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Un Camino. Día 32 (2)

Ene 19, 2026 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago que recientemente realicé. En esta ocasión, me ocuparé de la segunda parte del día 32. ¡Ahí voy!

Un Camino. Día 32 (2)

Conforme David y yo salimos de Santo Domingo de la Calzada, creo escuchar unos cacareos. Pero no son los de ningún gallo. Me vuelvo pero no hay ningún corral a nuestro alrededor. Son los de mi alma rejuvenecida por este viaje. ¿Qué mayor milagro? Ese es uno de los misterios del Camino. Lograr que cientos de miles de personas caminen en medio de una era descreída y cínica. Que den lo mejor de sí mismos para alcanzar un ideal en una época corroída por el consumismo y el bienestar.

La enseñanza que me deja haber recorrido las calles de Santo Domingo de la Calzada es la siguiente. Para mí la historia del gallo y de la gallina es obviamente simbólica. Así la interpreto. El joven peregrino ajusticiado a muerte puede compararse a tantos y tantos europeos de hoy en día sin fe alguna, perdidos en medio de un mundo moderno despersonalizado. Su resurrección o más bien, el hecho de que el muchacho finalmente no muera puede compararse al espíritu de todos esos jóvenes parecidos a zombies que deambulan por las ciudades e internet y de repente vuelven a experimentar (tal vez de hecho lo hagan por primera vez) lo que es la vida. Compartir, sufrir, luchar, dormir junto a otras almas. El gallo y la gallina, sus cacareos, representan la alegría de disfrutar de la vida en plenitud. El Camino es precisamente garantía de esto.

David y yo nos vamos poco a poco aproximando a Grañón. El calor es absolutamente asfixiante. Ambos sudamos como bestias pero, lejos de lamentarnos, nos sentimos vivos por ello. Estamos tan cansados, eso sí, que no podemos hablar. Percibo que con cada gota de sudor que cae de mi cuerpo ciertos dolores y penas se van de mí. Este sudor es sanador. Es rejuvenecedor. Absorbe, quita culpas y rencores y nos desnuda. No obstante, el castigo del sol es tan duro que necesito detenerme a retomar fuerzas de tanto en tanto.

Un buen lugar para ello es La Cruz de los Valientes. Un monumento rodeado de dos apetecibles bancos que hace referencia a un litigio que enfrentó a los habitantes de Santo Domingo con los de Grañón a mediados del siglo XIV.

Los moradores de las dos poblaciones se disputaron un encinar de 1000 fanegas de tierra durante varios años. Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo sobre la propiedad del terreno, los dos concejos estuvieron de acuerdo en que la disputa se resolviera con un combate sin armas entre dos de sus pobladores. En Santo Domingo eligieron a un experimentado luchador conocido por participar en todo tipo de trifulcas y greñas y en Grañón a un fornido y joven agricultor de aire inocentón, Martín García, al que alimentaron a base de caparrones.

Lógicamente, el día del combate la expectación era máxima. Al fin unos y otros iban a saber a qué atenerse. Allá donde no se impone la razón lo hace la fuerza. Las tierras terminarían por pertenecer a los más bravos. Se trazó un círculo. El luchador que empujara a su adversario fuera del mismo sería proclamado vencedor. Poco antes del inicio de la pugna, se produjo una sorpresa que puso en guardia y escandalizó a los habitantes de Grañón. El experimentado luchador de Santo Domingo apareció desnudo y con todo el cuerpo embadurnado de grasa y aceite. Una treta que dificultaba que su contrario pudiera asirle. Martín García lo intentaba una y otra vez pero, a pesar de su agilidad, era incapaz de hacerlo. El cuerpo de aquel truhán se le escurría en las manos. Para más inri, el señor se reía una y otra vez de sus fatuos intentos por capturarle. La humillación era muy grande pero Martín no perdió la concentración ni se desanimó. Al contrario, aprovechando un descuido y la confianza de su rival, se colocó debajo de sus piernas y metió su dedo corazón en el agujero del culo con tal fuerza e ímpetu que fue capaz de levantarlo y arrojarlo lejos, convirtiéndose en el vencedor del épico duelo. Y provocando de paso una intensa ovación entre los asistentes de los dos bandos al acto

Pasado el tiempo y olvidados los rencores, como recuerdo de aquellos hechos (verídicos, legendarios o no), los habitantes de ambas localidades se reúnen todos los agostos junto a la cruz y se convidan mutuamente a caparrones en honor a la alimentación del egregio vencedor de aquella antigua rivalidad atávica que, hoy en día, sólo provoca una cariñosa sonrisa.                     .               

En memoria de aquel Martín García me prometo aguantar. El camino nos une constantemente con otras voces y ecos. Yo tal vez no pruebe los caparrones pero eso no significa que vaya a flaquear. Mi pie izquierdo aún duele pero cada vez está mejor. Así que la llegada a Grañón es apoteósica. Yo al menos llego eufórico. Soltando sudor y exhalando alegría. Mis altavoces portátiles suenan al máximo volumen.

De tanto en tanto mi compañero se vuelve hacia mí y me mira con cierta displicencia, tal vez dándome por imposible, mientras pincho y vuelvo a pinchar «Alejandro el peregrino» para darme fuerzas. ¿Qué importa? Al final ambos reímos. ¡Esto es vida! Caminar, comer en cualquier parte, el aire libre. En fin.

Desde el primer momento en que llego a Grañón me siento bien. Una calzada antigua desemboca en una plaza donde luce esplendorosa la iglesia de San Juan Bautista. A su espalda se encuentra, en comunicación con el mítico templo, el viejo hospital de peregrinos. Allí el recibimiento es espectacular. El que sueña todo peregrino. Los hospitaleros nos dan agua, nos abrazan y nos recuerdan que no tenemos horario de salida. Nos iremos cuando lo necesitemos. Ni antes ni después. Ellos están para ayudarnos.

Lo más sorprendente es ver entre los hospitaleros a personas con las que ya me había cruzado en etapas anteriores. Son también peregrinos que por algún motivo quieren (o necesitan) descansar y ayudar a otros viajeros. Eso provoca una sinergia estupenda entre todos nosotros y libera de muchas responsabilidades a los hospitaleros asignados al albergue que parecen sonreír y disfrutar de nuestra presencia. Al poco de llegar, se improvisan canciones. Muchos se unen a un corro y animados celebran la vida mientras entonan cánticos cristianos (o no). Por supuesto, aunque me he quedado sin un solo Nolotil, no tardo en tener varios en mis manos. La farmacia está cerrada pero no así el botiquín de mis compañeros.

Es difícil no dejarse llevar por esta energía. Yo al menos durante varios minutos pierdo de vista dónde me encuentro. Hay algo en este albergue y la actitud de quienes nos encontramos allí que me hace reverdecer los viejos tiempos del cristianismo. Cuando el cristianismo no era una religión del libro sino de la vida, del amor, del compañerismo. De repente, lo mejor de esta tradición se encarna ante mis ojos. Uno se siente hermano de las personas que tiene a su lado y celebra que haya habido evangelistas que transmitieran el legado de Cristo. No importa si uno tiene más fe o no. Grañón es la prueba de que el cristianismo tuvo sentido, fue esencial para la convivencia de Europa y de que todavía podría tenerlo. No es una religión muerta. Aún posee vida.

Precisamente a insuflar vida a la religión ayuda el lema “deja lo que puedas y coge lo que necesites” que se encuentra en muchos albergues del Camino y que parece que nació aquí. O eso dicen. Yo no puedo asegurarlo. Pero lo que sí puedo confirmar es que la consigna me es muy útil. No estoy a gusto con mi saco de dormir. Me parece que es demasiado ligero. Así que lo cambio por otro cuya cremallera está rota pero que parece mucho más consistente.

Obviamente, agradezco a David haberme llevado a Grañón. Rodeado de peregrinos a los que no les importa dormir todos juntos sobre una colchoneta. Al contrario, agradecen la oportunidad de compartir techo, suelo, vida. Lógicamente no puedo evitar preguntarme cómo se ha forjado un núcleo espiritual, una atmósfera tan llena de coraje y generosidad, en este albergue. La respuesta no me la da ningún hospitalero. La mayoría nos comienzan a dar instrucciones para preparar una copiosa cena. Tampoco me la da el actual párroco del pueblo, Alejandro Pérez, que debe ocuparse de recibir a los fieles a su iglesia y aún así, muestra su interés y preocupación por los acogidos en su casa. La respuesta la encuentro en la plaza de esta vetusta población.

Allí, una amable señora (cuyo nombre no llego a preguntarle) me habla de José Ignacio Díaz. Un personaje que fue esencial para Grañón y el Camino. Un párroco que comprendió la importancia de la acogida a los viajeros y convirtió su casa, la iglesia, en un fortín espiritual. Una frontera contra el resentimiento y el egoísmo. Una casa real de misericordia donde podían revivirse ideales aparentemente ya perdidos, olvidados, completamente defenestrados. Tal vez porque, entre otros detalles importantes, José Ignacio caminó por su propio pie los pueblos de España. No se quedó en la teoría. Fue también un peregrino que se asomó al asombro y al descubrimiento a media que realizaba esta ruta.

Es difícil encontrar alguien que diga una mala palabra de José Ignacio. Me digo a mí mismo que lo más probable sea que dentro de varios años haya una estatua suya en el pueblo. Aunque sospecho que eso a él le daría igual. Lo que a alguien como José Ignacio le agradaría sería que la iglesia continuara siendo refugio y abrazo de caminantes. Experiencia comunal de vida. La señora se ríe de mis palabras y me indica que ya se encuentra encargado un busto del célebre párroco que se descubrirá en octubre, cuando se haga un homenaje a su figura.

Las puertas se me abren a medida que pronuncio su nombre. En el bar social de Grañón un anciano me comenta que cuando José Ignacio comenzó a alojar a peregrinos, algunos restaurantes y hoteles de la zona se quejaron e incluso lo denunciaron a la policía porque al parecer osaba no cobrar un solo euro (entonces pesetas) a sus huéspedes y, por tanto, les hacía la competencia. José Ignacio, por supuesto, no se dejó intimidar por la policía. Escribió una carta con su puño y letra en la que afirmaba que en su casa, la casa de Dios, él invitaba a quien quería.

José Ignacio es recordado por tantos detalles y anécdotas que temo haber abierto una caja de Pandora. Hay quienes me cuentan cómo, ante la indiferencia de muchos pobladores, fue aclimatando su casa para los peregrinos. También me comentan de la importancia que tuvo para popularizar nuevas versiones musicales del tradicional saludo entre viajeros, «Ultreia et Suseia». Otra señora se emociona hasta las lágrimas hablar de él y me aporta un dato que yo desconocía. Fue José Ignacio la influencia decisiva para abrir el albergue de Logroño donde gustosamente me alojé varios días atrás. No sólo ese sino muchos más: Bercianos, Tosantos, etc… Hay quienes en el bar hablan de lo mucho que amaba pasear bajo las estrellas, de cómo sentía la presencia de Dios en los bosques y cuando podía organizaba excursiones a las afueras. Asimismo, se habla del influjo que tuvo como director de una revista (que ya mencioné en otro avería) esencial para la revitalización del Camino en la década de los 80 y los 90: Peregrino.

En fin. Me siento abrumado. Tengo la impresión de que para hacer justicia a José Ignacio debería escribirse un libro completo sobre él. También estoy muy cansado. Así que intento echarme en una colchoneta. Pero resulta imposible porque todos los peregrinos estamos llamados a colaborar en la preparación de la cena. Yo concretamente vacío varias garrafas de vino en jarras de las que luego nos serviremos.

Mohamed, aquel árabe convertido al cristianismo, dirige junto a varios italianos la cocina. Y, finalmente, la comida (una ensalada sencilla pero espectacular, varios platos de pasta y una nutrida sopa) es servida en un inmenso jardín exterior en torno al que los peregrinos celebramos la vida y la existencia. Las risas se escuchan a lo lejos creando ecos maravillosos, el vino corre por las mesas en amplias copas haciéndome recordar las bodas de Caná. Hay un olor a tomate y ajo y perejil en el aire que se fusiona de un modo mágico con el olor a incienso y a mueble antiguo que resuena por la iglesia de San Juan Bautista. David y yo nos gastamos bromas, brindamos por Italia y José Ignacio y escuchamos atentos las historias de vida de varias peregrinas inglesas que de repente se abren frente a nosotros como si fuéramos viejos amigos. ¡Larga vida al Camino!

La noche no termina aquí. Un dentista italiano que se ha convertido en el maestro de ceremonias operístico de la reunión invita a todos los peregrinos a un momento de intimidad y confesión en la iglesia. Cada uno de ellos pedirá por sus anhelos a Dios. Yo, a decir verdad, ya no tengo más fuerzas. Estoy exhausto. Accedo al palco y desde allí oro profundamente por mi intención de llegar a Compostela. Pero casi me caigo. Necesito descansar. Así que soy el primero en echarme en las, para mi gusto, muy confortables colchonetas donde no tardo en dormirme. Por más que cuando los peregrinos vuelven de la iglesia, los ruidos me despiertan. Algo que lejos de molestarme me reconforta. Abro mis ojos, miro al techo de la inmensa habitación, de aquel lugar donado con generosidad y mimo por José Ignacio Díaz, y vuelvo a agradecer estar vivo. Me siento agotado pero dichoso.

¿Qué más da que existiera Santiago o no? ¿Qué más da llegar a Compostela o no? La dicha es total. El cansancio, lejos de derrotarme, me da paz. Me llena. Me completa. Tal vez ese sea el sentido del sacrifico cristiano. El auténtico alma y fuego del trabajo. Luchar, caminar, sudar para alcanzar un trozo del paraíso. Aquí en Grañón creo que alcanzo a divisar un pedazo de ese cielo soñado. Al fin y al cabo, me duermo en paz. ¿Qué mejor dicha que esa? Sólo falta que aparezca una gallina cacareando en medio de mis sueños. ¿Qué digo? ¿No la oigo aquí mismo? Es mi corazón que está latiendo. Indicándome de nuevo que estoy vivo. Vivo y coleando, como hacía tiempo que no me sentía. Shalam 

الرحمة هي أساس الأخلاق.

La compasión es la base de la moralidad

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen….el protagonista no es el individuo (david), el protagonista es el director (cine de autor)…. siempre hacen tomas de las partes de atras…..
    2imagen….donde canto la gallina despues de asada…(para que el pueblo reciba mas visitantes), jajajjj…..
    3imagen…un banco para la grasa y otro para el «ojo» del culo…los arboles deberian de crecer mucho los bancos no…..la cruz de chillida leku….sonrisa….
    4imagen…alimentar al mundo!!!…viva palestina!!
    5imagen…»que dificil es ser un dios»…aleksey german…2013…
    6imagen…los sacos se prestan (con la cremallera buena),jajajjjj…
    7imagen…anacronica escultura…..
    8imagen….le veo parecido a francis rossi(voz lider de statatus quo banda) ….(no me creo nada pero hago lo que tengo que hacer, pastorear…)
    9imagen…a dormir a pata suelta (vestuario de gimnasia del i.e.s.)
    PD…himno al canto(todas las monjas y curas bailando… …teloneros tuttifrutti…..
    https://www.youtube.com/watch?v=eEO6v-YiS00&list=RDeEO6v-YiS00&start_radio=1

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    • Alejandro Hermosilla

      1) viajeros del tiempo. Un cómic eterno y de ciencia ficción. Grecia. 2) Turismo religión dinero espiritualidad. Todo muy confuso. David y yo nos fuimos. Sensaciones encontradas 3) soledad machadiana. Se siente la llegada de Castilla. Campos de trigo eternos. 4) Fiesta, fiesta, fiesta. Pero si no es valenciana no es fiesta..jajaj 5) Podría ser Sísifo. Condenado a caminar. Un nuevo libro de Albert Camus. Mitos griegos. 6) a saber dónde estará hoy este saco..jja ya contaré… 7) escultura al pasado. Siglo XIX. 8) No soy mi traje. Soy mi alma. 9) cristianos modernos. Gimnasios antiguos. Viejas costumbres. PD: ¡¡¡Vamos todos a bailar!! El concierto de los conciertos. El más alto grado del rock y el pop y el comienzo del declive. El contrario de Woodstock.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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