Sunn O))): el Deutoronomio del ruido
El sonido de las morsas, los galápagos y los bloques de hielo al quebrarse. Los rugidos del diablo al bostezar y los dioses griegos al caer de su...
Ian Hunter y sus compinches lograron algo muy difícil. Condensar varios movimientos y explicar una época sin dejar de ser ellos mismos. En Mott hay restos todavía del lirismo hard rockero de sus primeras obras pero ahora no tanto como primer y único recurso de combate sino más bien como un arma con la que transmitir sentimientos. Ser contundentes y golpear duro cuando es necesario y no siempre y en toda ocasión. Por supuesto, también hay momentos divertidos que remiten al rock galáctico, a las fiestas de quinceañeras y a las borracheras en los pubs de Londres pero con cierto distanciamiento por parte de unos músicos cuya manera de acercarse al placer o darse la mano con las olas carnvalescas y travestidas poco tenía que ver con por ejemplo la de Sweet. De hecho, hay algo oscuro en Moot the Hoople. Un halo depresivo que recorre muchas de sus grabaciones -ya sea por el abuso de drogas, por la nostalgia del hippismo o por otra causas- que creo que les confiere ese toque imperdurable que la gran mayoría poseen. Sobre todo, porque ese ramillete de maravillosas canciones llenas de melancolía parecen apuntar a un futuro fin de fiesta. Describen el apagón del porvenir, la destrucción del presente, y no tanto viejos territorios perdidos.
En fin, por si esto fuera poco, en Mott encontramos también aullidos marcianos que parecen extraídos de Aladdin sane o Ziggy Stardust. Obviamente, su contacto con Bowie los marcó. Y hay momentos en los que parece que estamos escuchando la continuación de las obras de arte citadas o incluso una extensión de las mismas. Estoy seguro de hecho que si el camaleón no hubiera sido tan inquieto y creativo, alguno de sus discos de mitad de los 70 habría ahondado en los caminos abiertos por esta gema sonora a reivindicar por su capacidad de unir alegría y tristeza; risas y llantos; poesía, atrevimiento y descaro. La maestría con la que, sin traicionar los mandamientos sexuales de Marc Bolan y el resto de compinches de generación, planeó por encima de ellos logrando crear el único y definitivo disco de rock progresivo de la era glam. Una obra que mezclaba deliciosamente la épica travesti y el lírismo sinfónico; la mística del espacio y la de la calle; la del dormitorio y la de las estrellas; y que continúa dejándose escuchar como el primer día. Shalam
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