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Un Camino. Día 27.

Dic 2, 2025 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago que recientemente realicé. En esta ocasión, me ocuparé del día 27. ¡Ahí voy!

Un Camino. Día 27.

Lunes 11 de agosto

¡Es bonito despertarse en medio del césped, al aire libre! David y yo desayunamos tranquilamente en el comedor del albergue de los Padres Reparadores. Lo hacemos cuando la mayoría de peregrinos se han ido de Puente la Reina. A las 7 casi todos están ya en pie. A las 8 en ruta. También los maños han salido. Nosotros no tenemos prisa a pesar del amenazante calor. En principio siento que mi pie izquierdo está mucho mejor. No siento pinchazos. ¡Falso! Pronto, a medida que David y yo atravesamos la calle Mayor compruebo que apenas puedo caminar. Así que cuando cruzamos el mítico puente construido en el siglo XI para facilitar el paso de los peregrinos a través del río Arga por mandato de una reina, (de ahí el nombre de la población, Puente la Reina) tengo que pararme.

Voy arrastrando el pie. Pienso que podría ser un esguince. No lo tengo claro. Todavía no han abierto las farmacias y no puedo comprar Nolotil. Así que decidimos seguir caminando hacia la próxima población: Mañeru.

En esas condiciones lógicamente no puedo prestar atención al magnífico conjunto monumental que vamos dejando atrás. Hay momentos en los que el pie mejora. Mi ánimo también. Pero otros en los que casi que lo voy arrastrando. David continúa a mi lado. Aunque tras unos kilómetros, debido a que camino lento, muy lento, casi arrastrándome, le indico que mejor se adelante y me espere en Mañeru. Allí, no muy lejos de la monumental iglesia parroquial que casi ni miro, accedo al fin a una farmacia. Tras comprar una caja de Nolotil el farmacéutico valora mi pie. No puede decirme exactamente qué tengo. Pero no considera que sea una lesión de gravedad. El problema es que me quedan aún centenas de kilómetros por delante. Hay, sí, una hinchazón pero no es excesiva. Me ofrece una tobillera con la que el pie se encuentra mucho más sujeto y encuentro mayor estabilidad al caminar.

El Nolotil no tarda también en hacer su efecto y ando a mejor ritmo. Obviamente, pienso en consultar a un médico. Ya lo haré. Percibo a mi compañero francés inquieto. Triste. Hay preocupación en su rostro pues ambos sentimos que podría estar en riesgo la continuación de mi Camino. A pesar de todo, nos relajamos y disfrutamos de la hermosa, esplendorosa ruta circundada por viñedos y cereales que nos conduce a Ciruaqui. Imponente población de trazos medievales cuya silueta se vislumbra elegante sobre una colina. Tras abandonarla por una antigua calzada romana, a los pocos kilómetros, encontramos en medio de un camino rural una mesa donde algún buen samaritano ha dejado cacahuetes, fruta y agua. También hay varios bordones de madera (el tradicional bastón del peregrino que los caminantes de antaño usaban para ayudarse en su ruta y en ocasiones incluso para protegerse de los maleantes). Tal vez sea un signo del destino. Sólo hay que dejar un donativo en una pequeña hucha.

Agarro un bordón e intento caminar con él. Conforme lo hago me vienen recuerdos del Camino que realicé en 1995 entre León y Santiago. Era otra época. En varios recodos encontré personas que ofrecían por un donativo estos bastones a los peregrinos. Los había que medían a ojo el cuerpo del peregrino y rápidamente le ofrecían el adecuado para él. La vara de madera debía ser superior al hombro del caminante. Siglos atrás, los bordones eran bendecidos en las iglesias al comienzo de la peregrinación. Había hospitaleros que fueron conocidos por sus virtudes a la hora de ajustar los bastones. El nombre de muchos se pierde en el tiempo porque el Camino está vivo, siempre en mutación, y resulta por tanto imposible de abarcar en su totalidad. De hecho, a lo largo de todo el recorrido se mezclan sin descanso las leyendas y la realidad, el olvido y la memoria. El Camino también es confusión. Mágica confusión.

Desafortunadamente, tengo la impresión de que la tradición de los viejos bordones se encuentra en fase de extinción. Se ha ido perdiendo en los últimas décadas. Es lógico porque ahora se pueden comprar a un precio módico bastones modernos, útiles y flexibles en cualquier tienda de deportes. De hecho, los albergues están llenos de ellos. Signo de la era del ocio y el senderismo. Creo, eso sí, que no representan lo mismo. No tiene la misma fuerza simbólica. En fin. Yo nunca he caminado con un bordón y en principio no termino de acoplarme al mío (creo que no posee la consistencia adecuada) pero intento hacerlo por si le viene bien al pie izquierdo. Tal vez descanse más así y pueda recuperarme antes.

David se vuelve a adelantar y camino solo. A medida que lo hago, voy encontrando peregrinos. No son muchos. Hay algo solemne en su paso. Algo trascendente. Pareciera que fuéramos en procesión. El Camino francés comienza a impresionarme. Días atrás, cuando caminaba por Cataluña y Aragón, tenía yo la sensación de estar creando la historia. Una historia ajena a los pueblos y a las gentes, casi secreta, que sólo importaba a unos cuantos viajeros. Creía ser yo un peregrino extraviado. Aquí, en la ruta más célebre, la más transitada, uno se siente más bien formando parte de la historia. Dentro de una nube, de  un manto eterno. Voy atravesando lugares percibiendo, sintiendo que cientos de miles de personas lo hicieron antes que yo y esto, lejos de vulgarizar la ruta, le imprime misticismo. La sensación es la de formar parte de un misterio que me supera. Estar caminando entre el cielo y la tierra. Hay, sí, por tanto, una nueva música apareciendo en mi Camino. Estoy definitivamente experimentando las intensas melodías del Camino francés.

A mi paso por Lorca, camino cerca del río Salado y miro con aprensión el agua. No puedo evitar recordar lo que el Códice Calixtino aseguraba de este río: «Allí guárdate de beber ni tú ni tu caballo, pues el río es mortífero. En nuestro viaje a Santiago, encontramos a dos navarros sentados a su orilla que estaban afilando sus navajas, con las que solían desollar las caballerías de los peregrinos, que bebían aquella agua y morían. Y a nuestras preguntas contestaron, mintiendo, que era buena para beber. Por lo cual abrevamos en ella a nuestros caballos y enseguida murieron dos de ellos, que inmediatamente aquellos desollaron».

Esto es; las aguas maléficas del río Salado eran utilizadas por los maleantes para acabar con muchos bien intencionados viajeros.

No dice nada malo sin embargo el Códice Calixtino sobre el río Ega. Al contrario, sugiere que su agua es «dulce, sana y muy buena». A su lado, en un recodo del mismo, a pocos kilómetros de Estella, vuelvo a encontrarme con David. Me cuenta precisamente que fue allí en esta localidad navarra donde se lesionó en la primera ocasión que hizo el Camino. Fue en el 2007. Partió de Saint Jean pied de port. En Estella se entretuvo bebiendo en los bares. Cuando quiso volver al albergue parroquial estaba cerrado. Nadie le abría. Y no se le ocurrió otra idea que saltar hacia una ventana en un segundo piso para entrar. La caída fue dura. Su pie sufrió una contracción pero él no se rindió. No obstante, la lesión fue a más y en Burgos tuvo que abandonar. El siguiente año, 2008, recomenzaría su viaje en Burgos y en esta ocasión sí lo finalizaría. Posteriormente, en el 2016, iniciaría su ruta en Villeneuve-sur-Lot (una comuna cercana a Tolouse) y, salvo breves descansos, ya no dejaría jamás de caminar. Aún sigo sin saber, eso sí, por qué motivo lo hace. Cuál es la causa de que se haya convertido en una reencarnación del judío errante.

Comenté en otra ocasión que cuando pienso en David no puedo evitar hacerlo en Poitiers. La ciudad de la que mi compañero es oriundo. Allí me deprimí hasta cotas inalcanzables. Cuando conocí a David pensé que podría sanar ese recuerdo. Pero más bien lo que hago es comprender más la naturaleza del dolor y de la experiencia vivida más de veinte años atrás. En aquel tiempo tenía yo una relación con una muchacha argentina de 19 años. Nos conocimos en Buenos Aires. Un encuentro instantáneo, fugaz. Luego vino a verme a España. Pasamos un mes juntos. Un tiempo que sirvió para que tomáramos conciencia de que no estábamos hechos el uno para el otro. Nos costó eso sí darnos cuenta. Ella sufrió mucho y cerró antes el vínculo. Yo también sufrí pero lo hice después. Tenía mi mente puesta en un futuro viaje a Argentina. Antes debía, eso sí, ir a Francia. Justo cuando yo llegué al país galo, ella comenzó a cortar la relación. Sus mensajes eran cada vez más distantes, lejanos hasta que desaparecieron. De repente, era yo un fantasma en Poitiers. No tenía amigos. Sólo leía libros. Escribía. El ambiente me asfixiaba. Los franceses me oprimían. Conocí a una muchacha. Bonita. Encantadora. Amigable. Pero no fui capaz de amarla porque tenía un asunto en Buenos Aires sin cerrar. En Poitiers mi corazón no latía correctamente. Me sentí solo. Perdido. Vacío. Incluso desesperado. Trabajé mucho y nunca fue dichoso. Meses después, la relación con la chica argentina terminó mal, muy mal en Buenos Aires. A su manera, se vengó de mí. Se negó a verme. Apenas pude hablar con ella unos diez minutos. Probablemente tenía yo bien merecidos estos acontecimientos. ¿Quién sabe? Lo que sí es que fueron devastadores sentimentalmente. Pero los atravesé.

Aquella experiencia me apartó de Argentina. Ya no me quedaron ganas de volver. Antes también lo había hecho de Francia. Ocurre, mientras hablo con David en francés, que siento que sano un poco esta herida. Vuelvo a sentir cercanía con Francia. Mi pie izquierdo y el recuerdo de aquella muchacha duelen. Poitiers fue una cárcel. Un castillo solitario. Pero tengo la impresión de que algo sana en mi alma conforme camino junto a David. Algo en mi karma se está poniendo en su sitio. Hay experiencias que tienen que doler para sanar. El dolor en la herida te permite saber dónde aplicar la medicina para curar. Seguro que antes o después el pie izquierdo también sanará. El Camino continúa. Debe proseguir. Con esa intención entré a rezar unos kilómetros atrás en la iglesia de la Asunción en Villatuerta. A su vereda destacaba una estatua de San Veremundo. Monje considerado el propulsor de la peregrinación en Navarra capaz de convertir durante el siglo XI a la abadía de Irache en parada obligatoria del Camino. Hay cierta devoción por el santo aquí. San Veremundo fue reconocido por su generosidad. Y las hagiografías exageran tanto esa cualidad suya que aseguran que fue capaz de hacer brotar vino de una fuente para satisfacer a unos peregrinos sedientos. En fin.

El centro histórico de Estella es directamente impresionante. Una maravilla. Lo recorro con la boca abierta cojeando levemente. La singularidad de la iglesia del Santo Sepulcro es tal que me animo a acceder a ella aunque el calor llega a cotas imposibles. Es un templo que comenzó a construirse en el siglo XII pero finalmente quedó inacabado. Caminar por su interior es como hacerlo por un decorado de filme de Tarkovsky. Hay un retablo barroco al fondo y varios pasos de Semana Santa. Algo que se explica porque aquí ya no se practica culto alguno y el lugar ha sido entregado a la Cofradía de la Vera Cruz de Estella. Luego intento acceder al Convento de Santo Domingo pero se encuentra cerrado y me conformo con disfrutar de su estructura desde fuera. Quisiera acceder a algún otro templo. No obstante, el calor es tan fuerte que desisto también de visitar la iglesia de San Pedro de la Rúa. A decir verdad, no hay un alma en las calles.

El clima aconseja reposar. En este caso David y yo lo hacemos en el Albergue Municipal. Un coqueto alojamiento que, durante este verano, ofrece cena con donativo los domingos y los lunes, al que van accediendo peregrinos con el rostro contraído, roto. Concretamente unos ciclistas brasileños parecen haber recibido una paliza. Alguno parece tener dificultades para respirar. Casi todos resoplan. Nunca dejarán de sorprenderme los esfuerzos de los peregrinos. ¿Qué tiene este Camino que convierte a cualquier ser humano en un héroe sagrado?

Paso la tarde con el pie en alto intentando descansar. En la cena vuelvo a reencontrarme con los maños (Gavi y Alfonso) que dan por concluido su particular Camino. El aragonés. Partirán al día siguiente hacia Pamplona en autobús y de allí a Zaragoza. Gavi trabaja en Leroy Merlin. No llega a especificar qué puesto ocupa. Es alguien muy sociable y divertido. Su sentido del humor me gusta. Alfonso es igualmente agradable. Más reflexivo, eso sí. No me extraña. Es abogado. Siendo sinceros, mis experiencias con esos profesionales no han sido buenas. Años atrás, un letrado mexicano me engañó cuando vivía en Xalapa. Una pillería que desembocó en la pérdida de mi trabajo. Otro abogado de Murcia también me ocultó datos durante unos años con el objeto de sacar ventaja. A los dos los acabé descubriendo. El mal realizado por el primero fue irremediable. El del segundo no llegó a mayores por poco. Desde entonces cuando veo un despacho de abogados me entran temblores. Intento mantenerme lo más lejos posible. Son mucho mejores el rock, el cine y la literatura.

En cualquier caso, no olvido que el Camino cumple funciones kármicas. En este caso, me ha dado la oportunidad de hablar y caminar junto a un abogado. Tal vez con el objetivo de que yo atenúe un poco mi rencor hacia estos profesionales. Alfonso acaba de montar su propio despacho y me da otra perspectiva de su trabajo. Me habla de clientes que le presentan casos descabellados, de lo difícil que es contrarrestar los argumentos de otros letrados, de la imprevisibilidad de ciertas decisiones judiciales. Me da, repito, la otra visión de este asunto. Algo que no cambia mi opinión sobre los abogados en general pero sí que me proporciona cierta paz. Tal vez el Camino me esté ayudando a sanar también esa herida abierta en canal. Al fin y al cabo, nadie peregrina para odiar más sino en gran medida para amar, agrandar su alma, perdonar. Ese debería ser el gran objetivo del Camino y no tanto caminar cientos de kilómetros. Caminar, como dije en otra ocasión, es el pretexto, la vía que nos pone en condiciones de afrontar la verdad. No el fin.

También conozco durante la cena a una pareja. Ella es un psicóloga peruana (Andrea) y él un madrileño (Jesús). No hablamos mucho pero se respira un buen ambiente entre nosotros. Me comentan que hay un chico ciego realizando el Camino. En el trajín de la noche apenas presto atención a la noticia pero vuelvo a maravillarme. ¡Aquí todo es posible! También vuelvo a ver a Karim. El peregrino suizo de origen árabe al que abrí la puerta del albergue de Puente la Reina el día anterior. Nos saludamos lógicamente con amabilidad pero apenas hablamos.

Intento dormirme pronto pero no me es posible. David ha estado bebiendo durante toda la tarde. Una cerveza, un vino, otra cerveza. Así que entra a la habitación de tanto en tanto haciendo ruido. Cuando escucha que otros peregrinos lo mandan callar responde, a su vez, mandando callar. Repite la operación unas cuantas veces y se ríe. Luego desaparece a tomar algo y vuelve a aparecer a la media hora. Busca un mechero en la mochila haciendo considerable ruido. Algo que me agita bastante. La mañana en que lo conocí parecía un señor maduro. Un viajero perdido en medio del tiempo. Un náufrago. Un hombre retraído con muchas deudas personales que pagar. No dudo que lo sea. Pero el alcohol lo cambia. Ahora parece un pequeño demonio. Un joven peligroso. Un músico punk. De tanto en tanto se lo oye cantar. No sé si incluso si se cae cuando entra a la habitación. Obviamente, esto me inquieta. Uno quiere peregrinar en paz. Dos muchachas francesas creen que soy yo el que hace ruido y me recuerdan que no estoy solo. No sé qué decirles. «¡Buen Camino!» alcanzo a exclamar. Estoy un tanto avergonzado. ¿Qué hago?

Antes de dormirme me pregunto si no me habré equivocado. Si no debería seguir solo. Pero bastante tengo con ocuparme de mi pie izquierdo. La pregunta, de hecho, ahora no es si terminaré el 1 de septiembre sino si terminaré este Camino. Por otra parte, David me indicó cuando lo conocí que se iría a la vendimia. Al norte de Francia. No debería tardar en hacerlo. Así que tampoco debería preocuparme. ¡Mañana en cualquier caso será otro día! ¡Y en el Camino cada día es diferente! ¡Un desafío, un mundo! Además, estoy vivo. Vivo y coleando. Eso es lo importante. Estoy vivo y, aunque medio cojo, sigo caminando. ¡Todo es posible! Shalam

كل ثورة تتبخر وتترك وراءها أثرا من البيروقراطية.

Toda revolución se evapora y deja atrás una estela de burocracia

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…cuesta arriba cuesta abajo…las casas lo mas cerca del agua…el puente de la queen…sonrisa…
    2imagen…el puente mas a nivel y de cerca…..
    3imagen…tipical florklorismo…bordonismo, marisqueo y calabacismo….
    4imagen…el descanso del caparazon (pie nolotil)…..
    5imagen…vieiras (icono de gasolinera)….
    6imagen…en la mina de sal se escondia el oro del camino…
    7imagen…mondeño continua caminando( algo licoreto)…sonrisa
    8imagen…con todos los techos de estas construcciones hacemos una gran pizarra en la que se podria escribir lo sucedido….
    9imagen… san veremundo barrilete le entra el fresco(calor) por las bocamangas que me lleva….
    10imagen…casoplon de la hostia….
    11imagen…mi rollo es el rock (silencio…silencio…silencio..don´t disturb )….
    12imagen…para tres o cuatro meses(pinchazos a babor)…
    PD…dedicado a la armonica del peregrino ciego de tu dia 27…the turistas pasaron a eurythmics….1985…
    https://www.youtube.com/watch?v=RCdneDxFRYQ&list=RDRCdneDxFRYQ&start_radio=1

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Puente castizo. 2) Puedo imaginarme ahí mismo a Dragó haciendo un reportaje y sonriendo a la cámara. Hablando con algún cultismo. 3) chuches y nubes en una feria infantil. 4) incertidumbre 5) Skateboarding Camino.. skate. skate… 6) Libro embrujado y santo. Custodiado en El nombre de la Rosa. 7) Judío errante. Castigo. 8) Imagino a Artaud recitando en un techo de una casa de Poitiers asegurando que hay que quemar la ciudad. 9) No soy Zeus. Soy San Veremundo y hago milagros. 10) El mundo olvidado. Dinosaurio románico 11) Barón Rojo meets Led Zeppelin: Greta Ven Fleet..jajaj 12) A Gavi del Barsa le han dicho que su lesión va pa 6 meses. Jo tío. PD: una canción sobre la esquizofrenia angélica. El ángel gordi es genial. Me recuerda al Próspero de Greeneway. Annie en plan pura. Todo recuerda a Mozart. Todo es una puta maravilla..jajaj.. Rococó

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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