Alicia oscura
Es adorable escuchar los viejos discos de Alice Cooper Band. Esas gamberras elegías proto-punk y dadaístas que olían a esquizofrenia, locura y...
En fin. Si tras la decepción de Muse, se trataba de dar dos, tres o cuatro pasos adelante, desde luego que Grace lo consiguió en Warm Leatherette. Puso rumbo a Nassau (Bahamas) y en compañía de unos cuantos músicos de reggae y los productores Alex Sadkin y Chris Blackwell, forjó un disco tan personal que más que reinventar el funk, parecía habérselo inventado allí mismo. Porque Warm Leatherette era un tratado de música futurista suavemente contenida. El ataque de una pantera a la que le bastara con caminar lentamente y rugir suavemente para ahuyentar a sus enemigos. El dub adentrándose en los palacios de la moda. Un disco hecho para enseñar a las mujeres a disfrutar su cuerpo, leer el Vogue o acceder secretamente a un elegante club nocturno. Una mezcla entre las bases bailables del Some Girls de The Rolling Stones y el cuerpo de varias modelos tomando el sol en una playa nudista. Las ondas expansivas emitidas por el cerebro de los integrantes de Chic y George Clinton al dormir. Lo cool llevado a su máxima expresión. Un paso más allá de donde lo habían dejado años atrás Mile Davis y los primeros artesanos de la música disco. Un enorme automóvil parecido a un jaguar desplazándose ágilmente por las autopistas. Y varios cubitos chocando unos contra otros en el interior de una copa de ron caro. Una maravilla, sí, que, sin embargo, aunque parezca mentira, fue llevada un paso más allá en Nightclubbing.
Existe algo indefinible, una corriente muy especial -tal vez el pliegue de una falda de cuero abriéndose una y otra vez- recorriendo de principio a fin ese negro traje de terciopelo negro y azul que es Nightclubbing. Un disco que consiguió aunar de manera muy particular soul, funk y reggae. Porque a la naturaleza cálida de estos ritmos, les imprimió gelidez. Cierta frialdad que los condujo a otra dimensión y los dotó de una estatura más adulta. De tal manera que no desentonarían por supuesto en un club pero tampoco en medio de una exhibición de arte contemporáneo o una fiesta privada de la jet-set artística. Acompañando un anuncio de Martini, a una pareja que lleva a cabo un recorrido nocturno por las espectrales calles de Venecia o a los ojos de una mujer eligiendo ropa interior en una tienda de lujo.
Desde luego, Nightclubbing es un disco sobrio. Marcado por una Grace Jones inteligentemente contenida, que esconde a la fiera en un armario junto a varios abrigos de visón, y se dedica a subrayar las partes cantadas con una entonación fuerte y profunda pero nunca sobrecargada. Como si tuviera una rodaja de limón en el mentón que proporcionara sabor y frescura a su voz y, a la vez, le recordara la necesidad de frenarse. No subrayar demasiado ni los graves ni los agudos.
Realmente, Nightclubbing es una mirada a los abismos desde el mundo de la sensualidad. Pura vanguardia sonora cosida con los tejidos del mainstream. El momento en que las panteras africanas se bañaron en las aguas del Caribe y el desierto fue conquistado por el mar y viceversa. Un disco que es pura masturbación femenina. El castillo más alto de una sirena transgresora que lo mismo se desnudaba en un avión que iba vestida con un traje de 10.000 dolares a un concierto punk. Con idéntica soltura se ponía a bailar la conga en medio de un celebración avant-garde que a eructar en una cena de su compañía de discos. Y, consecuentemente con estas actitudes, consiguió innovar, transtornar y deformar la música en un disco en el que no existe una sola melodía disarmónica, hay varias canciones con estatuto de clásicos radiables y la contención prima por encima del ego y los rugidos de una fiera inclasificable e intratable. Una visionaria que, al nacer, rompió el molde de la mujer futura. Invocando el devenir de la femineidad en el siglo XXIII. O el XXVII. Shalam
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