Dejo a continuación un nuevo avería dedicado en esta ocasión al Camino de Santiago que recientemente realicé. Concretamente, hoy me ocuparé del día 21. Un día tan intenso que para ocuparme bien de él debo dividir este avería en dos partes. De momento, ¡ahí va la primera!
Un Camino. Día 21. (1)

El martes 5 de agosto me despierto muy temprano en Ena. El albergue es tan confortable que me pregunto si no debería quedarme un día más para continuar escribiendo. Sigo con retraso en mi diario. Algo que me sorprende a mí mismo. Me produce cierta ansiedad puesto que Llevo años sin cesar de escribir en averíadepollos. Es mi liturgia. Mi rito diario. A día de hoy no concibo mi vida sin Avería. Sin embargo, el Camino me está obligando a dejar de escribir si no quiero sufrir más de la cuenta. Si deseo completar las etapas diarias con cierto equilibrio. Llevo luchando desde que comencé el Camino con esta diatriba. ¿Escribo o camino? Ambas actividades se muestran incompatibles. Finalmente, una fuerza interna me anima a levantarme y comenzar a andar. La vida se impone a la escritura.
Soy sincero al confesar que algo en mí lamenta profundamente no escribir. Se resiente. Pero otra parte, también se alegra. La prueba de que el Camino está siendo una experiencia es que me está obligando a cambiar mis hábitos. De repente, ya no importa tanto escribir sino vivir, caminar, respirar. Uno no hace el Camino para continuar pensando y obrando del mismo modo en el que lo hacía cuando lo comenzó. Uno emprende esta aventura (lo sepa o no) para cambiar, modificar aspectos de su personalidad o descubrir ciertas partes de su alma que se encontraban ocultas. También para meditar. Sentir a Dios en medio del silencio y de la opulenta naturaleza. Por eso finalmente camino y no lo hago triste. Lo hago contento. Sin remordimientos. ¿Hay un solo día en el que no haya entrado en facebook en los últimos años? ¡Ya está bien de redes sociales! Eso es también una neurosis. Grande. No sólo mía. De nuestra civilización. Así que vuelvo a repetir, camino y lo hago sonriente. Cada paso me acerca a la vida. Y por una vez la vida no está en la literatura.

Los primeros kilómetros discurren por territorios pedregosos. No se ve un alma aunque el paisaje aragonés al fondo continúa siendo exuberante. No tarda en amanecer. No por ser una costumbre dejo de agradecer la presencia de estos primeros rayos de sol que no sólo no hacen daño sino que caen sobre mi rostro con cierta levedad, alegrándome el ánimo.
Me siento libre y con fuerzas. Así que en vez de caminar, corro por los terrenos. Un acto de celebración de la vida. A eso también se viene al Camino. ¡A celebrar la vida! No obstante, correr con la mochila no es lo más aconsejable. Mi mochila pesa demasiado y mis músculos pueden resentirse. No tardo en percibir, de hecho, ciertos pinchazos un tanto preocupantes que me hacen parar. Pero la locura y la alegría se imponen y vuelvo a correr como si fuera un niño o un loco. ¡La vida es y siempre será sobre todo locura! ¡Bendita! ¿No estaba Dios loco al crear este mundo? ¿No estaban los hombres locos al crear las ciudades? ¿No es verdad que no hay un solo artista que esté cuerdo?

Al llegar a Botaya disfruto de un café con leche y de una agradable conversación con dos aldeanos en el bar social. Acaban de abrir y me cobran una cantidad simbólica. Casi que prefieren invitarme. Agradezco su amabilidad mientras contemplo a lo lejos la iglesia de San Esteban. Otra reliquia del Románico. El gran protagonista del Camino.
Hay algo por cierto en el Románico que me fascina y que estoy aprendiendo a amar durante esta ruta. Los templos románicos no eran únicamente lugares de oración. Eran en realidad cuevas protectoras. Castillos de fe donde se protegía a los feligreses. Hay algo en los templos románicos que remite a un tiempo de ira y cólera. Las iglesias protegían de las guerras. Eran escondites y mantos para resguardar a los débiles, perdidos y caídos. Pero eran lo suficientemente ostentosas y elegantes (a pesar de su rocoso ascetismo) como para insuflar el respeto (y también el miedo) a Dios.
Me da la impresión que en el Románico, sí, las iglesias eran carros de combate inamovibles. Ostentaciones de fuerza que daban ánimos a los cristianos y cierto temor en los herejes. Uno imagina a un sacerdote en una iglesia románica como un general que cuida por sus soldados con un arma (en este caso un cáliz o un rosario) que alza a los cielos mientras pronuncia ciertos versos del Evangelio en latín y no puede evitar ruborizarse.
Pienso que los peregrinos somos en gran medida soldados. Aún hoy en el siglo XXI. El siglo laico. El siglo neoliberal. El siglo del placer. El siglo del yo. La centuria de los débiles. Es inevitable adquirir cierta disciplina en El Camino. Yo, por ejemplo, percibo que mi corazón se ha ido endureciendo (y abriendo) conforme descubría las joyas del Románico hispano. Una especie de muro protector de la conciencia. Un referente cultural que no permitirá a los europeos extraviarse del todo. Y mucho menos a los españoles. Uno contempla una iglesia románica y ve, siente, comprende al momento a España. La antigua, la eterna, la medieval. Una España inmemorial que pareciera haber surgido del éter profundo. Algo de ella pervive en nosotros. Sus raíces son tan sólidas que no hay manera de acabar con ella. Los coches, las autopistas y las redes sociales se estrellan y arden en presencia de las rocosas ermitas del Románico. Las piedras perennes.
Lleno mi cantimplora de agua en una fuente que se halla a la salida de Botaya y vuelvo a emprender mi marcha. Pronto el camino se empina y endurece. El sol vuelve poco a poco a convertirse en un enemigo feroz. Allá donde voy golpea con su látigo. Fustiga, hiere. Afortunadamente, durante la subida por el barranco de Botaya no tardo en hallar un robledal cuyos árboles ejercen de ángeles protectores y guardianes de mi integridad física. Pero aún así la subida es muy dura y el calor comienza a hacer mella en mí. Una circunstancia de la que no tardo en olvidarme cuando, en medio de la pradera de San Indalencio, contemplo la grácil estampa del Monasterio Nuevo de San Juan de la Peña. Un edificio que, a pesar de su raíz barroca, refleja con claridad la huella del clasicismo en sus muros. Muros que esconden secretos eclesiásticos, vidas de hombres que se retiraron de la vida mundana y se encomendaron al silencio y la oración. Una disciplina que, en tiempos en los que el estoicismo se ha puesto de moda, no me explico por qué no es actualmente más reivindicada. Aunque teniendo en cuenta el pavor que la modernidad tiene por los místicos y santones no me extraña.
La modernidad ama los milagros económicos. Las subidas de la bolsa. Los avances empresariales. No la comunicación de las almas solitarias con Dios. Quienes hablan con Dios fuera de las iglesia, de hecho, son en algunos casos considerados esquizofrénicos. La ausencia de Dios de nuestro mundo ha vaciado las iglesias y llenado los psiquiátricos de seres sin rumbo. La modernidad no canaliza. Excluye. Es tan cruel con Dios como considera que Dios lo fue con los herejes.
Como es bien sabido, el Monasterio Nuevo de San Juan se construyó tras el incendio del antiguo y original. Una obra maestra sin parangón cuya presencia sobrecoge a cualquiera. Me lo encuentro en mi camino tras bajar por un dificultoso sendero y no puedo evitar sentirme asombrado. Es normal. El monasterio se encontraba bajo una colina en medio de un espectacular bosque en cuyos árboles se aposentaban pájaros de todo plumaje y por el el que caminaban libres jabalíes, lobos y osos. La fauna ancestral de Aragón. Casi también la del paraíso.

Si su fachada impresiona, la historia que posee tira de espaldas. En su panteón se encuentran varios reyes aragoneses enterrados. Algo en absoluto extraño porque las raíces del reino de Aragón se hallan aquí. Tal vez no del real sino del mítico que, a estos efectos, viene a ser lo mismo. Fue, según parece, en estos parajes donde los estandartes cristianos eligieron a Garci Ximénez como su bastión para reconquistar Jaca y Ainsa. En esta localidad contemplaron una cruz roja ardiendo sobre una carrasca que fue considerada un buen presagio y les insufló fuerzas para su batalla contra los musulmanes.
El origen del Monasterio lógicamente también se remonta a una leyenda. Un noble corrió tras un ciervo por un largo espacio de tiempo. Finalmente, el guerrero cayó por un precipicio pero su caballo no se resintió del accidente sino que se mantuvo en pie con gracilidad. Pronto, aquel señor descubrió una cueva en la que se hallaba una ermita consagrada a la memoria de San Juan el Bautista y el cuerpo sin vida de un ermitaño. Sorprendido por todos estos acontecimientos, al volver a Zaragoza se desprendió de sus bienes y en compañía de su hermano se consagró a la vida monástica fundando el templo.
La sensación que tengo es de encontrarme ante un pedazo importante de la historia de España. Un lugar mágico. Una construcción que, a pesar de estar aparentemente olvidada, marcó el devenir de otros tiempos. A eso también se viene al Camino. A descubrir historia. Hacerse uno con ella. De repente, mi país ha variado. De pronto, todos los caminos que recorro por Aragón desembocan y nacen en este Monasterio. Nunca lo había pensado cuando me desperté pero ya no concibo España sin este paraje. Hay quienes hablan de la belleza de Italia, sus pueblos, sus recónditos y remotos rincones. No hay duda de ello. Pero este cónclave no tiene nada que envidiar a los hermosos monumentos transalpinos. A pesar de que (si no me equivoco) ya no se encuentra habitado, el Monasterio desprende vida. Transmite fuerza. Quienes lo construyeron tenían que poseer cierto halo alquimista. Debieron sentir la energía del lugar.
Mi alma, desde luego, resplandece y se hace grande conforme camina entre sus muros desbordados por su historia. Peregrinar supone siempre asombrarse.

Vuelvo a hacerlo cuando contemplo las inquietantes figuras de ojos grandes esculpidas por el Maestro San Juan de la Peña. Muchas de ellas podrían ser consideradas dadaístas o surrealistas. Podrían ser el modelo de varias figuras de dibujos animados. En los manuales se los califica como ojos de insecto.
¿Por qué esos ojos? ¿Para qué? ¿Para ver más en medio de la oscuridad de tiempos guerreros? ¿Una muestra de que los cristianos tenían la vista más aguda porque resplandecía en contacto con la luz de Dios? Las explicaciones suelen ser más simples. Yo no encuentro ninguna. Tampoco la busco. Me gusta que así sea. Querer, ansiar explicaciones a todo es otra neurosis y el Camino y el arte deberían ser siempre misteriosos. No tendrían que perder jamás su manto oculto.
Parto del antiguo Monasterio sin tristeza. Como quien ha encontrado en el pasado las claves del futuro. El Camino de Santiago no es sólo historia. También es porvenir. Una prueba de que el pasado nunca muere. Porque cuando trasciende es fuente de revitalización continua. Shalam
عندما تكون في الوحل، كل ما يمكنك رؤيته هو الطين.
Cuando estás en el fango, sólo puedes ver fango






1imagen…la primera idea fue: asombroso….. que hace un ancla fuera en del muro…..
2imagen…todo queda aclarado (aun asi salte el muro sin llamar a la puerta)…..
3imagen…toma aerea….mucho lirismo en la tierra natural….
4imagen….el campanario de tristanita junto a la chimenea(brut)…
brut vs el estilismo de gaudi….
5imagen….esto es una barbaridad, una hermosura, un ensamblaje de habitaciones…magnifica…..
6imagen…en «corazon de cristal»1976 de w.herzog aparece un paraje similar (las conversaciones con dios (la naturaleza) y sus ecos…..la formula se ha olvidado…..
7imagen…una vez conocido el procedimiento del arco lo realizan a menudo…….
8imagen….ojos de insecto (cuestion de las herramientas usadas)
PD…https://www.youtube.com/watch?v=oiFt3WnHPg8
popol vuh…1976…heart of glass….
1) Un loco ha dejado una bolsa de explosivos fuera del convento. 2) El loco decía que no creía en Dios y quería matar a todos los clérigos 3) La naturaleza habla a su manera. Acompaña al hombre sin matarlo. 4) Esas piedras que podrían ser volcánicas pero que remiten a un pasado pétreo. Inamovible. 5) ¿iglesia templaria? ¿Castillo o templo? 6) Paisaje demasiado abrupto y bello para imaginar a un tipo escalando por allí. Es más bonito imaginar un milagro. Un caballo cayendo de pie. 7) Cárcel religiosa. Los condenados a Dios no se escapan. Celebran su rutina. 8) Ojos saltones que son los de un ciego. El hombre está ciego. El único que ve es Dios. ¿Quería decir eso el Maestro? jajajajaj PD: impresionante tema que encaja perfectamente con la experiencia del Monasterio y el bosque. Serpenteo divino. Se escuchan los ríos.