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Pantera negra

Sep 9, 2026 | 2 Comentarios

He pasado cuatro de los cinco últimos veranos en Essaouira, una de las ciudades más bellas de Marruecos (en realidad, del mundo). Cuando la visité por primera vez, décadas atrás, me quitó el aliento. Comprendí de inmediato por qué la ciudad fue asaltada por hippies, artistas de todo pelaje e incluso por el mismísimo Orson Welles, que quedó tan fascinado que la inmortalizó para siempre en su monumental Otelo. Una película en la que sus suntuosas murallas se convertían en las imágenes ideales para describir los muros mentales del protagonista de la obra de Shakespeare, su empalizada sentimental.

Lo que ocurrió en Essaouira durante los años 60 me recuerda la pasión que despertaba París: ciudades tomadas por miles de jóvenes a quienes no les importaba pasar penurias con tal de saborear su belleza. Afortunadamente, por las diferencias económicas entre África y Europa, yo sí he podido pasear por esta ciudad, disfrutar de inolvidables anocheceres y amaneceres junto al Atlántico y perderme por las revueltas y elegantes calles de la Medina, por una módica suma de dinero. Cuatro veranos de pura poesía, marcados por la lírica africana, el retumbar del viento salvaje y la fortuna de encontrarme rodeado por la belleza animal de una civilización viva, refinada y también perdida, casi primitiva. Sometida a rituales eternos y sostenida por bazares, comerciantes antiguos y pescadores insomnes que regresan por las noches con sus barcos repletos de piezas saltarinas.

¿Cómo no caer rendido ante los encantos de Essaouira? En la antigüedad, Mogador (por ese nombre se la conocía hasta el siglo XVIII) era considerada el fin del mundo. Ningún marinero sabía lo que se escondía tras ese mar frío y distante, tan salvaje y violento, que abraza sus costas.

El Atlántico era una frontera temible. No era solo un furioso banco de peces con los que alimentarse, era un misterio insondable y peligroso. Por allí podían surgir hordas enemigas, diablos fatuos y monstruos invencible -los dragones del odio-. Essaouira era un límite, un faro. Entre ella y el mar se fundía el cosmos en llamas. La fuerza brutal del viento, el rumor de tormentas que no cesan, la soledad extrema y el roce perpetuo con el desierto reforzaban la experiencia de estar “al borde de todo”: allí arribaban marinos audaces, temidos piratas y rutas de caravanas que parecían lanzarse desde sus costas a un mundo sin mapa, a una aventura en la bruma. Essaouira era la locura, el fuego y también la bruma.

Essaouira conservó durante siglos el aura de enclave fronterizo, de último faro antes del infinito. Luego, en el siglo XVI, llegaron los portugueses. Traían en las venas la fiebre de los descubrimientos, el eco de mares lejanos y la obsesión de levantar fortalezas allí donde la tierra parecía rebelde. Construyeron murallas, baluartes, torres que comenzaron a transformar la ciudad en fortaleza: un castillo dorado levantado en medio de tumbas de muertos, que recibía visitas furtivas de nómadas y tribus del desierto deseosas de encontrar una morada para sus huestes.

Más tarde, ingenieros franceses e italianos la convirtieron definitivamente en una joya arquitectónica. El sultán Mohammed ben Abdallah encargó a los europeos la doma de la fiera: el diseño de una medina moderna, ordenada y sólida, una urbe casi ilustrada. Así, Essaouira se transformó en plaza, en mercado universal, en puerto cosmopolita donde se cruzaban judíos, bereberes, comerciantes de oro y sal, corsarios y visionarios. Se llenó de calles rectas, puertas monumentales y un pulso geométrico que aún hoy vibra bajo la piel africana. Pero, aun así, nunca perdió su carácter salvaje, indómito, ese misterio que la convierte en una pantera negra entre las ciudades árabes. Una villa poseída, esclava del ritmo ancestral donde no resulta difícil imaginarse en otros tiempos a Grace Jones y a Ali Farka Touré departiendo tranquilamente con una shisha en un antro.

Essaouira es culta y civilizada, pero también peligrosa y cáustica. Es indomable. Es santa y nocturna, callejera. Huele a exilio y a frontera, a utopías. Así que no es extraño que el mismísimo Jimi Hendrix decidiera albergarse allí durante su viaje a Marruecos. Sobre aquella aventura existe toda una mitología, casi una leyenda, en la zona.

Hendrix aterrizó en el país africano en verano de 1969. Varios meses antes, en octubre del 68, en plena era del amor, había publicado una puñetera bomba, Electric Ladyland. Un disco chamánico, incendiario, casi místico, que lo había convertido definitivamente en un mito. El profeta de las seis cuerdas. El músico del destierro más imponente de su generación. Alguien capaz de fundir blues y rock como si estuviera rezando y follando a la vez. Una puta locura.

Obviamente, una fiera viva, un espíritu errante como Hendrix, tenía que aparecer antes o después por África. Sus raíces, además, estaban allí. Aquel continente era el de sus ancestros. No el de sus padres y abuelos, pero sí el de una de sus bisabuelas y probablemente de muchos más de sus antecesores. Hendrix era un mestizo inquieto. Encajaba en cualquier tugurio y en cualquier tierra donde hubiera vida. Pero si hay un país donde sus blues movedizos podían encajar, fluir y desarrollarse de un modo natural, ese era Marruecos. Un lugar un poco civilizado pero todavía salvaje. Tal y como era el Hendrix previo a su consagración absoluta como icono floral y rockero en Woodstock. Una fiera temible, un león incontenible, alguien rústico e intuitivo al que era más fácil imaginárselo drogándose o recitando conjuros diabólicos en un tugurio que en un bar cualquiera de Nueva York, pero que, aun así, sabía moverse en el asfalto y las ciudades duras. Podía, de hecho, uno imaginárselo en el Bronx, recorriendo parajes desiertos a caballo, o en un café bohemio de París.

Según parece, Hendrix aterrizó en Casablanca en un vuelo procedente de París. No. No visitó Marrakech. Cualquiera que haya estado en Marrakech en verano ha de saber del intenso calor que hace en sus calles y plazas. Aquello es inhabitable. Una sauna diabólica convertida en termostato de la vida diaria. Así que es lógico que decidiera pernoctar en Casablanca. Una ciudad con un clima mucho más moderado que, en cualquier caso, tenía poco que ofrecer a Hendrix y su corte de emisarios, quienes decidieron poner rumbo hacia Essaouira. La ciudad posee una frondosa, profunda, rica tradición musical. La ciudad es cuna de la cultura Gnawa. El trance y la mística. El trasvase era lógico: de una gigantesca capital, un tanto inabordable, a otra ciudad acogedora como un río caudaloso y sereno.

Hendrix alquiló una habitación en el legendario «Hotel des iles» y se plantó en la vieja Mogador, con sus guitarras atigradas, y su estampa de gitano herido. Obviamente, quedó fascinado por la atmósfera de frontera, el viento, y la luz y los músicos callejeros. Probablemente, Hendrix debió sentir que en alguna de sus reencarnaciones debía haber vivido allí. Su espíritu se estableció, se confundió y se entretejió con la zona y su figura quedó para siempre grabada a sus calles.

Hoy en día, Essaouira no es sólo un fuerte inmemorial y misterioso. Es también una ciudad bañada por el espíritu de Hendrix. Hay lugareños que recuerdan haberlo visto paseándose con su guitarra en las manos o comiendo pescado en la zona portuaria. Aunque, a decir verdad, apenas hay reflejos ni testimonios de su paso por aquí. ¡Ya se sabe! ¡Eran otros tiempos! En el 69 en Marruecos, era difícil que la gente humilde y los comerciantes pudieran pagarse una cámara fotográfica. Por entonces, un lujo para aristócratas y ricos. Un privilegio artístico.

Paradójicamente, que la visita de Hendrix apenas haya dejado huellas ni testimonios fehacientes ha sido precisamente lo que ha alargado su sombra y mito. Durante años, por ejemplo, se creyó que, atraído por las dunas y la sensación de soledad, se refugió en un humilde refugio de Diabat (un pequeño pueblo situado a cinco kilómetros de Essaouira) durante un par de días o tres para componer y buscar inspiración.

En realidad, si he de decir la verdad, creo que este viaje sí se produjo. Desde Diabat hay unas vistas salvajes al océano y las primeras islas de esta zona del Atlántico. Resulta natural que Hendrix se lanzara allí a meditar y posiblemente a componer y drogarse en un cuarto solitario.

Obviamente, la presencia de alguien como Hendrix en Diabat en aquella época sería similar a la caída de un meteorito. Por supuesto, dejó huella. Y los pescadores y lugareños que lo vieron o cruzaron unas palabras con él no dudaron en magnificar esas pequeñas conversaciones hasta convertirlas en fiestas frugales, diálogos inmemoriales, porros compartidos en mitad de noches desnudas con la luna imantando las energías.

Aprovechando el tirón, y una época en la que no existía internet, los más avezados comerciantes, viendo en la visita de Hendrix un filón turístico, aprovecharon para difundir una conseja. Llegó a ser un lugar común afirmar que fue allí,  contemplando las ondulantes dunas del desierto elevándose sobre la silueta del océano, los viejos castillos y fortificaciones y las islas ancestrales, que Hendrix compuso el tema «Castles made of sand». Y, por supuesto, hay quienes lo creen a ciegas. Algo falso porque la canción se había publicado dos años antes. Data de 1967 y apareció en el álbum Axis: Bold as Love. De hecho, la arena a la que se refiere el título no es, por supuesto, la de las playas y dunas de Essaouira sino la de los sueños, todos esos castillos ilusorios que las personas construimos y que el tiempo se encarga de romper.

“Castles Made of Sand” es una meditación sobre el cambio, el dolor no elegido y la dignidad de dejar ir lo que el mar reclama. La canción es una elegía sobre lo pasajero y frágil de la existencia, impregnada de nostalgia, lucidez poética y un fondo de empatía universal.No es un homenaje a un lugar concreto, sino a esa sensación de que todo lo humano— como los castillos de arena— eventualmente, se disuelve en el mar.  Sin embargo, los habitantes de Diabat lo hicieron suya. Algo que, en realidad, no importa. Al contrario, ahonda en el mito.

De hecho, hace dos años, realicé mi primera visita a Diabat y al llegar allí la pinché y debo asegurar que sí que el tema parecía describir la zona o al menos captar su atmósfera. ¿Quién sabe? Tal vez el Hendrix del 67 se bifurcó en el del 69 para construir esa oda eterna. El poético cruce entre el espíritu rasta, blues y hippie con la mística africana y la poesía ácida. Puro rasguido del velo de los sultanes y los viejos juglares.

En cualquier caso, lo mejor de la visita no es perseguir la sombra ni el mito, sino sentarse en el único café del pueblo que aún conserva algo de verdad: el Jimi Hendrix. Un espacio donde aseguran que el músico jugaba con sus hierbas favoritas que lo recuerda en cada pared.

Allí no suena su música. Predominan los cánticos del desierto y el rumor islámico, pero tomar un tagine o un té bajo ese colorido y ambiente auténtico merece la pena. Ese lugar sí capta el espíritu de Hendrix y probablemente también del viejo Diabat. Porque afuera, a pocos metros, la leyenda ya ha sido engullida: otro café orientado al turista internacional donde todo cuesta el doble y que podría encontrarse en cualquier capital europea. Diabat, que durante años fue una población rústica, casi una isla de paz y silencio, ahora huele más a dólares que a incienso. El aroma de Hendrix ya no atrae sólo a viajeros alucinados, sino también euros y rutinas de diseño.

Quien pase unas semanas en Diabat y conviva realmente con los lugareños durante semanas o meses, quizá todavía pueda rozar la vieja magia. Pero el pueblo es ahora una canoa del globalismo. Lo que explica en gran medida el carácter huraño de sus pobladores. Ha sido adaptado para exprimir al turista: kayaks por todas partes, gente hablando en inglés, selfies en el puente, precios que suben, excursiones programadas a caballo y memoria que se diluye.

Lo mejor, casi siempre, es irse a tiempo: recordar el eco, no el decorado. Marcharse antes de que la leyenda se oxide. El mito de Hendrix —como todos los castillos hechos de arena— también se va desvaneciendo, grano a grano, bajo la marea del mercado. Su espíritu está presente en estos parajes, eso es indudable, pero hay que perseguirlo más en las sombras que en los lugares donde aparentemente se lo honra. Shalam

أن تكون بالغاً يعني أن تكون وحيداً.

Ser adulto es estar solo

 

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…brasil, favela, la gran pobreza….a jimi hendrix no le hubiera gustado poner su imagen ahi sin su % ,,,…aunque los negocios son los negocios …
    2imagen…las tomas underground (hago un hoyo en el suelo y meto la camara en el fondo)…maxima experiencia,,,
    3imagen….esta gaviota, gaviota, sabe que essaouira es un buen lugar para vivir…jajajjjj
    4imagen…frontera amurallada (se robaban todos entre si)….buen sitio para coger lombrices de ova (con piedra lipi)…
    5imagen…los hijos de la electricidad…arrea….
    6imagen…huelo a la habitacion mortal en taxis driver….(aqui no hay ni una vela)…
    7imagen…estos cabronazos lo que nos hacen hacer para vivir y todavia gracias, muchas gracias….
    8imagen…que abra detras de la puerta azul…(cancion anexa)….
    9imagen….columna marina (columna mejillon)…(a hendrix le hubiera gustado)
    PD: acertijo de colores africanos y precolombinos….ding-dong https://www.youtube.com/watch?v=qh0NxowNrlI&list=RDqh0NxowNrlI&start_radio=1

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Podría pasar por un anuncio de esos filmes de serie b de Senegal. Se anuncia un concierto de Jimi con ese careto, ja. 2) El gran caballero. El gran león. El gran artista. El tarot hecho cine. El drama convertido en monumento. Orson WELLES. 3) Las gaviotas en Essaouira son pura estética.. parecen filones de los castillos. 4) La frontera blanca. Ciudad digna de aparecer en «La ciudades invisibles». Italo Calvino y Marco Polo. 5) Tribu seminal. Negritud. Parliament. Pura África mestiza. Rastas. 6) Pensando o bien en drogarme o bien en follarme a varias amigas de Scherezade. ¿Podré? ¡Que venga el genio y me diga! 7) Preferiría que hubiera estado aquí William Burroughs. Hubiera sido un reclamo menos comercial. De niño vivía tranquilo. 8) Buscando en las olas de arena una memoria, un riff de guitarra. Buscando a Lautreamont. 9) Cuarto atigrado como las chaquetas y pantalones de Hendrix..jajja PD: me encanta la letra de la canción con resonancias al rayo verde de Verne y de Rohmer. Maravilla hispana.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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