Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Robert Wyatt es el lado amable de la música experimental. La vertiente humana. Sensible. El Mago Merlín de la psicodelia. El emperador y el Papa en el Tarot de Marsella. Uno de los músicos más poliédricos que he escuchado jamás. Una mezcla entre un pintor fauvista y un bluesman. Otro alquimista. Ese rey que nunca será destronado. El bisabuelo del pop. Honestidad y creatividad. O el tatarabuelo. Un personaje que, de niño, fue probablemente introducido en una marmita y creció familiarizado con los secretos del arte expansivo. Robert Wyatt es magia. Un comandante megalítico. Uno de esos señores que, de lejos, sin fijarnos bien en su expresión, pareciera que está enojado y sería capaz de dispararnos con un rifle de acercarnos a su territorio. Aunque la explicación de su rostro taciturno no sea otra que se encuentra en dialogo interno y perenne con los dioses y la únicas armas que podría alzar con nosotros son su guitarra y su pincel.
Siempre que he escuchado a Wyatt me he sentido en casa. En brazos de alguien que ama el mundo a pesar de todo. La lluvia y el sol. He creído incluso bucear en los océanos y que los peces me hablaban. O los caballos y centauros. Porque su música es surreal, sí, pero surrealmente humana. Es un amigo y tiene entidad propia. Vuela y se extiende por el tiempo más allá de la voluntad de un señor que consiguió, tras quedarse paralítico, crear arte que personas con cinco manos y piernas ni soñarían concebir. Probablemente debido a que Wyatt es un chamán. Nació con el corazón de oro. Se bañó en repetidas ocasiones en la Fuente. Y su biorritmo no gira con las manecillas del reloj sino al ritmo del planeta. Al mismo compás que el cosmos y la naturaleza. Las más preciadas creaciones divinas. Shalam
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