La cabra de Algezares
Para mí, cada obra de arte es un símbolo. El reflejo de una carencia, un deseo o un trauma. La mayoría de las acuarelas de Yves Klein me recuerdan a...
Antonio Luque vive en su propio mundo. Sus canciones están plagadas de metáforas que, no importa que sean difíciles de comprender, transmiten su desasosiego cotidiano con idéntica contundencia que lo hace el sudor en la camisa de los obreros. Malestar que deja traslucir perfectamente Marchito azar verdiblanco. Un libro que, más que una narración al uso o la confesión de una pasión, es una desgarbada postal poética sobre su relación con el Real Betis. Uno de esos clubes de fútbol con solera sin los que no se entiende España comparable al brandy Soberano o a una peineta. No se lo puede medir por su palmarés sino por la ilusión que despierta en sus seguidores. Quienes por lo general guardan su escudo en la cartera junto a la foto de su familia o la de la Virgen. Lugar destinado a esas instituciones que son tanto una religión como una forma de vida y estar en el mundo. Expresiones artísticas y competitivas del pueblo que se encuentran a mitad de camino del folklore y la mitología. ¡Musho Betis!
En realidad, Marchito azar verdiblanco parece un disco de Sr.Chinarro. Más concreto, claro y elaborado pero igual de disperso, depresivo y caótico. Algunos de sus párrafos de hecho podrían dividirse perfectamente en versos y aparecer lo mismo en Noséqué-Nosécuántos que en El porqué de mis peinados.
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