El portero
Un portero es alguien paciente. Que sabe esperar. Aguardar. Los porteros están solos y no suelen fingir. No acostumbran a disimular. Porque el...
En ocasiones, al mirarlos de lejos, he creído verlos convertidos en césped, hierba, pasto, agua y césped. Porque, eso sí, representan la parte esforzada de este deporte. Son más bota que balón, calceta que pierna y camiseta sudada y gastada que por estrenar y también el gemido previo a los gritos de gol y ánimo. Su locura y amor por los colores es tanta que entiendo que únicamente los rituales que se celebran los días en los que hay partido puede sanarlos. De hecho, la mayoría no parecen tener ni patria ni hogar ni pertenecer a ningún lugar. No son ni héroes ni villanos. Se encuentran en «otro» lugar más allá de la cancha de juego y por ello la ocupan y se extienden por todo su centro, destacando más que cualquier jugador. Cualquier figura. Probablemente porque saben, dentro de su inconsciencia, que sin ellos se acabaría el negocio. Que son tan o más importantes que los deportistas.
¿Hablan o gritan estos hinchas, es posible entenderse con ellos? Difícil saberlo porque únicamente parecen existir cuando saltan y se mueven como posesos en las gradas gritando el nombre de su amado club.
En realidad, su vida hace mucho tiempo que ya es indistinguible del fútbol. Se ha convertido en un eterno rectángulo del que nadie podrá sacarles hasta la muerte. Ese juez de línea que levanta el banderín y señala fuera de juego en el momento más inoportuno. Porque ellos son siempre el minuto 1 y el minuto 90. No importa que no haya partido ni red en las porterías ni jugadores calentando porque ellos siempre están jugando ya sea mañana, tarde o noche. Tanta es su pasión que lo único que les duele profundamente es que su equipo pierda el sábado. Que alguien escupa en un escudo que para ellos refleja los colores del cielo. Las pupilas divinas.
No obstante, no creo que la derrota de su equipo sea un drama para ellos. Pues lo realmente importante es que los guerreros continúen saliendo a darlo todo entre aullidos, ladridos y truenos y no tanto el resultado del propio partido.
Los hinchas de Excursionistas nos recuerdan diariamente, minuto a minuto, que la pasión por el fútbol es la razón por la que merece la pena vivir y que si dios está en todas partes y en cada uno de los seres de este mundo también está en ellos. Y los quiere y necesita gritando. Destrozándose la cabeza contra el suelo de alegría tras un gol. Por lo que desean vivir hasta la eternidad no para ver a sus biznietos crecer o los diversos inventos que la mente del ser humano logra concebir a lo largo de los siglos sino para poder gritar más y más goles, darse el gusto de regatear a la muerte, seguir besando el césped arrodillados y continuar alzando sus manos al cielo agradeciendo la inmensa emoción que sienten al contemplar a los jugadores desfilar por el césped.
Recuerdo que rememoraba sus viajes a la cancha en ómnibus como si fueran expediciones en la selva. Y cada una de las anécdotas y lances de juego de las que se acordaba me las narraba con indescriptible emoción. El fútbol para él era como la heroína para un drogadicto: vicio y pasión. Se sentía orgulloso por formar parte de la leyenda de Excursionistas y haberlo alentado en los momentos difíciles. En esos en los que no existía más que el dolor y la frustración. Me contaba cada uno de los clásicos contra Comunicaciones como si fueran guerras. Confesaba no dormir ni el día antes ni el día después de los nervios pero que cuando lo hacía, se sentía satisfecho porque su alma pertenecía al verde y nada ni nadie le podría quitar lo bailado: el aliento dado, los goles cantados, las lágrimas de dolor vertidas, los agarrones a las camisetas de otros hinchas o los coscorrones contra el suelo.
En verdad, no se me ocurre despedirme de él de otra forma que desenfundando la pistola y disparando al cielo porque detrás de Chepe corre la sangre de todo un club. El recuerdo de cientos de guerras, discordias, mates y besos a la cancha y a los botines de los guerreros. Y también el júbilo que producen miles de gritos emergiendo de las gargantas exclamando aquello de «no me importan lo que digan, lo que digan los demás, yo te sigo a todas partes» mientras cientos de bengalas recorren los aires porque comienza un nuevo partido y con él la oportunidad de experimentar todo tipo de emociones al máximo y, sobre todo, de gritar gooooleees y más y goooooooooooleeeeeeeeeesssss y más y más y más gooooooooooleeeeeeees. Shalam
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