Sacrificio
"Simplemente estamos ciegos. No vemos nada". Estas palabras pronunciadas por Otto, el enigmático cartero magníficamente interpretado por Allan...
Como esos monstruosos rascacielos situados en el centro de caóticas, aglomeradas ciudades, los libros de autoayuda nos indican que algo está mal en nosotros. Profundamente mal. Probablemente porque surgen cuando somos masa y no colectivo. Nacen y se reproducen en las fisuras, grietas y fragmentos de los edificios modernos. Y utilizan su amable envoltura y su insuperable receta para superar todo duelo, drama o separación como excusa para introducirse en nuestro hogar y restablecer la armonía. Aunque en realidad, son armas. No vienen a unirnos sino a distanciarnos aún más. A ocupar el lugar de la familia y el amigo. Porque no conceden ni ese abrazo ni ese amor incondicional que todo lo cura. Y nos dejan solos frente al mercado y al consumo sin enseñarnos a morir y por tanto tampoco a vivir.
Que nuestra sociedad está enferma lo deja muy claro la proliferación de libros de autoayuda. Y algún día comprenderemos que ellos no eran la solución sino parte del cáncer. Líquido que permitía reproducirlo y que circulara con mayor rapidez y fluidez por el tejido social. De hecho, han llegado a ser tantos que a veces pienso que comenzaremos a autoayudarnos y sanarnos cuando los quememos a todos en la hoguera o al menos nos olvidemos de ellos por un rato y nos atrevamos a vivir. A experimentar lo que es la vida sin miedo a sufrir. Shalam
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