Sunn O))): el Deutoronomio del ruido
El sonido de las morsas, los galápagos y los bloques de hielo al quebrarse. Los rugidos del diablo al bostezar y los dioses griegos al caer de su...
¡Ojo! No estoy diciendo que los componentes de Parchís se drogaran sino que el mero hecho de su existencia era droga. Un éxtasis destinado a los más pequeños de la casa. En concreto, porque eran absolutamente inseparables del baby boom español y del advenimiento de la democracia. Siendo por consiguiente un fenómeno de masas comparable en muchos sentidos a Verano azul.
En realidad, poco se puede indicar de las canciones de Parchís. Algunas de ellas, como «La batalla de los planetas» o «Fin de curso» son clásicos del pop infantil. Las composiciones que interpretaban eran buenas, sí, pero podrían haber sido perfectamente otras. Eran efectistas. Cumplían su cometido y punto. Alguien las firmaba y ellos se dedicaban a interpretarlas en ocasiones con ayuda de cantantes profesionales. Pero de lo que sí se puede hablar y mucho es del fenómeno que supusieron.
Nadie sabe bien cómo pero un día Parchís se habían separado y tenían que empezar a afrontar los rigores de la vida adulta como nadie sabe tampoco exactamente cuándo se acabó la Movida, la ruta del bakalao, el indie o el frenesí por la cultura de club. Porque el modelo Parchís marcó en cierto sentido, el discurrir del pop español del futuro y probablemente también el del hispanoamericano. Hay una actitud, un signo Parchís en muchos de los acontecimientos de la música pop adulta de los 80 y 90. Una sociedad que continúa siendo Parchís. Creciendo bajo su estela. Porque en realidad -insisto- no eran un grupo musical. Fue la píldora que se le dio a los niños nacidos en los 70 para adaptarse a los nuevos tiempos. El modelo de consumo y goce deseable. Una mezcla entre La isla de las moscas y «Lucy in the sky with diamonds» sonando en cumpleaños y fiestas donde nadie podía imaginar que no existieran los finales felices. Shalam
0 comentarios