¡Mea culpa!
¡Mea culpa! Hace unos días me equivoqué en avería. Comenté que no se había traducido ningún libro de Philippe Muray al español. Pero no es cierto....

Realmente, no creo que Trevi triunfara por su voz. Esa voz que parecía proceder de los intestinos o el hígado y pertenecer a un animal en peligro o a una mujer envalentonada y constipada. Trevi consiguió el éxito por su personalidad. Un travestido arsenal de emociones femeninas: dulzura, orgullo, despecho, picardía, arrojo, valentía, descaro e inconsciencia. Aunque, no obstante, sin su voz, ese tono masculino y agarrado, contrahecho y casi abrupto que la caracteriza, no sería Trevi. Sería otra cantante más. Tal vez cualquiera de las que formaban parte del séquito de Andrade. Un prototipo de macho mexicano -casi de manual- que fue la columna vertebral en torno a la que giró la primera parte de su carrera. Probablemente la que más clásicos perdurables ha dejado. Al menos hasta el cuarto disco, Más turbada que nunca, donde se encuentra tal vez su himno más consistente: «El recuento de los daños». Una descomunal confesión que remueve los tocadiscos y el suelo de los bares donde se escucha.
Trevi era capaz de aunar furia y debilidad. De ser ángel y diablo. Provocaba, por ejemplo, lascivia y suspiros en hombres maduros pero también ternura. Ciertas ganas de abrazarla y compadecerla que la hacían irresistible.
Obviamente, es difícil referirse a Trevi y no mencionar el escándalo Andrade. El famoso libro de Aline Hernández, La Gloria por el infierno, refiere extensamente las constantes humillaciones que el productor llevó a cabo con innumerables mujeres a las que había prometido la gloria musical así como la posible complicidad de Trevi con Andrade.
Ciertamente, tras su regreso de la cárcel, sin cargos judiciales y separada de Andrade, Trevi ha entrado en otra dimensión. Ya no es un icono pop. Es casi un mito y ha adquirido galones de diosa. De espíritu inmortal. La fama envuelta en un cuerpo. No es tanto ya una cantante sino un fenómeno que podría aparecer en un lienzo de Diego Rivera junto a Emiliano Zapata y Juan Diego, al que no se le valora ya tanto por la calidad de sus discos o sus sucesivas metamorfosis como cantante sino por el estado de ánimo con el que se presenta ante el público. A Trevi, sí, se la acepta y aplaude por el mero hecho de existir y continuar viva.
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