Asesino confeso
Lo de Henry Lee Lucas es increíble. El mismísimo Joker envidiaría todas las confusiones que su vida contribuyó a generar. No creo que ni uno solo de...
No sé si puedo aportar mucho sobre este fascinante individuo. En realidad, -al contrario que me ocurría con Tony Soprano- yo nunca he sentido miedo de él. Siempre le he tenido confianza más allá de los perversos actos que pudiera cometer. No me he sentido herido por sus muchos asesinatos. Aunque ciertamente, podía ser tan amenazador y pernicioso como aquel. De hecho, Walter White logra convertirse en uno de los narcotraficantes más temidos y buscados de un país repleto de ellos. Y su comportamiento, en determinados momentos, traspasa todos los límites éticos. En cualquier caso, la genialidad de Vince Giligan radica en que contemplemos sus actos y comportamiento con total normalidad y logremos disfrutar de su esquizofrénica transformación en Heisenberg (Dr. Hyde). Posiblemente porque los actos de Walter White no lo representan únicamente a él mismo sino a muchos millones de personas que viven sometidos a un sistema perverso y a quienes les gustaría en algún momento, aunque únicamente fuera uno, cometer los mismos actos criminales que el antiguo profesor de química lleva a cabo. Pues preferirían ser temidos y respetados que amados. Lo que habla bien a las claras del cáncer mental inoculado dentro de nuestro mundo. Que es en el fondo el tema de Breaking Bad. Como prueba el hecho de que ninguno de los personajes que aparecen involucrados con la droga disfrute ni del dinero generado por ella o de la paz y tranquilidad que su posesión podría concederles. Todo lo contrario, sus actos cada vez les generan más estrés y problemas en una escalada que no se detiene hasta terminar con las vidas de cada uno de ellos, como si la enfermedad real que afecta al señor White se fuera contagiando a las personas que se relacionan con él fuera de su casa o el instituto en que trabaja.
En realidad, Walter White no mata prácticamente a nadie que no lo merezca; que no se encuentre, de alguna forma, en falta y cuya muerte no fuera vista con agrado por el dios airado del Antiguo Testamento. Ok, sí, tal vez la novia drogadicta de Jesse. Pero ¿no estaba ella de alguna forma en pecado? La transformación de Walt en Heisenberg es para mí compleja porque no consiste tanto en la caída en el mal de un hombre bueno sino en la progresiva conversión de un ser humano en dios. Un hombre que en su camino de transformación, debe luchar e imponerse contra otros dioses que desean controlar la ciudad, el país y si pudieran, el mundo. Podrán ser humanos momentáneamente, durante cierto tiempo, pero antes o después tendrán que asumir sus responsabilidades divinas y luchar contra los demás para demostrar quién es el más fuerte y verdadero en una batalla sin fin en la que la droga no deja de ser la mera excusa a través de la que consiguen situarse más allá del bien y el mal. Siendo, por tanto, Breaking bad reflejo de un mundo nitzscheano donde no existe moral válida y se compite por ser más cruel que los demás o al menos demostrar que se tiene esa capacidad.
Algo que no termina de comprender, por ejemplo, Jesse Pinkman. Quien será el único de los personajes principales involucrados directamente en la compra-venta de droga que sobrevivirá, precisamente por no haber cruzado esa línea en la que se juega a ser dios. Que es lo que siente Walter White que es a partir de un momento determinado -como antes lo hicieron muchos de los traficantes a los que se enfrentó- haciéndole enamorarse tanto de su trabajo como de su nuevo rol y personaje, Heisenberg, que no es que interprete, sino que disfruta experimentando hasta sus últimos límites. Y termina por apoderarse de él para siempre tras cinco impresionantes temporadas que dejan claro -me parece a mí- que el ego es la droga más adictiva y peor que existe. Mucho más que esas pastillas azules que son consumidas con frenesí por todo tipo de personas en medio mundo. Y que son en el fondo -tal y como se nos plantea aquí- una especie de suero para perdedores. Un analgésico para todos aquellos que no han tenido la valentía de levantarse sobre sus cenizas y se encuentran necesitados de un producto que les haga sentirse por unos instantes en ese cielo que a Walter White le gustaría hacer bajar a este mundo con cada golpe dado a cualquiera de sus enemigos. Pues en resumidas cuentas, pasando a la otra frontera, puede experimentar el reconocimiento y el respeto que siempre quiso. Tanto es así que no veo para nada casual -más aún teniendo en cuenta su extrema inteligencia así como su detallismo y cuidado con las pistas que pudiera dejar- que olvide precisamente en el baño de su casa aquel libro, Hojas de hierba, donde se encuentra la dedicatoria de Gale que permitirá a su cuñado, Hank, comenzar a hilar cabos y comprender que Walter White y Heisenberg son la misma persona.
De hecho, probablemente, aún más que el bienestar de su familia, el deseo subyacente y oculto del señor White es conseguir el respeto de sus semejantes. Que se reconozca lo inteligente que es, tal y como hace Hank antes de morir. Y para él, hubiera sido una tragedia irse de este mundo sin sentir que hasta la última de las personas que lo conocieron, no eran conscientes de su potencial como ser humano. Y por ello, casi me atrevería a subrayar que su trágico epílogo es premeditado. Al fin y al cabo, Walter White sabe perfectamente que tampoco le falta demasiado para morir a causa del cáncer de pulmón. Lo que sí que sería una auténtica desgracia. Y prefiere hacerlo en pie. Matando. Llevando al límite la personalidad a través de la que alcanzó todo aquello que no pudo conseguir en su (otra) vida. Sabiendo que nadie podrá olvidarlo y que todos se estremecerán al escuchar su nombre más allá de su muerte; como lo hacen todavía el bueno de Job y el patriarca Abraham al oír mencionar el nombre de Yahvé, o lo harán todos aquellos que revisen una serie que, por méritos propios y contra pronóstico, se encuentra allí donde únicamente pueden llegar unas elegidas (Los Soprano, Twin Peaks, La dimensión desconocida) pues ha conseguido profundizar hasta extremos muy agudos en el alma humana sin dejar de divertir y conmover. Ha vuelto a lograr que derramemos unas lágrimas tras contemplar a Walter White caer al suelo ensangrentado (en un final, eso sí, un tanto previsible e insatisfactorio realizado para contentar al máximo posible de público) mientras escuchamos un tema, «Baby blue», que al igual que el «Don’t stop believing» de Journey con el que concluye de manera impresionante Los Soprano, ha conseguido formar parte de nuestra memoria emocional desde el primer momento en que lo escuchamos. Shalam
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