Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Perico comenzó siendo -nunca dejó de serlo- un corredor pasional, instintivo, capaz de arriesgar su vida bajando puertos de montaña imposibles y de subirlos, como si tuviera un cohete en las piernas. Un motor de combustión escondido en la rueda trasera de su bicicleta. Y, justamente, tras descender en 1983 el Peyresourde a tumba abierta con un heterodoxo estilo (que luego fue imitado masivamente), lo denominaron el loco de los Pirineos. Que es lo que era nuestro país tras la caída de Calvo Sotelo, el frustrado Golpe de Estado y la entrada al gobierno de Felipe González: una puñetera locura. Una fiesta accidentada de cocaína, alcohol, música y dinero fresco en la que existían tanta inseguridad como euforia y delirios de grandeza, y se intuía que podía suceder cualquier cosa.
A este respecto, el Tour del 87 fue un aviso y un parteaguas. La confirmación de que el ilusionante porvenir se había hecho presente. Sus duelos con Stephen Roche forman parte de la leyenda más granada del ciclismo y de su vida, como sus escaladas a Alpe d’Huez, sus descensos por las cordilleras pirenaicas o sus subidas a los Lagos de Covadonga y casi toda carrera en la que participó. Pero probablemente fuera aquel Tour perdido por escasos 40 segundos y en el que tan cerca estuvo de la gloria, el pistoletazo de salida definitivo a su leyenda. Al delirio. De hecho, creo que fue justo entonces que la Pericomanía comenzó a estallar definitivamente. Tal vez por haberse encontrarse tan próximo a la gloria y, sin embargo, volver a fracasar, como los españoles estábamos acostumbrados. Por haber perdido y haberlo hecho con orgullo y hombría. Casi con resignación torera. Demostrando que poseía debilidades. Era un ciclista carismático, con duende, cuyo comportamiento como el de nuestro país, era totalmente imprevisible. Lo que hizo que, llegados a un punto, ya no importara si ganaba o perdía o se quedaba descolgado. Él era nosotros. O lo había sido. Y lo sería para siempre. Provocando que la gente valorara por igual tanto sus victorias como sus derrotas.
De hecho, a Perico se le siguió queriendo a pesar de su atolondrado comportamiento en el Tour del 89. Aquella pájara en la contrarreloj por equipos tras una noche de insomnio y su alucinado despiste en la primera etapa que, en realidad, no hicieron más que acrecentar su leyenda, dándole la compostura de un héroe frágil y humano. Un hombre que luchaba por quitar los complejos que arrastraban los españoles, pero todavía no terminaba de conseguirlo. Y si algún día llegaba a hacerlo, sería a base de capazos de esfuerzo y genialidad. Con dosis de locura e intrepidez. Tal vez las características más respetadas, reverenciadas por el pueblo español hasta que, años después, las victorias de decenas de sus deportistas acompañadas del terremoto neoliberal, lo adocenaron y malacostumbraron. Transformándolo en la sombra de un toro manso y ciego vestida por Adolfo Domínguez y Gucci.
Obviamente, Perico era tan carismático y ciclotímico que de él se recuerdan, ante todo, sus arrancadas y escapadas. Por ejemplo, aquella mítica realizada junto a Robert Millar y Charly Mottet terminada en Superbangeres durante el Tour del 89 en la que demostró que, a pesar de todos los contratiempos, no se resignaba a perder la carrera. Su oficio y dignidad en sus últimos Tours, actuando sin complejos como leal escudero del héroe que lo sustituiría y superaría: Miguel Induraín. O las Vueltas que, ya mermado físicamente, perdió, eso sí, dando batalla y dejando escenas de lucha y fiereza impagables como, por ejemplo, su mítica, épica victoria en la Vuelta del 92 en Lagos de Covadonga. Un ángel perdido, dado por desahuciado, tocando las puertas del cielo otra vez. Volviendo a sorprendernos, como fue una costumbre en su carrera. Una vida como ciclista en la que todos los acontecimientos fueron exprimidos con pasión, emoción, y hasta incredulidad. Al contrario que lo ocurrido por ejemplo con esa máquina afable, Miguel Indurain, o Alberto Contador. Quien, más allá de su inmensa calidad como ciclista, me parece un bucle. Un refrito de lo ya visto. Un sampler. Una canción ya escuchada y versionada demasiadas veces cuyos enormes méritos no pueden ocultar la gloria y carisma de Perico. Un hombre que se impuso a los molinos de viento, ganó un Tour y desperdició tres o cuatro oportunidades de conseguir otro, a ritmo de La canción de Juan Perro y Descanso dominical.
¿Qué más decir? Perico fue capaz de conectar con casi todas las clases sociales y tribus: el pueblo y la clase alta, pijos, heavies y punkies. Porque en cada uno de sus movimientos, aspiraciones, y resoplidos simbolizó los esfuerzos de todo un país por gustarse de una vez. Borrar el desastre de Cuba de la memoria y comenzar a hablar de ganar el Mundial de fútbol.
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