Me encuentro ahora mismo en un bar de Villadangos del Páramo donde he parado para escribir este avería y prepararme para completar el último tercio del viaje. Una mágica aventura que comenzó en la Catedral de Barcelona hace más de un mes y que debería concluir en aproximadamente tres semanas en el Faro de Finisterre.
El viaje ha sido tan exigente y lleno de vivencias que me ha resultado imposible escribir como deseaba. Cuando quería hacerlo estaba demasiado cansado, necesitaba recuperarme o tenía enfrente una persona que merecía la pena conocer. Así que parece claro que no completaré los averías de este viaje hasta mi vuelta a La Manga. Ahí prometo terminar este diario. Al fin y al cabo, las fotografías las tengo (de no ser así para eso está internet) y los recuerdos están muy frescos. Será ese el momento ideal para concluir esta serie de averías que me está siendo muy complicado escribir pero que al mismo tiempo pocas veces me ha hecho tan dichoso dar a luz y experimentar.
En fin. Todo a su tiempo. De momento, sigo la crónica donde la dejé. En este caso, del día 17 de mi Camino. ¡Ahí va!

Un Camino. Día 17.
El viernes 1 de agosto me levanto temprano, sobre las 6, 30 de la mañana. No tengo especial prisa pero, debido al calor, considero prudente comenzar a caminar cuando todavía no ha salido el sol. Sin embargo, algo me detiene en la cama. No me encuentro del todo bien. Me siento mareado pero no lo suficiente como para detener mi ruta.
Pienso que probablemente experimente una mejora cuando comience a caminar. Pero no ocurre así. La salida de Huesca se me hace interminable. El ruido de los coches me golpea como si alguien estuviera afilando cuchillos en mi cabeza. El ajetreo propio de las ciudades me confunde. Estoy aturdido. Las personas pasan a mi lado como sombras amenazantes. Camino muy lento, casi como un fantasma, sin apenas poder levantar la vista y fijarme en las señales que me indican la ruta para salir de allí.
Mis sensaciones no mejoran cuando me desvío por la ruta boscosa que me debe llevar a mi destino del día: Bolea. Al contrario, pareciera que llevo piedras en vez de ropa en la mochila. No aguanto más y me tumbo en un recodo del camino. De vez en cuando pasan ciclistas y viandantes que me preguntan si estoy bien. Alzo la mano y muchos se ríen. Creen que estoy descansando sin complejo alguno de culpa y me gastan bromas que no me siento capaz de responder.
En esos momentos ya tengo muy claro que el litro de agua que bebí el día anterior no era potable. No encuentro otra explicación a mi desmayo anímico y físico.
Sé que no tengo nada grave pero no termino de estar bien. No me rindo y, tras una hora en el suelo, decido volver a caminar a un ritmo cansino que parece el de un muerto viviente. Un náufrago en medio del estío hispano. Obviamente, cuando llego a Chimillas ni me fijo en su iglesia ni estoy interesado en saber la etimología del nombre («en realidad, significa pequeña mezquita») de esta población cuya fundación hay que remontar al dominio musulmán de España. Un origen del que no soy capaz de percibir nada en sus calles. Mucho menos teniendo en cuenta mi entumecimiento mental.
Paso dos horas en la mesa del único bar del pueblo en las que bebo ingentes cantidades de agua potable y me tomo un parazetamol. Intento recuperarme y descansar mientras escucho la conversación de varias vecinas. Una en concreto llama mi atención. Una profesora de instituto que se acaba de jubilar y podrá dedicarse al fin a realizar esculturas y cuadros. Según creo escuchar es maestra de arte. En otras condiciones, intentaría entablar una conversación con ella. Me gustaría echar una ojeada a sus obras, saber cuáles son sus artistas favoritos, con qué estilo se identifica y preguntarle por su experiencia como docente pero en mis condiciones me siento incapaz de hacerlo. Bastante tengo con mantenerme despierto y no caerme. Algún vecino me gasta una broma acerca de los escasos kilómetros que me quedan para llegar a Santiago (entre 800 y 900) y yo le sonrío sin fuerzas ni ganas. No estoy tan mal como para compartir lo que me ocurre con los lugareños o para acudir a un médico pero continúo sin estar bien.
Un poco mejorado continúo mi ruta. Un peregrino (cualquier ser humano sano en realidad) suele recorrer a pie cuatro kilómetros y medio a la hora. A veces más. Cinco tal vez. Depende de su estado físico y del peso de la mochila. Pues bien, son casi las 2 de la tarde y no he recorrido más de 10 kilómetros. Llevo, por tanto, un ritmo de un par de kilómetros a la hora. ¡Un horror! El calor que hace tampoco ayuda. De vez en cuando hay tramos con vegetación pero en la mayor parte de esta ruta no hay una sola sombra. En un momento dado, llego a mi límite físico y, desesperado, me acuesto al borde del monte entre varias matas que me hacen de almohada intentando dormir una siesta improvisada. No es mala idea. Afortunadamente, cuando me despierto, me encuentro bastante mejor. Creo que, a pesar de todo, llegaré a Bolea. No se me pasa por la cabeza dormir en un saco y a la intemperie en mis condiciones actuales. Dicho esto, en las últimas horas he bebido mucha agua (potable) y he orinado sin cesar. Entre esto y la sudoración supongo que las bacterias terminarán por desaparecer de mi cuerpo.

En realidad, lo que me ocurre es un clásico de toda peregrinación. El Camino antes o después nos pone a prueba a todos. Si uno anda tan sólo durante diez días tal vez no le de tiempo a la ruta a realizar su trabajo. Pero si el recorrido del peregrino se extiende por un mes lo más probable es que sí y que, antes o después, sufra una crisis. El Camino no entiende de ricos ni de pobres. Tampoco de personas que estén en una excelente condición física o no. No existen seres humanos que no tengan pruebas que superar ni situaciones que asimilar. Hay atletas que se han echado a llorar en el momento más inesperado. Padres de familia con una vida perfectamente ordenada que sentían removerse su corazón como si fueran adolescentes. Muchachos conflictivos que demostraban una madurez inusitada en situaciones críticas y jóvenes equilibrados que gritaban en medio de la ruta como si estuvieran poseídos.
Todos tenemos llagas, heridas que sanar y cicatrizar. Absolutamente todos. No hay una sola persona que no haya experimentado un trauma o conflicto. El Camino es imprevisible. No garantiza la sanación de los problemas. Tampoco su rememoración. El Camino es un proceso. Una vía. No asegura absolutamente nada porque suele atacar en los flancos más inesperados. Trabaja en el alma de los peregrinos. Los mejora. Los absorbe, los reta, los desafía y cambia de un modo imprevisible.
Algo tengo yo que comprender de haber bebido agua que no era potable. ¿De verdad estoy concienciado de lo que significa andar de Barcelona a Finisterre? ¿Estoy preparado? ¿Qué hay mal en mí que quisiera cambiar? El Camino concede supuestamente deseos a cambio de nuestro esfuerzo. Eso dicen algunos. Yo prefiero creer que corrige nuestras fallas, nos hace mejores a medida que sudamos y sufrimos. No debe, no tiene que ser igual el ser humano que comienza a viajar que el que finaliza su trayecto. Si es el mismo algo en el proceso ha fallado.
El Camino es un desafío no tanto por el número de kilómetros. Los kilómetros son la excusa para experimentar el desafío.

Llego a Bolea y me siento mucho mejor. Como ocurre con los pueblos de la Toscana (Italia) es necesario realizar una subida para lograr transitar sus calles. Lejos de sentarme mal, el ascenso me procura cierta felicidad. Pronto, disfruto de las calles del vetusto pueblo aragonés. Desde hace una hora he dejado de sentirme mareado. Torno a respirar en calma. No tardo en dirigirme al albergue municipal donde volveré a ser el único peregrino. El único huesped.
El hospitalero me da la clave secreta por teléfono y abro yo mismo el local. No acaban de todas formas mis complicaciones porque la cerradura necesita un poco de aceite y me hago sangre al abrir la puerta. En fin. Nadie dijo que peregrinar fuera fácil. Detengo la hemorragia como puedo y me ducho. No hay agua caliente pero me da lógicamente igual. El calor es abrasador. ¡Recibo el agua fría con agradecimiento! El frigorífico por cierto tampoco funciona. Todo, por tanto, me obliga a salir del albergue y cenar en el pueblo. Llego a un bar y me tomo una cerveza con tranquilidad. Pronto hablo con una muchacha atractiva que trabaja en una tienda de moda en Barcelona y suele pasar de tanto en tanto sus vacaciones en Bolea. Sus padres nacieron allí y esta muchacha pasó muchos de los veranos de su infancia en el pueblo aragonés.
Mientras disfruto en la terraza del bar de un buen plato de lentejas con chorizo, se nos unen varios muchachos. Los lugareños quieren invitarme a tomar paella en la fiesta que celebrarán en la piscina municipal el día después. A mi alrededor, se gastan bromas, la gente ríe. La muchacha me habla de antiguos recuerdos, bellas vivencias en aquellas calles. En pocas horas mi panorama ha cambiado completamente. Mis mareos han comenzado a ser un mal recuerdo. La noche nos envuelve en su magia. Corre la cerveza, se escucha música, las voces retumban en la noche. Respiro profundo. Me siento plenamente dichoso. Más que dichoso, tranquilo. En paz.

Ese es otro de los grandes clásicos del Camino. Los budistas nos han enseñado a los europeos que todo es pasajero. La dicha y la felicidad no son eternas. Ok. ¡Malas noticias! Pero tampoco lo son la desgracia y la tristeza. Ok. ¡Buenas noticias! El Camino también nos da esa lección. En la vida no hay ni buenas ni malas noticias que sean eternas. Uno puede estar en una situación crítica y reír con alegría horas después y viceversa. Lo importante es tomar conciencia de lo que ocurre, de nuestro proceso. Estar tranquilo. No dramatizar.
No hay mejor remedio contra las neurosis y las obsesiones que la meditación. Lo mismo se puede decir del Camino. Una vía de peregrinaje que nos demuestra que lo que parece un drama se convierte en comedia en unas horas y que las risas se pueden tornar en tragedia si no tomamos las precauciones necesarias o nos confiamos demasiado. La vida se mueve, todo gira. Caminar implica aceptar ese desafío. Acabar con las certezas. Cuando uno camina la historia de la humanidad se mueve. También la historia de nuestra vida. Hay algo zen en aceptar los cambios.Caminar termina por vaciar el cerebro. Hacernos conscientes de nosotros mismos. El dolor de los pies puede ayudarnos a tomar conciencia de un problema. Hacernos recordar una vivencia olvidada. En la vida no existen casualidades. Mucho menos en el Camino.
No puedo evitar acostarme con un sentimiento de satisfacción. Estoy muerto de calor, fatigado pero vivo, respirando. Estoy peregrinando. En ruta. Eso significa que estoy viviendo y muriendo a cada instante. El objetivo a mi entender de todo artista, de cualquier escritor. Don Quijote llegó a ser don Quijote porque no se quedó en su pueblo de la Mancha disfrutando de su hacienda. Tampoco Ulises fue conocido precisamente por residir en Itaca. Fue su viaje de ida y vuelta el que convirtió su vida en un desafio. Caminar siempre ha sido una aventura. Continúa siéndolo. Shalam
إذا لم يكن الله محبة، فهو لا يستحق الوجود.
Si Dios no es amor, no vale la pena que exista





1imagen…no tenian campana le compraron una aunque para colocarla tuvieronn que hacer unas escaleras contra los fuertes…
2imagen…el huerto del cura (su despensa)……..
3imagen…esta campana ayuda a la anterior (desaparecida)….ademas tiene en lo alto la oficina de correos de los bebes humanos….
4imagen…hay tierra , mucha tierra para todos…(twin peaks unica)..
5imagen…esto si que es apelotonamiento…la situacion avalancha de casas por la ladera….
6imagen…lentejas con chorizo y la lozana indigena que trabaja en la tienda de moda en barcelona que volvera al twin peaks de su infancia…sonrisa….
PD…los frailes vietnamitas(antoni tapies) y los frailes aragoneses (buñuel) caminan haciendo zig-zag, jajajj..atmosfera identificable.
https://www.youtube.com/watch?v=vKBRyNNW3u0&list=RDvKBRyNNW3u0&start_radio=1
1) Una obra de arte expuesta en un museo titulada. «El estado de la fe en Europa». 2) Una camisa rota en un bar que antaño fue estupenda para su portador..jajajaj 3)Puedo imaginar a Antonio Gala paseando por esas callles con unos pantalones de pana..ajaj 4) Modelo a partir del que unos ingenieros diseñan unos clic de Famobil cuyo tema central es la naturaleza. 5) Cierro y abro los ojos rápido y veo ni más ni menos que el Machu Pichu. locura….6) El tío Pencho se toma una copa de vino con Pepe gotera y Otilio en el bar ante la indiferencia de la gente. PD: la habitación del señor de la corta estatura y de los sueños dobles..jajajajaj