Vía Láctea
Hoy se realiza un necesario y merecido homenaje a José Óscar López en Murcia. Allí se presentará un número especial de El coloquio de los perros...
En Edgar Allan Poe, la tabla redonda se convierte en tabla diabólica. En güija. Las princesas son fantasmas. Los príncipes están enfermos. Los ideales caballerescos se encuentran destrozados. Las tumbas se abren enmarañando la vida de los muertos con la de ricos herederos. Y los monarcas comienzan a confundirse con la plebe. A perecer en medio de maremotos caóticos. Luchando sin esperanza. Puesto que saben que van a ser destruidos. Son caballeros travestidos. Monstruos putrefactos que saben que no existen. Remiten a esplendores perdidos. Poseen una majestuosidad fantasmagórica.
La literatura de Edgar Allan Poe no se atreve a mirar el futuro. Sólo mira el pasado. Percibe que América es un vampiro para la monarquía. La venganza de la naturaleza por siglos de tortura. Por lo que describe el nuevo continente como una tierra maldita asolada por tormentas perpetuas. Una pesadilla. Un mundo apocalíptico. Probablemente debido a que no existía una tradición histórica continuista con Europa. Y es por eso que la Inquisición, la iglesia, cualquier símbolo sagrado pierden su sentido en sus narraciones. Abonimables odas de olvido. Cruentas epopeyas que dan cuenta de un tremendo vacío existencial que el autor sólo podía llenar con el alcohol y el opio y la nación en que la vivía con su morboso apego al dinero.
En este sentido, H.P. Lovecraft va un paso más allá de Poe. Es su natural continuador en el tiempo. Pues sus dioses primigenios son tan expresivos como un lingote de oro y poseen idéntico tamaño y carácter que los grandes rascacielos. Enormes construcciones de cemento sin apenas psicología que nacen para suplir la ausencia de monarcas y anuncian el deseo colectivo de una existencia sin tragedia. Ausente de épica.
Aunque ninguna de las ciudades construidas sin descanso por los norteamericanos pudo borrar las llagas y las heridas de su pueblo. Ese tremendo trauma que recorre gran parte de la narrativa de un creador que, visto desde esta perspectiva, podría ser considerado uno de los grandes epígonos de la literatura de terror: William Faulkner. El escritor que con mayor ahínco puso de manifiesto la herida interna de una nación sin reyes destrozada por una guerra civil. Que menos reparos puso en plasmar el trauma y explorarlo.
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