Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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El descontento crece mientras la tormenta arrecia a lo largo de bosques llenos de seres melancólicos. Muchachos, padres de familia, señoras famélicas que buscan una salida de estos parajes donde beber alcohol y drogarse son de las pocas actividades permitidas. Al igual que la poesía. Un arte que ha dejado de ser clandestino y es practicado en cientos de tabernas mientras el hombre de negro contempla a sus tropas, elegante, desde la cima de la montaña, y extiende sus brazos incitándoles a la lucha. Exigiendo de paso valentía a los millares de cadáveres incapaces de unirse, levantar la voz y luchar conjuntamente para dar de comer a sus hijos. Acaso porque el presente ya se ha convertido en el pasado, y la raza humana se ha extinguido para siempre. De hecho, los cofres guardados en los sótanos de los castillos no poseen más que huesos de esqueletos y sellos grabados con la silueta de viejos barcos en los que se encuentran manuscritos que refieren historias sobre aventuras y revoluciones que no se producirán. Y además, las señoritas que no quieren ser ya desfloradas. Desean morir vírgenes sin haber sido besadas ni besar. Se conforman con soñar con islas y noches perdidas en rincones que nunca recorrerán. Porque su destino es ser degolladas por la espada del verdugo. El verdugo de la insolencia, la indiferencia y apatía que corta cuellos y deja sin pan ni trabajo a todos los niños que ya nunca nacerán.
Así es. En realidad, el marqués de Sade nunca estuvo solo. Tenía por ejemplo un sinfín de objetos imaginarios: un sillón negro sobre el que sentarse a escribir, unas tenazas ideales para clavar en la frente de su verdugo y una capa oscura con la que protegerse de la luz y poder sentirse más cercano a los vampiros y a las ratas. Animales frente a los que solía masturbarse como gesto de desacato a la sociedad de la época. Una sociedad por la que se sentía perseguido y comprendido a la vez, pues sin su recato y puritanismo, su arte no hubiera alcanzado la resonancia que tuvo. Ni tampoco su espíritu hubiera podido someterse a la niebla, perderse entre los muros de los castillos, y aparecer empuñando una daga persiguiendo a las jóvenes de un barrio de prostitutas londinense en pleno siglo XIX. Como tampoco hubiera podido embarcar en un carguero para gritarle a los océanos que los hombres grises debían desaparecer al igual que los nobles y reyes de Francia. Acontecimientos que demuestran que, sí, no estaba solo. De hecho, su espíritu es todavía visible frente a la tumba de las muchachas muertas que amó. Y su nombre continúa provocando espasmos nerviosos porque ante todo, el marqués de Sade es el terror. Al fin y al cabo, el resorte que mueve a las multitudes que se reúnen a escuchar al hombre de negro desde hace meses sin que éste les haya dirigido ni una sola palabra en la que creer o a la que entregarse.
Nadie sabe el motivo pero todos confían en el hombre de negro. Está escrito que él sea el salvador de la humanidad. Nadie ha leído el pergamino donde se indica esto pero todos le reconocen este poder. Tal vez porque no queda otro remedio para luchar contra el fuego salvaje que amenaza con destruir el mundo o porque él es la excusa perfecta para que los seres humanos sigan sin responsabilizarse de sus propios actos. Nadie lo sabe. Pocos conocen cuándo fue la primera vez que lo vieron y cuando será la última. Lo que sí se sabe es que cuando él muera, ya sí que no existirá esperanza alguna. No habrá animales sobre la faz de la tierra y los pocos humanos que aun sobrevivan, estarán condenados a luchar entre ellos a vida o muerte. Por lo que todos rezan porque el hombre de negro encuentre al fin el secreto de la inmortalidad y comience a hablarles: pronuncie al fin esas palabras que llevan esperando durante años y que todavía no llegan, continúan retrasándose, haciéndoles sentir desgraciados hasta el punto de que si pudieran, si se atrevieran a luchar contra su miedo, todos ellos acabarían con sus vidas ya. Y dejarían, como han hecho todos los hombres desde el principio de los tiempos, la búsqueda del fuego para las generaciones posteriores. Esos futuros héroes que estamos esperando desde hace siglos y que tal vez nunca lleguen, como parecen revelar esos paseos en círculos que el hombre de negro realiza durante las mañanas y tardes, sobre la cima de una montaña a la que ningún ser humano podrá nunca llegar. Shalam
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