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Un Camino. Día 33 (2)

Feb 4, 2026 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago realizado el pasado verano. En esta ocasión, me ocuparé de la segunda mitad del día 33. ¡Ahí voy!

Un Camino. Día 33 (2)

Domingo 17 de agosto

No tardo en darme cuenta de que en Tosantos hay un ambiente especial. Para empezar, no hay camas, sino colchonetas tiradas en el suelo, como en Grañón. Esto, sin duda, es un signo claro de que nuestro refugio tiene el sello de José Ignacio. A mí, concretamente, me agrada mucho descansar en colchonetas, pero lógicamente no ocurre así con todos los peregrinos. Un inglés accede a nuestra habitación, la inspecciona serenamente e incluso hace un amago de dejar su mochila, pero no tarda en salir de allí y continuar su ruta hacia otro destino. Supongo que en dirección a uno de tantos albergues privados -surgidos a raíz del nuevo apogeo del Camino- donde tenga una cama y ciertas comodidades a su alcance.

Según parece, la idea de las colchonetas fue también de José Ignacio. Cuando surgieron los albergues de donativo, muchos turistas aprovecharon las bondades de los hospitaleros y la posibilidad de dormir y cenar por una escasa cantidad de dinero, aunque bastantes de ellos no comprendían el espíritu del Camino. Solían quejarse, por ejemplo, si la comida tardaba más de la cuenta o si se les animaba a fregar los platos. Para ellos, los albergues eran similares a pensiones baratas u hostales. Exigían más de lo que ofrecían y apenas mostraban gratitud.

Frente a esta actitud, otro hombre con menor amplitud de miras que José Ignacio hubiera optado, tal vez, por poner un precio fijo o, acaso, replantear la idea. No obstante, el cura de Grañón tenía muy clara la vinculación de los albergues con la misericordia y el acogimiento cristianos. Por eso continuó con su generosa cruzada. Tan sólo simplificó aún más su concepción de acogida. La hizo todavía más humilde. Sustituyó las camas por colchonetas y, poco a poco, los turistas dejaron de acudir a sus refugios. Muchos optaron por otros alojamientos más acordes con sus propósitos. Ese simple hecho garantizó que quienes se quedaran allí tuvieran unas características personales que propiciaban la convivencia, las buenas experiencias y las conversaciones sinceras.

Me pregunto si no fue a raíz de anécdotas como estas que comenzó a popularizarse el término turigrino. Un apodo que he comenzado a escuchar desde hace unos días, y que, a medida que avanzo por el Camino francés, se vuelve omnipresente. Tanto los hospitaleros como varios de los compañeros que voy encontrando lo pronuncian no sin reparos, mostrando siempre cierto desagrado. Muchos me advierten, de hecho, que a partir de la localidad de Sarria, el Camino pierde parte de su magia y encanto porque se llena de turigrinos. El motivo no es otro que, desde esa localidad gallega, se logra completar el mínimo de 100 kilómetros exigibles para obtener la Compostela.

Un peregrino, José, que ha ejercido de hospitalero en varias ocasiones, me comenta que él ya ni tan siquiera llega a Santiago. Acostumbra a darse la vuelta en Sarria porque se niega a realizar esos últimos kilómetros rodeado de personas ajenas al sentido histórico del Camino. Muchos caminan como si estuvieran en romería. Si he de ser sincero, yo, al menos, no tengo nada clara mi opinión sobre el fenómeno turigrino. Yo mismo viajo escuchando música a un volumen considerable y entiendo que para muchos peregrinos que valoran el silencio (los hay incluso que hacen voto de silencio y no hablan con el resto), esto será un sacrilegio. ¿En qué momento todos, por cansancio o comodidad, nos convertimos también en turigrinos, aunque sea por un rato? ¿Quién soy yo para juzgar los motivos de alguien?

En fin. Queda claro que el tema turigrino ha venido para quedarse. Ya habrá tiempo de volver sobre el mismo.

De momento, disfruto de la extraordinaria acogida en Tosantos y de la calidad humana de los hospitaleros. Hay uno italiano (concretamente de la región de Puglia, Apulia) que se encuentra completamente integrado y que intenta ayudarnos en todo lo posible. Al parecer, él también está realizando el Camino, pero ha decidido parar unos días. No conozco bien sus motivaciones; tal vez tuvo una lesión. Aunque diría que, por el empeño que pone, ayuda a los peregrinos porque se siente a gusto y reconfortado en un ambiente tan amigable y fraterno.

También se encuentran allí un legionario, David, y Javier, un miembro del grupo de Telegram del Camino donde voy publicando mis averías y, de vez en cuando, consulto ciertas dudas. Los dos me impresionan aunque cada uno por razones bien distintas.

David lo hace por la seriedad con la que se toma su labor. Se levanta a primera hora para preparar los desayunos y, además, se esfuerza en realizar una cena copiosa para los que allí nos encontramos. Obviamente no es posible acceder a los secretos de su alma en escasas horas, pero se percibe que es una persona dura (también sensible) a quien el Camino ha ayudado a sanar ciertas cicatrices. Es, en realidad, un hombre generoso. Alguien que uno puede imaginar como el compañero ideal en medio de una guerra: capaz de encontrar alimento en medio de un bosque, de crear refugios contra el frío y la intemperie con ayuda de su machete y de sus brazos o de hacer fuego con unas cuantas yescas de madera en medio de noches intensas.

Javier es distinto. En su caso, lo que me llama la atención es que parece vivir por y para el Camino. Lo más probable es que me equivoque, pero parece una persona que ha encontrado su razón de ser entregando su vida al Camino. Allí ha encontrado misterios, verdad y de allí creo -afortunadamente- que no va a salir nunca. En cualquier caso, lo que más me llama la atención de él es un detalle: al parecer, es uno de los voluntarios que con su anónimo (y nunca bien ponderado) esfuerzo han ido dibujando las flechas amarillas a lo largo de algunos de los tramos menos transitados del Camino. Me comenta que él se ha ocupado de trazar los signos de determinadas partes de la ruta catalana. E inevitablemente lo miro como si fuera un marciano. ¿Cómo no hacerlo? Precisamente, cuando yo atravesaba esos territorios semanas atrás, me preguntaba de tanto en tanto quién cojones habría tenido el valor y la voluntad de ayudarnos a los peregrinos señalizando esa parte mucho más desconocida de la ruta jacobea.

De todas formas, con el hospitalero con quien más hablo es con Juanma. El motivo es claro: él también es murciano. En Tosantos no hay farmacia y, en caso de haberla, no se encuentra abierta. Así que tengo que pedir otro Nolotil a los hospitaleros. Mi pie izquierdo ya está casi a punto, pero continúa siendo conveniente prevenir. El encargado de traerme la pastilla es Juanma. Aparece con un martillo y hace el amago de golpearme en el pie; luego, riendo, me da el analgésico. Se ha enterado de que hay un peregrino murciano y no ha dudado en acogerme a su modo, con unas buenas bromas y una sonrisa. Me comenta que es flautista y que, en muchas parroquias murcianas, lo conocen por su interpretación y acompañamiento de diversos temas religiosos con su flauta. No tarda en ponerme un vídeo donde lo veo vestido con traje y tocando la flauta en un fastuoso concierto celebrado frente al soberbio manto de la catedral de Murcia. También por cierto me habla de un viaje que realizó en bicicleta en peregrinación a Roma y Santiago que tuvo que ser una epopeya.

La acogida de Juanma me ha hecho acordarme de Paco Rabal. Comentan que el actor murciano se levantaba alborozado cuando se encontraba en el extranjero en medio de un rodaje y coincidía con algún paisano. En fin, estoy exhausto tanto por el cansancio como por el calor, así que no puedo negar que se agradece el generoso recibimiento. Al poco tiempo de llegar, no quiero salir de allí. Me da pena pensar en caminar por la noche.

Hay también más personas que me llaman la atención. Dos europeos muy serios. El primero es un señor francés que apenas responde a mis saludos cuando me lo cruzo. Mi primer impulso es juzgarlo, pero el Camino me ha enseñado a fluir. Todo tiene su misterio y explicación. No tardo en comprender el porqué de su apocado rictus. Encuentro a David en un bar cercano al albergue; allí continúa con sus habituales ingestas de alcohol. En este caso, toma un brandy mientras dialoga con el peregrino al que acabo de aludir. En realidad, este hombre es, sí, adusto y riguroso, pero tiene un amplio corazón. Es agricultor. Posee tierras en Francia que ha cuidado con esmero, pero lo que más ama es caminar. Lo hace junto a sus dos hijas y el novio de una de ellas. Lamentablemente, días atrás comenzó a sentir pinchazos en el pie, un dolor agudo, y ahora no puede caminar. Debe avanzar cojeando. Teme que sus días como peregrino hayan acabado para siempre. Hay momentos en los que parece estar a punto de derramar una lágrima. No obstante, va a seguir intentándolo. Mañana irá a ver a un médico en Grañón, aunque las perspectivas no son buenas. David (caminante entre caminantes) me comenta que ve improbable que este veterano vuelva a caminar. Su lesión es crónica y profunda. ¡Confiemos en que no!

La segunda persona que me sorprende por su adustez y seriedad es un peregrino suizo. Cuando me lo cruzo en el baño, no me saluda. Tampoco lo hace en el comedor. A estas alturas, me figuro que no es nada personal conmigo, puesto que no me conoce. Pero no deja de sorprenderme su comportamiento. ¡Estamos en el Camino! ¿Qué aires son esos? No tardo tampoco en descubrir lo que le ocurre. Al parecer, lo han llamado de su trabajo. Es un asunto urgente y debe volver a su país en dos o tres días. Él estaba ilusionado, descubriéndose a sí mismo y a un nuevo mundo. Estaba emocionado, pero su sueño ha saltado por los aires y tiene un aire fúnebre. Parece que se le ha muerto un pariente. Puedo entenderlo: cuando uno está en medio del Camino (así le duela el pie izquierdo a morir), lo que menos desea es dejarlo. Todos queremos cumplir el objetivo propuesto. Así que, a pesar de que Juanma le regala un barquito de papel e intenta animarlo, el suizo no levanta cabeza. Está abatido. Alguien insiste en que este era su Camino: partir. Ya habrá otro nuevo. Por ahora, de momento, no atiende a razones. Se hunde más en sí mismo.

De todas maneras, el gran personaje del albergue parroquial de Tosantos es, sin duda, José Luis Antón. Un hombre ya en sus ochenta años, nacido en un pueblo de Segovia y de una profunda sensibilidad, que parece tener un aura de santo a su alrededor. Hemos llegado en una fecha muy señalada: el día anterior se celebró una fiesta en su honor, con motivo de sus bodas de plata (25 años) dirigiendo con generosidad el albergue de Tosantos. Por supuesto, el pueblo se volcó para homenajearle. Hubo tambores, dulzainas y una cena compartida. No faltó tampoco una entrañable obra de teatro. Javier —el hospitalero— me hace llegar un vídeo donde puedo contemplarla con alborozo. En la representación se recogen varias historias centrales de este tramo del Camino: la célebre del gallo y la gallina de Santo Domingo de la Calzada, la del combate librado por Martín García cerca de Grañón y la vida de San Juan de Ortega, arquitecto de múltiples puentes y edificios que ayudaron a los peregrinos siglos atrás.

Al poco de hablar con José Luis me siento acogido, en casa, como si lo conociera de toda la vida o tuviera referencia de él de otra existencia. También creo que la mayoría de peregrinos detectan rápidamente el alma y autenticidad de este señor. Lo que más me impresiona —vuelvo a repetirlo— es que habla conmigo con absoluta naturalidad. De hecho, me anima a venir algún día como hospitalero a este albergue, una invitación que me deja sorprendido, como si hubiera detectado al momento aspectos de mí que yo desconozco. O tal vez simplemente se siente tranquilo. Como casi todos nos sentimos con él.

En realidad, José Luis es un hombre aparentemente mundano. No habla de misterio alguno. Se queja, como hacemos todos, del calor e implora porque esta ola abrasadora termine ya. Le gustan los toros, el cine, el teatro y también la gran ciudad (vive a caballo entre Madrid y Tosantos) y realiza comentarios enjundiosos sobre la comida. Pero, en realidad, no importa tanto de lo que habla sino cómo habla. Hay algo en sus palabras, en su modo de estar y de ser, que es profundamente espiritual y conciliador. Casi místico. Opina (y estoy de acuerdo con él) que el Camino más duro y desafiante es el de la vida. Debemos caminar para comprender mejor la vida. El verdadero reto: la vida diaria.

Su historia se encuentra enraizada a la del mundo jacobeo por azares del destino. La primera vez que tuvo noticia del Camino era solo un niño. Junto a otros infantes, conoció a un peregrino que les aseguró que dormía en los agujeros de las piedras, cuyo aspecto le sobrecogió. Con el tiempo, José Luis se convirtió en delineante metalúrgico, aunque pronto problemas de salud le obligaron a abandonar esa profesión, conduciéndolo por terrenos imprevistos.

Llegó a Compostela caminando en la década de los setenta y todo comenzó a cambiar para él. Su verdadero yo empezó a brotar. No fue, en cualquier caso, fácil ni al primer intento. En principio, pensaba partir junto a un amigo seminarista desde Madrid hacia Santiago, pero éste murió y José Luis se desanimó. Un año después, otros amigos canarios lo empujaron a emprender la ruta junto a ellos. Aquel viaje fue bonito y lleno de buenos momentos, pero no le cambió. De Madrid fueron a Lisboa y de allí a Coimbra, Fátima, Oporto y más tarde a Santiago. No obstante, José Luis no experimentó ningún sentimiento sagrado. ¿Era eso el Camino? Dio la casualidad de que, cerca de la Catedral, conoció a otro peregrino que venía andando desde Saint Jean Pied de Port. Ahí supo del Camino francés y de Roncesvalles. No era todavía, sin embargo, el momento de recorrer ese sendero.

Tres o cuatro años más tarde, sufrió una tremenda depresión. Adelgazó muchísimo. Estaba en los huesos. La muerte lo rondaba. Y otro amigo (en este caso de Lugo) lo tomó de la mano y lo llevó a Cebreiro. Se iniciaba su periplo por el Camino Francés. Allí, en la montaña gallega, tras días caminando, se sintió revivir. Conoció a otro de los grandes mitos del Camino: el cura Valiña. Se unió a corros de peregrinos y hogueras donde se contaban historias mientras la niebla inundaba las montañas. Sintió que formaba parte de una historia legendaria y llegó a los pies del apóstol Santiago llorando, convertido en otro hombre. Hacía varios días que no tomaba una sola de las pastillas contra la depresión. Ya no las necesitaba. Estaba salvado. Volvió a caminar innumerables veces por aquellos senderos impulsados por reyes y religiosos, campesinos y escultores convencidos de participar en una historia mágica. Y su alma se fundió definitivamente con el Camino.

Su faceta de hospitalero comenzó décadas más tarde. José Luis es seglar franciscano, algo que lo impulsa a realizar una actividad fraternal y comunitaria, que encuentra su sentido y lugar en el albergue de Tosantos. No fue tampoco tarea fácil ponerlo en pie. Para hacerlo, tuvo una gran importancia José Ignacio, el tantas veces mentado cura de Grañón, impulsor de los hospitaleros voluntarios, quien colaboró con el también mentado Elías Valiña (el cura de Cebreiro), ambos deseosos de introducir el espíritu religioso, un tanto perdido, en el Camino. Eso provocó que se fundaran decenas de asociaciones eclesiásticas (en el Bierzo, León, Palencia, etcétera) destinadas a convertir el Camino del peregrino en una vía trascendente. En medio de ese proceso ocurrió un detalle que tiene más importancia de la que parece: muchas de estas asociaciones y albergues no se inscribieron en el derecho canónico, sino en el Ministerio de Cultura. Cayeron, por tanto, en manos de personas anticlericales que optaron por despojar de toda religiosidad determinados lugares y, poco a poco, comenzaron a convertir la ruta jacobea en un camino de diseño, algo parecido a una ruta de senderismo, en la que los albergues a veces cumplían función de acogida social, pero también eran utilizados para sacar provecho económico.

Como siempre, José Ignacio se negó a rendirse. Sacó fuerzas de donde no las había y se le ocurrió una buena idea: recorrer diversos pueblos del Camino, recopilando propiedades de la Iglesia que estaban abandonadas, en ruinas, desahuciadas. Pidió permiso para hacerse con ellas y montar albergues. Así nació, por ejemplo, el albergue de Tosantos: una casa en ruinas, un lugar inhabitable (como Arrés, Bercianos del Real Camino y tantos otros) que se puso en pie por la fuerza de la fe y el empuje de decenas de peregrinos convencidos de estar realizando un acto de resistencia espiritual contra la incredulidad y cinismo de los tiempos modernos. Puedo dar fe de que lo consiguieron. Hoy en día, Grañón, Tosantos o Arrés (entre muchos otros) son casi templos de acogida para los peregrinos; hermosos recintos llenos de vida y esperanza. Todo peregrino se siente recompensado al pisarlos.

José Luis continúa hablando, pero yo ya solo escucho rezos angélicos. Al conversar con él, he perdido la oportunidad de realizar una excursión guiada por el alcalde, José Manuel, junto con los otros peregrinos, a las cuevas (antiguas iglesias) que hay en una montaña cercana, donde también se encuentra la coqueta y entrañable Ermita de la Virgen de la Peña. A decir verdad, no me importa. Necesitaba descansar. Así que le comento a David que ya veremos lo que ocurre mañana, pero que, desde luego, me quedaré a dormir en Tosantos. ¿Qué sentido tendría, después de esto, caminar de noche sin contemplar la envolvente naturaleza que me rodea, sin poder sentirla y acoger en toda su grandeza los mensajes celestes?

Mohamed, el árabe convertido al cristianismo, sin embargo, sí se marcha. El termina su Camino esta vez en Burgos y debe volver a Suiza en dos o tres días. No tiene tiempo que perder. Yo y David tendríamos tal vez que estar saliendo con él. Pero después de conocer a José Luis y el ambiente general de Tosantos, para mí ya ha perdido sentido el tiempo. Sólo quiero quedarme aquí.

En la cena, todos compartimos y dialogamos. El francés con el pie destrozado se siente reconfortado de ser escuchado. David bebe un vaso de vino tras otro. Y Juanma, el italiano y el legionario animan la velada con todo tipo de anécdotas a cuál más jugosa. Me llama la atención una en concreto. Una noche en Tosantos la cena comenzó como siempre, pero había una silla sin ocupar. José Luis, o quizá algún hospitalero, bromeó diciendo que probablemente estaba reservada para algún peregrino extraviado en ese momento por los bosques. Dicho y hecho, a los pocos minutos, llamó una muchacha un tanto agobiada y preocupada por haber llegado a una hora intempestiva que buscaba alojamiento. Todos la recibieron con naturalidad, le señalaron el asiento vacío, y le dijeron que la estaban esperando. ¡Ja! Como es de suponer, hasta que no pasaron varios minutos y le explicaron bien la anécdota, la muchacha no comprendió.

En cualquier caso, todavía queda el acto más emocionante de la noche. La bendición del fuego. Un ritual que se celebra en una habitación situada en la parte alta del albergue. Un acto lleno de emoción que me reconcilia con el cristianismo. Muchas veces, cuando visito una iglesia, y voy a misa no salgo renovado ni con mayores conocimientos de mí y de la divinidad. Echo en falta compartir, experiencias reales, auténticas bajo el manto de Dios. Hoy voy a tener la oportunidad de vivir una de ellas.

En un cesto consagrado por rezos, junto a una imagen de la Virgen, se encuentran un sinfín de papelitos en los que los últimos peregrinos que han pasado por aquí dejan escrito un recuerdo, una experiencia, algo que desean sanar o expiar realizando el Camino. Los deseos se leen durante veinte noches y luego se queman, quedando bendecidos. Algunos de estos papelitos se leen en voz alta por los nuevos peregrinos. Hay, por supuesto, textos escritos en muchos idiomas diferentes. Los franceses leen los de algún viajero francés, los italianos los de algún italiano, etcétera. Alguien lee el testimonio de un peregrino que, cuando era niño, presenció en su lecho la violación por parte de un maestro de uno de sus compañeros de escuela. Durante años, esta visión le acompañó; sufrió durante toda su vida remordimientos por no haber declarado contra aquel maestro o no haber alzado la voz en aquellos momentos. Pide perdón por no haber actuado y que este Camino le sirva para borrar para siempre su falta.

Después de ese testimonio, se leen otros que vamos leyendo como si fueran oraciones. El testimonio que yo leo es muy breve: un hombre que desea quedar en paz con su esposa fallecida. Tras la lectura, todos nos damos la paz y, de repente, emerge la voz de José Luis entonando una bellísima canción a la Virgen que resuena por la habitación como un rayo de luz inolvidable. Pareciera que nos encontráramos en una ermita antigua. Si el Espíritu Santo existe, no cabe duda de que ha estado entre nosotros.

En esas condiciones, acabo durmiendo en la colchoneta con un sentimiento de paz total. Ya no me importa llegar a Santiago en la fecha indicada. Tal vez ya ni llegue. Sé, eso sí, que quiero seguir caminando, exprimiendo todas las experiencias que esta ruta me ofrece y que no quiero que este viaje, de ningún modo, se acabe nunca. Shalam

الأمور تتغير. وإذا لم تتغير، فإنها تنهار.

Las cosas cambian. Y si no cambian, se rompen

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…un olor a medievo inunda la parafernalia de esta fachada.
    2imagen…con o sin colchonetas todos son «turigrinos», jajajjj
    3imagen…camino del «bosque animado», 1987, jose luis cuerda…
    4imagen…la casa parece construida con los planos de las que hay en el pozo de los palos (por la guia, cartagena)….
    5imagen…pero que veo!!…a un fakir (alimentado),jajajjj y al fondo, a juego la señal de parada del bus turigrino….
    6imagen…el sobrino del nazarin,1959, de don luis buñuel….
    7imagen…entrada por detras al jugador de futbol (retirado)..(un poco de piedra pomez iria bien)…
    8imagen…bueno, bueno, empezando por la mesa de mezclas y acabando con los habitantes de la casa de los picapiedra….
    9imagen…a este personaje lo veo parecerse a un meapilas-prospectivo…..
    10imagen…equipo titular turigrino balonmano(liga asobal)….
    11imagen…horror1
    12imagen…horro2
    PD…nazarin peregrino…la caridad en forma de piña-estruendo…
    https://www.youtube.com/watch?v=LV1O_wvT54o

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    • Alejandro Hermosilla

      1) símbolos templarios para iniciados. 2) la recuperación de los andariegos. Cuadro de Manet. Fotografía enviada también al cuarto de Degas. 3) Bosque animado.. cierto.. sí.. 4) Juguemos a las cartas y echémonos a la calle y al camino. Escuchando Estopa. 5) La unión hace la fuerza 6) un hombre sudoroso. Rabal evitando el mito Rabal para adentrarse aún más en el mito Rabal. 7) el horror. El dolor. Martirio. 8) Fiesta tosantera. Celebración. 9) Western. Pistoleros. 10) Excursión a Andorra. Viaje de estudios 11) Charlas y tutoría. 12) Temazcali mexicano en Europa. PD: la mirada del chistoso anárquico. Angel rebelde destruyendo muros.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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