Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago que recientemente realicé. En esta ocasión, me ocuparé de nuevo del día 23. Pero en este caso de la segunda parte de aquella jornada. ¡Ahí voy!
Un camino. Día 23 (2)
Jueves, 7 de agosto.

La bajada de Artieda me resulta más dura que la subida por una razón muy clara. Ascendí al pueblo aragonés junto a David pero ahora desciendo solo. Mis compañeros de Arrés disfrutarán de una jornada presumiblemente agradable allí. Son las fiestas de la localidad. Yo sin embargo vuelvo a caminar en soledad y lo hago pasado el mediodía con un sol que de nuevo se ha convertido en un villano. Un inexpugnable contrario. Un impiadoso sádico que utiliza sus rayos como si fueran látigos.
Pincho música e intento animarme. Pero no lo consigo. Es increíble la sinergia que se produce de tanto en tanto en el Camino con las personas que nos encontramos allí. Hace dos días o tres caminaba solo y lo hacía contento. Ahora siento que me falta algo. Que debería estar en Artieda. Pienso incluso en volver pero ya he caminado tres o cuatro kilómetros y voy con retraso. ¿Qué sentido tendría retroceder? Santiago me espera. ¿Santiago? ¿A quién le importa Santiago de Compostela? ¿Para qué camino? ¿Hacia dónde voy? ¿Por qué caminan los peregrinos? Hoy yo al menos no lo sé.
De repente, suena en mis altavoces «Il mondo», el célebre tema de Jimmy Fontana. Una enorme composición que escuchaba mucho cuando viajaba por México. Una canción total, de celebración, que me hacía pensar siempre que la escuchaba que me encontraba en el momento adecuado. Fluyendo con la vida. En medio de un mundo que gira y gira, rodeado de personas con ilusiones que nacen y otras que mueren.

En esta ocasión, mis sensaciones no son diferentes. Pero esta vez la canción me golpea con más fuerza. Logra emocionarme a un nivel profundo. Estoy caminando en medio de un descampado bajo un sol que exuda peligro y sin saber por qué, de repente, rompo a llorar. Comienzo a llorar como si tuviera seis o siete años.
Durante un minuto no existe más que ese llanto. Recuerdo a David. ¿Lo volveré a ver? ¿Por qué no estoy en Artieda? ¿Qué hago caminando sin descanso? Recuerdo a un gran amigo de Buenos Aires. Salvador Pablo Grande. Ya fallecido. Recuerdo a mi madre. Ya fallecida. Cuando la canción termina, vuelvo a pinchar «Il mondo» y de nuevo sólo existen las lágrimas. Recuerdo A Susana. Ya fallecida. ¿Volveré a ver a David? Sólo he caminado con él una hora. No hemos hablado demasiado, ¿una hora en total?, pero ya no concibo este Camino sin él. Me detengo en un recodo. ¿Y si volviera a Artieda? Vuelvo a pinchar «Il mondo». ¿Para qué caminamos los peregrinos? ¿Qué estoy haciendo? ¿Hay algo más poético que peregrinar? ¿Andar y andar tiene algún sentido?
Aseguran los psicólogos que cuando un paciente rompe a llorar durante la terapia es un motivo de regocijo. Si lo hace es porque ha conectado consigo mismo, ha sacado a luz sus sentimientos, el problema o trauma, y se encuentra en disposición de sanar. Creo que este es el momento en el que este Camino se arraiga con mi corazón. Hasta ahora mi aventura estaba siendo una experiencia fuerte, intensa, tanto cultural como espiritual. Pero no sé si me había transformado. En el momento en que rompo a llorar sé que el Camino ha hecho su trabajo. Que ya no seré el mismo y que probablemente no pueda escribir sobre esta experiencia hasta mi vuelta. Sin yo darme cuenta, el arte, la literatura dejaron ya de importar aquí hace bastantes días. Es la vida la que se ha convertido en arte, en Camino.
Es por eso mismo por lo que los veteranos recomiendan a los jóvenes que las peregrinaciones sean largas. Porque se necesitan el mayor número posible de días para conectar con nosotros mismos y el Camino a un nivel profundo. Si no, el Camino se convierte en una excursión más o, peor aún, un diploma en un cuadro colgado en una habitación que nadie mira. Es necesario que el Camino sea un desafío. Un ideal. Lo que era Dulcinea para don Quijote. Por eso en el fondo no importa si el apóstol Santiago peregrinó por la Península Iberíca o no o si son sus huesos los que se encuentran en la Catedral de Compostela. Importa la idea, el peregrinaje, ese ansia de caminar más allá de toda razón.

Otro asunto que me queda claro durante estos momentos es que «Il mondo» será la gran canción del Camino. Una de las dos o tres que me acompañarán en los momentos cumbres de la ruta. Curiosamente, a pesar de ser un tema muy célebre, no encuentro apenas información sobre el mismo. Algo que tampoco me importa demasiado. Hay canciones que no pertenecen a su autor sino al pueblo. Siendo redundantes, «al mundo». Esta es una de ellas. Fontana, (un contable oriundo de Camerino cuyo verdadero nombre era Enrico Esbriccoli) fue el responsable de la melodía. Lili Greco y Carlos Pes le ayudaron a concretarla. Y Ennio Morricone se ocupó de los arreglos. La letra, (esa letra tan sencilla y poética) pertenece a Gianni Meccia. La escribió tras leer un poema sueco sobre el mundo que confío algún día encontrar. ¡Ya lo haré!
En cualquier caso, estoy seguro de que no importa si leo más o menos sobre esta composición nunca terminaré de descifrar su misterio. «Il mondo» es un tema muy sencillo pero a la vez operístico. Tiene algo de épica pero es también muy mundano. Es un himno con el que cualquier persona puede conectar. No importa el momento en el que viva. Se encuentra destinado a triunfadores y perdedores. Y, sobre todo, a la gente sencilla. A los que pueblan las calles y ciudades de cualquier ciudad. A los amores que nacen y a los que mueren.
Obviamente, en 1965, cuando apareció, rápidamente se convirtió en un éxito. Estuvo diez semanas en el número 1 y vendió más de un millón de copias. La idea de Fontana y sus colaboradores era replicar el éxito del «Volare» de Modugno. Algo que lograron con creces. «Il mondo» es, a día de hoy, patrimonio de la humanidad como la Torre de Pisa o la Catedral de Milán.
«Y la mañana vendrá»
Sigo caminando. De repente, han dejado de importarme las iglesias románicas, los vitrales y las rutas recorridas siglos atrás por peregrinos llegados de distintas partes de Europa. Ahora tan sólo importa mi corazón. Lograr de nuevo volver a caminar con alegría. Contener mis sentimientos. Disfrutar del paisaje. Al fin y al cabo, nadie me obligó a seguir solo. Así que intento volver a conectar conmigo mismo focalizando mi atención en mis pasos. Uno, otro, otro más. Un nuevo paso. Caminar es como respirar. Un poco como meditar. Cada paso es una inspiración. También una expiración. Al final logro abstraerme, la vida sigue, mis lágrimas se secan. La ruta continúa. Me espera Ruesta donde confío parar a comer.
Antes de llegar a Ruesta paso junto al embalse de Yesa. Hay múltiples carteles y pintadas en contra de esta construcción. No me extraña. Su inauguración en 1959 supuso en gran medida el deterioro y abandono de varios pueblos de incalculable valor histórico puesto que las grietas en las laderas provocaban deslizamientos de tierra. Además, otras tantas poblaciones languidecieron una vez que las tierras y casas de sus habitantes fueron expropiadas para convertirlas en un pinar. Un bosque que detuviese los sedimentos causados por lluvias que antes o después terminarían provocando daños en el embalse.

Actualmente, hay un proyecto de recrecimiento que cuenta con el apoyo de la Confederación Hidrográfica y los regantes navarros y aragoneses pero, como queda claro a lo largo de esta fase del Camino, con el amplio rechazo de los ecologistas y los habitantes de las poblaciones afectadas puesto que la presa se sitúa sobre una ladera y falla inestable. Según dicen, el recrecimiento del embalse podría incluso acabar precisamente con este tramo de la peregrinación jacobea.
Desde el momento en que pongo un pie en los empedrados de Ruesta, me impresiona. Parece un pueblo perdido en su propio tiempo. Uno de esos surgidos de la Edad Media profunda. Tiene algo de fantasmagórico. Pareciera surgir de un enorme sueño de siglos. Pero también tiene una impronta y personalidad que lo hace más consistente que cualquier ciudad actual. Es una población de una impresionante rugosidad. Basta contemplar los restos del castillo de origen musulmán o la fuente y las casas de piedra.
Ruesta es un lugar ideal para dormir durante el Camino. Tanto como Arrés. Lamento no poder hacerlo pero poco puedo hacer así que mientras ingiero alimentos hablo con varios de los ecologistas que se encuentran albergados allí que me informan de sus actividades y me preguntan por mi ruta.
Me interesa sobre todo la historia que un muchacho me cuenta acerca de un peregrino. Un amigo suyo que según parece está haciendo el Camino a la inversa. Desde Santiago hasta Jaca. Lo hace con una carretilla. Allí va echando los desperdicios que va encontrando por las rutas. Algunos los lleva a reciclar. Otros los entierra. Cuando es posible los utiliza como abono para las plantas. En realidad, no termino de entender bien lo que me cuenta. Vuelvo, como tantas otras ocasiones, a sorprenderme. A escuchar con la boca abierta. Pero la imagen de ese peregrino recogiendo desperdicios no se me borrará jamás. Además de poética, tiene un innegable valor espiritual.

Ruesta, repito, era el lugar ideal para dormir. Pero debo partir. No es algo agradable porque el termómetro asciende a 35 grados. Son las 4 de la tarde. El sol directamente es un puñal, una bala. Acabo de beber dos litros de agua y ya tengo ganas de volver a beber. Mi camiseta se encuentra completamente sudada. En esas condiciones resulta difícil disfrutar la subida al monte Fenerol. Más bien la sufro. A veces me detengo. Otras camino rápido. El caso es que temo perder la conciencia o desmayarme del calor que hace. Llego, y no es broma, a preocuparme por mi salud. A veces araño el aire como si ese inofensivo acto pudiera hacer que el sol dejara de fustigarme.
Tampoco gozo mucho con la bajada. Voy tan mareado que incluso me pierdo y hago uno o dos kilómetros más (que parecieran cinco o seis) camino a Undués de Lerda donde llego como si fuera el superviviente de algún naufragio. En el bar donde me dan la llave del albergue me miran como si fuera un extraterrestre cuando les digo que vengo de Arrés. Con razón, casi que me riñen. En ocasiones han tenido que recoger a peregrinos extenuados, casi desmayados y perdidos por el calor. Doy fe que eso puede suceder.
En cualquier caso, estoy de nuevo a resguardo. Cobijado. Obviamente, el agua de la ducha parece la del paraíso. No creo estar dándome una ducha sino volviendo a la vida.
Debo reconocer, no obstante, que me siento triste. En el albergue de Undués no hay hospitaleros. Me dan unas sábanas. Son amables. Pero no pueden entender a un peregrino. Me siento solo. Echo de menos la acogida que tuve en Arrés. Ese abrazo que sólo da alguien que ha estado en tu misma situación. ¡Quiero un abrazo! ¡Necesito un abrazo! Me entran ganas de llamar a Tomás (me dio su teléfono antes de despedirnos) y preguntarle cómo está siendo la noche en Artieda. Decido no hacerlo. He de ser fuerte. Camino solo. Pero me siento como un adolescente. Recuerdo algunas noches en las que mi madre no me dejaba salir y acompañar a mis amigos. Apenas podía dormir pensando qué estarían haciendo. Eso ronda mi cabeza de nuevo. ¿Cómo será la noche en Artieda? ¿Volveré a ver a David?
Por otro lado, estoy tan cansado que casi no puedo dormir. Sí. Aunque parezca paradójico, me duelen tanto el cuerpo y los pies que apenas puedo descansar. Me hago una fotografía pensando en publicarla en alguna red social pero la borro inmediatamente. Parezco un fantasma. Mi cara se encuentra enrojecida por el sol y se diría que he envejecido diez años a causa del cansancio. ¡Quisiera estar en Artieda! Pero estoy solo. Dos o tres personas duermen en el albergue pero no son peregrinos. No tengo fuerzas ni para saludarlos. Al final, sólo guardo una esperanza. «Il mondo». Me duermo, sí, pensando en «Il mondo«. El tema de Jimmy Fontana. «Y la mañana vendrá. Y la mañana vendrá». Algo así dice la canción. «Y la mañana vendrá. Y la mañana vendrá». Shalam
أنا أعلم من كنت هذا الصباح عندما استيقظت، ولكن أعتقد أنني ربما تغيرت عدة مرات منذ ذلك الحين.
Sé quién era esta mañana cuando me levanté, pero creo que he debido cambiar varias veces desde entonces







1imagen…un vertice sentado en el escalon, la mochila el segundo y el otro en la puerta giratoria….(hotel de cinco estrellas)….
2imagen…el valle de los cipreses (a trabajar la tierra campesinos).
3imagen…apocalipsis espacial…..
4imagen…no me lo puedo creer…
5imagen…todo un remolino de soul….
6imagen…gran idea de conservacion…..
7imagen…cualquiera ataca al monolito…..
8imagen…casas twin peaks medievales….
9imagen…el primero pedira una mula…el segundo pedira una mula para sus hijos,,,,.
PD…soul love…1972…The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars……
https://www.youtube.com/watch?v=mAoSRZsRwKg&list=RDmAoSRZsRwKg&start_radio=1
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………….luxluxluxluxluxlux……….strictly commercial……………………
1) La entrada a una gruta en la que aparecerá un genio maravilloso. 2) Despedida solitaria de un lugar agradable. Suena algo de Nino Rota. 3) Puro pop solar y psicodélico de los 60. Sueños de guateques dorados. Mad Men. 4) Aquí se parece mucho a Fabio Cappello. El entrenador del Milan, Madrid y AC Roma. 5) Buddy Holly a la italiana. 6) El paisaje de El planeta de los simios. 7) Torre de Pisa a la española..jaa 8) Foto realizada por un productor de Juego de tronos. Allí tal vez rodarán una escena. 9) No somos vegetarianos. ¿Queda claro? PD: clásico de los clásicos. Me cuesta entender las letras de Bowie.. siempre tan abstractas y a ráfagas. Muy Burroughs.