Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Los discos de Panda Bear son una demostración de que la psicodelia californiana fue una forma edulcorada y salvaje de establecer lazos con el resto del mundo para muchos norteamericanos. Fue un intento de construir una alfombra voladora. De forjar los trazos de una ruta de la seda musical en la que en vez de comerciar o traficar con especias y telas, las transacciones se hicieran con sonidos y los camellos transportaran instrumentos sobre sus jorobas.
La época psicodélica no fue únicamente un remanso de buenas vibraciones sino que también fue desquiciante. Los discos, por ejemplo, eran en gran medida, ladridos imaginarios surgidos del choque entre la necesidad de viajar hacia otros mundos y la imposibilidad material de hacerlo. Eran un grito de auxilio emitido por un grupo de jóvenes asustados del infierno que se estaba construyendo a su alrededor. Probablemente cohibidos ante la sensación de aislamiento y soledad provocada por las incipientes llamaradas industriales y nucleares. Todo ese miedo tecnológico que varios genios locos que podrían perfectamente haber pasado por integrantes de una comuna esquizoide pretendían atenuar con cánticos soleados en la arena de las playas. Recurriendo a las drogas y a las teorías libertarias para intentar componer un alucinado lienzo donde todas las razas de seres humanos pudieran convivir en armonía.
En fin, de alguna forma, las envolventes composiciones de Panda Bear permiten reflexionar sobre aquella situación experimentada varias décadas atrás. El último resquicio de luz previo al cierre de la jaula norteamericana. De hecho, yo al menos considero que son una lúcida reflexión sobre lo que musicalmente se hizo bien y lo que no durante la era del amor. Son un apéndice tardío de la época psicodélica que también medita sobre el componente político y lúdico del rock. Su aspecto festivo y colorido.
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