Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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¡Ojo! No estoy diciendo que los componentes de Parchís se drogaran sino que el mero hecho de su existencia era droga. Un éxtasis destinado a los más pequeños de la casa. En concreto, porque eran absolutamente inseparables del baby boom español y del advenimiento de la democracia. Siendo por consiguiente un fenómeno de masas comparable en muchos sentidos a Verano azul.
En realidad, poco se puede indicar de las canciones de Parchís. Algunas de ellas, como «La batalla de los planetas» o «Fin de curso» son clásicos del pop infantil. Las composiciones que interpretaban eran buenas, sí, pero podrían haber sido perfectamente otras. Eran efectistas. Cumplían su cometido y punto. Alguien las firmaba y ellos se dedicaban a interpretarlas en ocasiones con ayuda de cantantes profesionales. Pero de lo que sí se puede hablar y mucho es del fenómeno que supusieron.
Nadie sabe bien cómo pero un día Parchís se habían separado y tenían que empezar a afrontar los rigores de la vida adulta como nadie sabe tampoco exactamente cuándo se acabó la Movida, la ruta del bakalao, el indie o el frenesí por la cultura de club. Porque el modelo Parchís marcó en cierto sentido, el discurrir del pop español del futuro y probablemente también el del hispanoamericano. Hay una actitud, un signo Parchís en muchos de los acontecimientos de la música pop adulta de los 80 y 90. Una sociedad que continúa siendo Parchís. Creciendo bajo su estela. Porque en realidad -insisto- no eran un grupo musical. Fue la píldora que se le dio a los niños nacidos en los 70 para adaptarse a los nuevos tiempos. El modelo de consumo y goce deseable. Una mezcla entre La isla de las moscas y «Lucy in the sky with diamonds» sonando en cumpleaños y fiestas donde nadie podía imaginar que no existieran los finales felices. Shalam
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