Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Lamentablemente, de Gascoigne como del viejo Garrincha casi únicamente se habla últimamente para referirse a su alcoholismo. Esa enfermedad que ha destrozado su vida, le hizo retirarse prematuramente de un deporte que enriqueció e hizo si cabe aún más explosivo, y lo ha convertido en una caricatura, casi un despojo humano del que lo único que nos resta por conocer es su fecha de muerte. Pero algunos, como es mi caso, siempre lo recordaremos por su fútbol. Por imprimir más ilusión a un deporte que en nuestra primera adolescencia comenzábamos a detestar al intuir que era en el fondo un frío negocio. Una forma de manipulación contra la que sin embargo, como los gladiadores heroicos o esos boxeadores que por más que caigan al fondo del ring siempre se levantan, se elevaban las piernas y la voluntad de un muchacho inglés que en el fondo sólo quería divertirse jugando y por ello conseguía divertirnos. Emocionarnos. Haciendo, al menos en mi caso, que cada vez que preparaba un partido con mis amigos y antes de entrar al campo, desenvolviese un chocolate cósmico y me lo comiese en honor al dios del fútbol que estoy seguro sonreía desde los cielos cada vez que veía a Gazza desplazar el balón de un lado a otro de la cancha. Enamorarnos con un centro o un pase de gol. Y probablemente le espera allí en el paraíso con varias botellas de ron abiertas y unas cuantas mujeres con las que volver a rememorar las salvajadas que hizo con el balón. Porque eso es lo que fue Gascoigne además de un rebelde: un salvaje. Un hereje. Un soldado que no importaba a qué país pertenecíamos ni dónde habíamos nacido, siempre nos hacía querer haberlo hecho donde él: en la marmita del fútbol. Shalam
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