Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Efectivamente, otra cuestión sería qué papel juega Primal Scream en todo esto. Criticados y amados a partes iguales, considerados farsantes por algunos y genios por otros, jamás han dejado indiferente a nadie. Hipocondríacos, bipolares y oportunistas pero también imponentes y divinos, habría que hablar largo y tendido sobre ellos para poder delimitar con exactitud sus logros -que son muchos- y sus fracasos o más bien decepciones -que son algunas-. (Recuerdo en concreto ahora su frustrante concierto en Benicassim del año 1998 o ese disco, Riot city blues, que aún no consigo explicarme).
En cualquier caso, debo confesar que Primal Scream es uno de esos escasos grupos que aún me transmiten peligro, fascinación, irritación y consiguen despertar mi espíritu rebelde. Y eso ya es mucho en un ambiente adocenado como el vivido en el rock durante las dos últimas dos décadas. Recuerdo escuchar Exterminator («Swastika eyes») en el coche de unos amigos camino a Valencia mientras leía noticias sobre la guerra en los Balcanes y sentir ganas de escupir el periódico que sostenía entre mis piernas por la manipulación política que dejaba entrever; entender que el rock no era únicamente un estilo musical, sino una actitud, una filosofía de vida corrosiva a través de la que se podía canalizar y reorientar peligrosamente para los intereses del sistema, el espíritu de la revolución, mientras escuchaba alguno de sus discos; un viaje a Túnez en que conforme más me acercaba al desierto y evitaba la civilización, más alto sonaban en mis audífonos algunos de sus himnos; o aquellos veranos -hace ya casi veinte años- en que al tiempo que escuchaba «Higuer than the sun», «Loaded» o «Movin on up» escalaba en mi bicicleta algunas montañas o me dejaba caer en calas perdidas y playas nudistas, soñando, añorando, deseando un nuevo «verano del amor». Ese que anunciaban y por el que han luchado, continúan batallando en discos imperfectos pero repletos de vida, insinuaciones, sugestiones, experimentaciones, riffs de guitarra que aún, todavía, sueñan con abrir espacios de libertad. Conseguir alborotar nuestros ánimos en una orgía de sonidos y sexualidad que nos redima al fin de tantos castigos (¿autoinflingidos?) por pecados no cometidos.
Sí. Bien visto, tal vez este sea el gran mérito de Primal Scream. Hacernos creer en la posibilidad de revolverlo todo, en los gozos carnales en tiempos anoréxicos donde da miedo decir que uno es feliz y le gustan el sexo, el vino y las drogas. Todo aquello que teme el poder o que convenientemente manipula, para tenernos aborregados. Razón por la que es tan meritorio el camino emprendido por esta explosiva mezcla sonora de acid jazz, soul, krautrock, funk, música disco y rock extremo capaz de componer algunos de los himnos de esta era. Entre los que, desde ya, incluyo a «2013″: un indignado grito al cielo que, antes o después, acabará germinando en nuevos ámbitos, fronteras o espacios de libertad. Y a quien no lo crea, le ruego que vuelva a escuchar el saxofón. Porque si algo así es posible, si un sonido como ese puede inundarnos los oídos, recorriendo varios siglos y lugares, muertes de esclavos, cantos de obreros y décadas de experimentación sonora, hasta llegar a nosotros con esa inmediatez sobrenatural, ¿qué no sería posible si creyéramos en nosotros mismos, nos uniéramos y decidiéramos acabar de una vez con el sistema económico y político que nos gobierna?, ¿no podríamos acaso, -parafraseando el título de la más bella canción compuesta jamás por Primal Scream- elevarnos incluso por encima del sol? Shalam
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