Hoy comienzo el Camino de Santiago. Y tal y como realicé en el reciente viaje de La Manga a Barcelona en bicicleta mi idea es urdir un diario al respecto en averíadepollos. A continuación, sí, la primera entrada. ¡Ahí voy!
Un camino. Día 0.

Esta es la mochila que llevaré a la espalda durante los aproximadamente 40 días en los que estaré caminando desde Barcelona hasta Santiago para completar el Camino. Probablemente sean algunos más. No importa. Los que tengan ser. Lo importante en este caso es caminar. Levantarse por la mañana, preparar la mochila, desayunar, escribir y caminar. Algo que, en gran medida, hemos perdido en el mundo moderno. Caminar junto a la naturaleza. Una actividad que siempre recompensa, regenera espiritualmente y ayuda a reflexionar con mayor lucidez.
Justo hace 30 años tuve mi primer (y hasta ahora) único contacto con el Camino. Un amigo, mi novia y yo caminamos durante varios días desde León hasta Santiago. ¿Por qué no comenzamos desde más atrás? Porque Bob Dylan tocaba en Cartagena el día 20 de julio y los tres queríamos verlo. Una decisión que en su momento me pareció indiscutible pero que con el tiempo me he cuestionado en algún momento. Para empezar porque el concierto de Dylan fue un tanto errático. Todos sabemos que los recitales del juglar de Minnesota son un tiro en el aire. Si está inspirado roza el cielo pero si se muestra huraño y reservado es difícil empatizar y entrar en ellos. El de Cartagena, a mi entender, fue de estos últimos. Todo lo contrario del que vi décadas después en México. Ese sí una locomotora de folk eléctrico sutil y convincente.

Una semana después de haber visto entonar a Dylan algunos de sus clásicos me preguntaba yo si no hubiera sido mejor comenzar aquel viaje desde Roncesvalles y hacer completo el Camino. Por aquel entonces, no había la diversidad de rutas que hay ahora. Probablemente algunos las conocían pero la inmensa mayoría de personas cuando se referían al Camino lo hacían al que parte de Saint Jean de pied de Port o Roncesvalles. Si no me equivoco, el denominado Camino francés.
También había algo dentro de mí que le hubiera gustado hacer solo este recorrido. A veces la presencia de las personas que más te conocen, los diálogos con ellas, no te permiten trabajar con tranquilidad tu interior, conectarte con tus necesidades espirituales. Eso también me ocurrió durante aquellos días. Me costó entrar en el Camino porque lo hice con personas que me eran muy familiares. A eso hay que añadir que yo también tengo mis prejuicios. Uno de ellos es a los lugares comunes. En 1995 el Camino no estaba tan comercializado como ahora. Pero, en gran medida, comenzaba a estarlo. Se percibía el esfuerzo de la Xunta de Galicia por convertirlo en un reclamo cultural (que acabaría atrayendo peregrinos, sí, y también turistas). Dinero en suma. Así que comencé a caminar con cierto espíritu crítico. A veces me molestaba que otros peregrinos me saludaran con el usual «buen camino» y había algo en mí que no terminaba de sentirse cómodo visitando iglesias, ermitas y monasterios por más que la mayoría de los eclesiásticos que conocí siempre se portaron muy bien con nosotros. En algún caso, de hecho, no había plazas en los albergues y nos abrían las puertas de conventos e iglesias para que durmiéramos allí. En fin, a medida que pasaban los días, conectaba con la magia de los paisajes, se sucedían los amaneceres en amplias montañas, las conversaciones con otros peregrinos e iba conociendo historias (imaginarias o no) sobre la ruta, fui introduciéndome con mayor profundidad en la experiencia. Tanto es así que finalmente se me quedó un poco corta. Hubiera deseado más. Más kilómetros, más paisajes, más iglesias. Y, claro, también más soledad.

Es por ese motivo por el que hoy comienzo el viaje solo. Supongo que acabaré conociendo algunos compañeros de viaje. Pero de una manera natural, fluida. No preconcebida. No es ese en cualquier caso mi objetivo sino completar el Camino y disfrutar de cada etapa. Sellar temas personales. Es cierto, como dije antes, (todos lo sabemos) que el Camino se ha comercializado. En buena medida se ha convertido en otro atractivo turístico más de la aldea global. Pero estoy seguro de que continúa manteniendo la magia. El misterio. Hace un par de días, por ejemplo, me acerqué a la Catedral de Barcelona a recoger la credencial necesaria para dormir en los albergues de peregrinos y simplemente por el hecho de decir que iba a hacer el Camino, pude acceder a la sacristía, mantuve animadas conversaciones con algún guardia y una monja y me dejaron pasear por la Catedral sin importunarme ni por supuesto cobrarme la entrada. De repente, sí, sentí que estaba entrando en otra dimensión. Una fuerza espiritual comenzaba a atraparme.

Curiosamente, sí, experimenté más alegría entre los muros de la Catedral que en la vida cotidiana. A los problemas tradicionales de la existencia se le han añadido en las últimas décadas los propios del capitalismo y no percibo demasiada vitalidad a mi alrededor. Las personas consumen. Eso sí. Consumen. Barcelona está llena de turistas. Yo, por supuesto, seré otro más para los oriundos. Pero hay una frontalidad, una sinceridad, cierta amabilidad que ha desaparecido del mundo occidental. Me bastó sin embargo acudir a por mi credencial de peregrino para en cierto modo recuperarla. Actualmente, los europeos parecemos avergonzarnos de nuestro proverbial pasado. Hay unos cuantos ensayos que nos advierten de este absurdo comportamiento tan afín a los intereses del globalismo. Renegar de nuestra historia (y al menos de conocer el cristianismo) es una especie de suicidio espiritual. Porque la cristiandad se encuentra dentro de nuestra sangre. En gran medida, realizar el Camino de Santiago es volver a reencontrarse con toda esa épica historia que hizo que un sinfín de seres humanos (a los que no les importaba que se recordara su nombre sino su obra) levantaran catedrales que aún hoy en día contemplamos con sorpresa y admiración.
Europa sin iglesias sería un McDonalds gigantesco. Sería directamente Norteamérica. Es precisamente este legado cultural el que nos libra del adocenamiento y de la sumisión y no al contrario. Los chapiteles de las catedrales apuntan a los cielos y no al suelo. Shalam
الذين ينوحون سوف يتعزون
Los que lloran serán consolados




1imagen…mochila andarina sentada en un balcon (henry matisse).. para tu interior….
2imagen…mochila andarina sentada en un balcon (henry matisse)..para tu iexterior…
3imagen…knocking on heaven´s door…(1973)…
4imagen….los castros, los iglus de galicia, las casas del arte pobre (mario merz)….
5imagen…estructura exterior en cuatro pisos mas las agujas…que poderio de idea (y despues hablan del contemporaneo)….sonrisa
PD…https://www.youtube.com/watch?v=O-sVpVIovKk&list=RDO-sVpVIovKk&start_radio=1
1) Preparado para un gran esfuerzo pero tranquilo. Vida bohemia pero sana. Jajajaj 2) una fotografía con ciertos aires de vida argentina..jajaj.. 3) Dylan y el western. Dylan y la lírica. Dylan riéndose de sus seguidores y de él mismo. Dylan feliz. Haciendo lo que le da la gana. 4) Sí. Es totalmente Mario Mertz. Exacto. Así es. Cierto. Jajaj. 5) Un mundo diurno dedicado a Dios. Un mundo celeste y eclesiástico. PD: preciosa oda a la disconformidad y al exilio. Belleza folkie.