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Puñetazos

Feb 5, 2026 | 2 Comentarios

Existen tantas ideas y hechos fascinantes en la biografía de Marlon Brando que uno nunca sabe bien dónde poner el foco. Tal vez este sea el último avería que le dedique al libro y a su figura. Puede que haya otro más. No lo tengo claro porque, repito, hay tanto de lo que hablar o destacar, que uno siente que se queda corto cuando decide centrarse en un tema.

Basta, por ejemplo, revisar un pasaje aparentemente menor de su biografía, que también sirve para tomar conciencia de la ebullición artística y humana de la Nueva York del siglo XX. Brando, todavía un joven actor con todo por hacer, se encuentra en un bar de la Gran Manzana y, como quien no quiere la cosa, se cruza con dos personajes capitales de la cultura de su tiempo. Ninguno era todavía célebre. Pero lo serían. Me refiero a Jimmy Baldwin (con quien se dice que mantuvo un romance) y Norman Mailer. Casi nada.

Aquí dejo aquel momento:

«Una tarde fui a una cafetería en la Fourth Street con la Séptima Avenida y me senté junto a dos hombres. Cuando empezamos a hablar, uno de ellos tenía un acento tejano muy marcado, así que le pregunté de dónde era.
—De Nueva York —me dijo.
—¿Y cómo conseguiste ese acento tejano? —pregunté.
—Estuve en el ejército.
—¿Pero por qué ibas a adquirir un acento tejano en el ejército? —Estoy seguro de que mi cara reflejaba desconcierto.
—Era una forma de camuflaje —dijo—, porque si eras judío en el ejército, te llamaban de todo, se burlaban y te lo ponían difícil. Así que yo fingía ser tejano. —Me contó que había salido del ejército hacía unos ocho meses, pero que aún no había perdido la costumbre. Entonces nos presentamos. Me dijo que se llamaba Norman Mailer, y el otro hombre dijo que era Jimmy Baldwin».

Así, un simple episodio en una cafetería nos recuerda que la historia cultural a menudo se teje en los márgenes, en los lugares más cotidianos. Pero la biografía de Brando es un catálogo inagotable de encuentros cruciales: una especie de brújula sobre la que giraban, sin saberlo, los sueños artísticos de una época.

A este respecto, me resulta inevitable recordar otro de esos cruces inesperados: su encuentro con James Dean.  Cualquiera podría pensar que Brando se vería reflejado –y también desafiado– por Dean, una especie de “doble” generacional cuya presencia anunciaba la vertiginosa llegada de una juventud insumisa y trágica; pero no fue exactamente así como se desarrollaron los hechos: ante todo, porque Dean estaba totalmente subyugado por Brando. Lo imitaba constantemente. Había copiado (y hecho suyos) sus movimientos y formas de mirar y comportarse. Así que Brando, más que sentirse desafiado por aquel joven talento, lo invitó a ser él mismo y ahondar en esa mezcla de misterio, fragilidad y rebeldía que cambiaría para siempre el mapa sensible del cine norteamericano.

Para Brando, Dean no fue tanto un rival, sino un hijo putativo al que, en cierto modo, enseñó a caminar por sí mismo. Existen numerosos rumores que atestiguan una relación sadomasoquista —Brando supuestamente disfrutaba apagando cigarrillos en el cuerpo de Dean, y éste lo aceptaba gustoso— entre ambos. Sin embargo, Brando guardó siempre un discreto silencio sobre este asunto en su biografía. Lo que sí dejó claro fue la profunda fascinación que el joven Dean sentía por él. Veamos lo que nos cuenta al respecto:

“Estaba preparándome para cantar en Chicos y muñecas cuando Elia Kazan me invitó a visitarlo al set de una nueva película que estaba rodando, Al este del Edén. (…) Kazan me advirtió que Dean preguntaba constantemente por mí y parecía empeñado en imitar tanto mi técnica de interpretación como mi estilo de vida—o al menos la imagen que se había hecho a partir de Salvaje.

Dean era unos siete años menor que yo y tenía una sencillez y una vulnerabilidad que encontré entrañables. Al conocernos, reconocí en él parte de aquel chico de granja del Medio Oeste que había sido yo mismo al llegar a Nueva York, e incluso algunas de las mismas ansiedades que tuve cuando la fama me sorprendió demasiado pronto. Dean estaba nervioso, y dejó claro que no solo imitaba mis gestos en la interpretación, sino también los que creía míos fuera de pantalla. Quería mi aprobación. (…)  Después de nuestro primer encuentro, Dean me llamaba a menudo para pedirme consejo o invitarme a salir. Nunca fuimos realmente cercanos, pero sentía por él simpatía y pena. Era profundamente inseguro y, como yo, no sabía muy bien cómo encajar el peso del mito que empezaba a formarse en torno a él. Le aconsejé que no intentara ser otro; que encontrara su propia voz. Y aunque durante un tiempo imitó incluso mis gestos —tirar la chaqueta al suelo en una fiesta, por ejemplo—, poco a poco fue encontrando su propio camino. En Gigante ya era él mismo, y creo que, de haber vivido, habría llegado a ser un gran actor. Pero la muerte lo selló para siempre en su mito.”

Ambos pasajes —el encuentro accidental con Mailer y Baldwin, y esa relación de espejo/desafío con Dean— muestran a Brando en el epicentro de una red invisible de afinidades y tensiones, en una época que todavía podía permitirse el lujo de descubrir a sus leyendas en bares y rodajes. La figura de Brando no solo se nutre de sí misma, sino de esa vibración colectiva, de la capacidad de escuchar, mirar y dejar que otros —aunque efímeramente— se reflejen en él o intenten rebelarse a su sombra.

No obstante, llegó un momento en que su yo dijo basta. Basta de actores, productores y el peso efímero de la fama. Brando siempre se lamentó de lo que la popularidad había hecho con una figura como Marilyn Monroe. Sus relaciones con los periodistas se fueron haciendo cada vez más tensas. En más de una ocasión acabó a golpes con ellos. Aunque la cámara estaba enamorada de él, nunca tuvo una buena relación con los fotógrafos que se agolpaban en hoteles emboscados para lograr una instantánea de él. Para Brando, la mayor fatiga vino, quizá, no de interpretar personajes imposibles, sino de tener que interpretar —durante décadas— el papel de Marlon Brando ante el mundo. Así que es totalmente comprensible el flechazo que sintió con la cultura polinesia.

Siempre que podía, Brando se escapaba a la isla que compró en el remoto atolón de Teti’aroa. Le bastaba con mirar las estrellas a la noche para sentirse pleno y bien. Creo que basta recordar su multitudinaria entrada a los cines en los estrenos de algunas películas, sus continuos tira y afloja con productores y periodistas, y el precio que tuvo que pagar por ser una estrella, para comprender el amor instintivo que sintió por aquellos parajes donde Brando fue dichoso como en ninguna otra parte.

¿Qué mejor que su propia voz para explicar lo que aquel coloso de la interpretación experimentaba en medio de aquellos territorios virginales?:

«Había tantos peces por todas partes, peces hermosos de todos los colores y matices, que podría haber cerrado los ojos y acertado a uno con una lanza en cualquier punto que la arrojara. En la playa caminé hasta el extremo de una de las islas. De ahí se extendía una larga y estrecha lengua de arena que llegaba quinientos metros mar adentro, y en uno de sus extremos, cerca del borde del agua, había una pequeña palmera de apenas un par de metros de altura. Ya era de noche, así que decidí tumbarme bajo el árbol. Había cocos esparcidos a su alrededor y noté que tenían forma triangular. Cogí uno y me di cuenta de que, hundiéndolo en la arena, podía hacerme una almohada estupenda. Me recosté con la cabeza sobre el coco, los pies en el agua y miré hacia el cielo mientras una brisa sensual me envolvía. La temperatura del agua era casi exactamente la misma que la del aire a mi alrededor. (…) Dormí bajo la palmera hasta el amanecer, pero antes de quedarme dormido, miré las estrellas y pensé: Aquí estoy, en esta partícula minúscula de tierra en medio de un océano inmenso, sobre un planeta perdido en una zona inconcebiblemente grande a la que llamamos espacio, y estoy durmiendo sobre los esqueletos de animales muertos (que es de lo que están hechos los arrecifes de coral)».

En Tahití, Brando logró luchar contra la imagen de sí mismo que los mass-media habían creado. Consiguió que su mito se desvaneciera entre el latir de aguas cristalinas y árboles parecidos a relajantes hamacas; allí por fin quedaba a solas con su verdad. Brando logró al fin dejar de ser Brando en aquel lugar.

Con los años comenzó a meditar e interesarse por el budismo zen. Llegó a experimentar en más de una ocasión el satori. Tenía tanta confianza en sí mismo y en el zen que intentó ser operado sin anestesia. Estaba convencido de que con la concentración adecuada podía aislarse del dolor físico. Es muy probable que sin Tahití, Brando hubiera ardido y se hubiera consumido mucho antes. Era demasiado fuerte como para suicidarse. Pero tal vez habría acabado autodestruyéndose durante sus años de apogeo.

Es cierto que sus últimos días fueron en gran medida trágicos o al menos poco aleccionadores. Su obesidad no hablaba bien de su salud mental. Pero en parte, su deterioro físico también puede ser visto como su último golpe de efecto contra el sistema. Un corte de mangas a toda una sociedad que valora a las personas por las apariencias y por su físico.

Puede que el último Brando, el de sus últimos días, fuera un tiburón decadente, pero hay algo en su decadencia que permite vislumbrar su eterna rebeldía. Brando nunca fue cómodo para nadie. Menos para sí mismo. Aquellas decenas de kilos de más no sólo fueron imagen clara de su hastío, tal vez reflejo de una enfermedad, sino también un impotente puñetazo contra el mundo de apariencias que lo rodeaba. Un golpe ya sin fuerzas y casi vacío, pero golpe al fin y al cabo. Shalam

الندم لا فائدة منه في الحياة. إنه ينتمي إلى الماضي.

El arrepentimiento es inútil en la vida. Está en el pasado

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…bongo fury ,telon suelo (twin peaks)…..
    2imagen…cuando os vean a mi lado sabran quienes sois….
    3imagen….ojos de huida vs mirada aceptada…..
    4imagen…trineo frances con sombrilla…….
    5imagen…mi hijo es el orgullo….
    6imagen…hala!! y me quedo tan fresco….
    7imagen…familia marcada por el aventurismo dos de once….
    8imagen…donut con agujero relleno…..
    PD…atravesando islas exoticas….
    https://www.youtube.com/watch?v=becWr0vc6cA&list=RDbecWr0vc6cA&start_radio=1

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Tito Puente. Sabrosura. Brooklyn. Break dance salsero. Vengaaaaaaa. 2) Los putos amos del mundo. ¿Queda claro? Eso somos. 3) Brando crea en esta foto a su doble, el actor Christopher Lambert. jajaj. Regreso al pasado y al futuro. 4) La naranja mecánica. Kubrick. Sesión de leche y cigarrillos. 5) Va a ser un león como lo soy yo. 6) Napoleón de las islas y a vivir…. que son tres o cuatro días. 7) El sueño de todo hombre con dos dedos de frente. La libertad. La isla. La naturaleza. Brando dando lecciones a Gauguin. 8) Es la vaca que ríe y ríe del Caserío. Es la vaca que da leche. PD: libertad hippy, derechos sociales, porros. Vida bucólica y civil. El tren.. el tren.. leño…

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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