Tiempo y poesía
Leí un texto ayer de José Miguel García de Fórmica-Corsi sobre la novela de H.G.Wells, La máquina del tiempo, con el que estoy completamente de...
A este respecto, los cuatro discos de Scorpions grabados con Uli Roth (Fly to the raimbow, In trance, Virgin Killer y Taken by force) no fallan. Llevaba tiempo sin escucharlos pero una mención del líder de Opeth, Mikael Akerfeldt, destacándolos como una influencia esencial en su carrera musical, me ha hecho volver a ellos. Ante todo, para identificar puntos de contacto y simbiosis entre estas rocas del rock de los 70 y las odiseas diabólicas de la banda sueca. Y porque me basta con escuchar la potente voz de Maine, las guitarras de Uli Roth y Rudolph Schenker sonando como ametralladoras de la era del rock progresivo o visualizar esas eróticas, transgresoras portadas a medio camino entre lo trashy y el erotismo de qualité para salir de mí y dedicarme a escribir.
Realmente, ninguno de estos discos tiene un sonido añejo. Tampoco futurista, claro está. Pero sí que existe un aroma a «nuevo» y «vanguardia», o al menos un aliento ciertamente inexplicable en todos ellos. Los cuatro son raros. Se encuentran a medio camino de todos los lugares. Y eso los hace magnéticos y personales.
Es inevitable pensar cómo hubieran evolucionado Scorpions de haber continuado con Uli Roth. Probablemente, sus discos no hubieran sido tan instantáneos. Se encontrarían llenos de desarrollos instrumentales. Un cruce entre lo que conocemos y el Neil Young más instintivo y psicodélico. Algo no necesariamente negativo. Porque son esas amplificaciones de las canciones las que han conseguido que estos discos sean eternos y continúen sorprendiendo cada vez que los escuchemos. Además de, claro, una producción tan visceral como meditada que consigue acercar, sí, por momentos el rock duro a la música disco. No tanto, claro, en cuanto a los resultados pero sí en la forma de tratar bajos y metales que suenan afilados y cortantes sin dañar. Como si estuvieran siendo grabados en medio de una discoteca repleta de fans de Grateful Dead por salvajes, jóvenes rebeldes y soñadores conscientes de que, durante dos o tres décadas, no habría nada, absolutamente nada más excitante que el rock. Shalam
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