora en la que me hidrato y como cacahuetes sin descanso. Parezco estar en medio de un horno. Estoy un poco mareado. Pero debo continuar caminando.

Sorprendentemente, cuando salgo de Belorado, me encuentro a David. No tenemos claro dónde dormiremos y es normal que me haya esperado. No teníamos un punto de encuentro definido. Mi compañero se encuentra mucho más sereno, (él, al fin y al cabo, es el Camino, el Coronel Kurtz del Camino) pero también es humano y sufre el calor. En verdad, todos lo sufrimos. Los rostros de los peregrinos que nos encontramos por aquí y por allá traslucen sufrimiento. Muchos tienen gotas de sudor en su rostro. Otros resoplan. Alguno muestra contrariedad. Aún así, la mayoría todavía son capaces de emitir una sonrisa. Prueba de que, ante todo, somos una hermandad. Una hermandad de sufridores pero hermandad al fin y al cabo.
La llegada a Tosantos es épica. Casi dramática. Yo no puedo con mi alma. Casi me arrastro. A veces doy manotazos al viento como si ese vano gesto pudiera combatir, detener el sol. La idea es continuar pero hace tanto calor que David y yo nos detenemos en un banco a deliberar. Yo tendría que estar el 1 de septiembre en Santiago y el 4 o 5 en Finisterre. Mi billete de avión desde Santiago a Barcelona tiene fecha del 8 de septiembre. Debido a mi principio de tendinitis no he podido realizar los kilómetros diarios que deseaba. Ese inconveniente ha hecho precisamente que disfrute de personas (Pasquale, Karim) y lugares (Grañón, Viana) que nunca hubiera conocido de seguir el plan inicial. Pero ya no puedo retrasarme más. He llegado a mi límite psicológico. Belén Vera, la responsable de la galería Efímera, me aguarda el viernes 19 de septiembre en Murcia y yo aún tengo que bajar en bicicleta de Barcelona a La Manga.
Si no me equivoco, he de caminar casi 40 kilómetros diarios (tal vez un poco menos) para llegar a Santiago en la fecha prevista. Sí, es mucho pero he jurado que lo haré y lo voy a cumplir si mi pie izquierdo sigue respondiendo. Es lo único que tengo claro. Que haré lo que esté en mi mano por llegar. Pero hace tanto calor que no sé por qué y cómo continuar. Estoy agotado. Un poco ansioso. No pienso con claridad. Aunque de tanto en tanto me relajo, respiro profundamente y me digo a mí mismo que Dios proveerá. ¿No estoy en el Camino? ¡Hombre de poca fe! ¡Confía, confía!

A decir verdad, creo sinceramente que continuar pondría en riesgo mi vida. Así que le pregunto a David si él estaría dispuesto a caminar horas y horas toda la noche. Su respuesta es afirmativa. En la web de Gronze compruebo que en Tosantos se encuentra un albergue de donativo: el parroquial de San Francisco de Asís. Como he ido dejando claro, todas mis experiencias hasta ahora con esos alojamientos han sido espléndidas. Los hospitaleros que acostumbran a encontrarse allí suelen rebosar humanidad. Así que le ruego a mi compañero (yo ni puedo moverme) que se acerque al mismo y pregunte si nos pueden dar cobijo por unas horas. La idea es que nos permitan descansar parte de la mañana y de la tarde hasta que pase el calor y, al anochecer, continuar nuestra ruta.
Pasan unos veinte minutos hasta que vuelvo a ver a David aparecer. Me comenta con una sonrisa que en el albergue se encuentra Mohamed (el árabe convertido al cristianismo) y que le han recibido con generosidad. Le han dado agua y unas manzanas. Comparte una conmigo y me ayuda a levantar la mochila. Se lo agradezco.
Tosantos es un pueblo muy pequeño. Apenas un páramo. Pero recorrerlo se me hace eterno. Conforme me acerco al albergue siento, eso sí, que vuelvo en mí. Cuando uno de los hospitaleros me da un abrazo y me invita a tomar un vaso de agua fría con un limón escurrido, siento que estoy salvado. Estoy de nuevo en el lugar indicado en el momento justo.
Creo que era José Ignacio (el cura de Grañón) quien sostenía que hay que recibir a los peregrinos en los albergues como si fueran el mismísimo Cristo. Tal vez lo dijo él. Tal vez otra persona. No importa. Lo importante, repito, es que siento de nuevo que estoy a salvo. ¡La providencia ha hecho de nuevo su trabajo! Me han bastado unos minutos para sentirme en casa en este nuevo alojamiento. ¿Qué me esperará en las siguientes horas? Shalam
المثل الذي لا يقدم سبباً محدداً هو كلام فارغ يؤدي إلى إصدار حكم.
El refrán que no viene a propósito antes es disparate que sentencia




1imagen…el banco de los portugueses….
2imagen…el saludo de la canaleta…(arista)…arriba-abajo de hormigas….
3imagen..la caridad es inutil …..(buñuel)…
4imagen…gran tazon inciso…greca de edificios a lo keith haring….
5imagen….la seguridad de que no seran atacadas por los animales..
6imagen…mochila portuguesa, deja lo que puedas, despues del descanso…
7imagen….bosque de morera podadas…mas cerca de la carretera macetones de hierro fundido en los que hay plantados diez soles.
8imagen…caseron kuki…se ve bastante europeo….los domingos zumo de castañas venenosas)….
PD… portugal- (brasil hotel de cinco esrellas vs el zumo de castañas venenosas)……samba de orfeu…luis bonfa…1965…
https://www.youtube.com/watch?v=mnInVmowNu8&list=RDmnInVmowNu8&start_radio=1
1) La mochila es un monstruo y el aparato de bluetooth su lengua. Abre la boca para comer a los intrépidos peregrinos. 2) Reformatorio guiado por monjas. Abajo un joven tira piedras para ver a su amada encerrada. 3) Grande Buñuel. 4) el cáliz de la inmortalidad. Quien se bautiza allí tendrá un destino heroico. 5) La planta carnívora. Sólo le falta abrir la boca y mordernos. 6) Allí hay un peregrino. ¿No ves su mochila? Sí. Pero está muy sucia. Vámonos de aquí. 7) El atuendo peregrino desentona con la estética del lugar. Matemos a los peregrinos, diría un personaje de Buñuel. 8) Posible escenario de película de terror. El monstruo es el calor. PD: canción de un día que no termina nunca. Canción de músicos que saben que el fin del mundo nunca llegará.