Panteras (2)
Dejo a continuación el segundo avería sobre La pantera rosa. No sin antes advertir que ayer cometí un error (ya corregido). En realidad, el felino...
Por otra parte, existían ciertos gags que se repetían a lo largo de los episodios que también eran sumamente disfrutables como era el caso de los jueguecitos de Eddie Munster con el dragón Spott y las apariciones del murciélago Igor o Charlie el cuervo. Pero, sin dudas, el jugo de cada episodio se encontraba en la melosa relación de Lily y Herman llena de distópicos halagos y consideraciones sobre la belleza y la sociedad realmente desternillantes además de, claro, las anécdotas escolares de Eddie y, ante todo, cualquiera de las correrías, sentencias, consejos o historias narradas por el, a mi entender, personaje más carismático de aquel elenco: el Abuelo Drácula. Un señor que hubiera merecido un spin-off para él solo puesto que con cada una de sus apariciones lograba transformar una serie tan disparatada como ésta en creíble. Le daba empaque y elegancia además de un toque y tono de humor negro y surreal que convertían los minutos de los que disfrutaba en cada episodio en relevantes.
Había algo ciertamente paradójico y encantador en The Munster. El hecho de que, a pesar de que sus protagonistas poseían un aspecto atemorizador, existía mucha más bondad, educación y dulzura en ellos que en el ciudadano medio norteamericano. Algo que ayudaba a la elaboración de una serie de reflexiones irónicas sobre algunas de las grandes mentiras de la sociedad de consumo. Puesto que, siendo los monstruos, (los «diferentes»), tan carismáticos, benévolos y complacientes podía pensarse perfectamente que las personas normales eran las malvadas o al menos que no eran tan magnánimas como deseaban aparentar. En gran medida, por tanto, The Munster eran una crítica a la rigidez social. Un elogio de la diversidad y la extrañeza. Un reflejo en un espejo expresionista de una sociedad que se contemplaba orgullosa en los anuncios de Marlboro y se buscaba en la imagen angelical de sus presidentes pero que probablemente tuviera un fondo espiritual más aterrador (no hay más que remontarnos a las causas de la muerte de Marilyn Monroe para corroborarlo o del atentado contra J.F.Kennedy) que la imagen externa de las creaciones de Allans Burns y Chris Hayward.
Es por todo lo dicho anteriormente, que puede considerarse a The Munster (y por supuesto, también a la serie hermana, La familia Addams), un puñetazo de guante blanco contra la hipocresía. Una especie de amable psiconálisis oculto de una sociedad norteamericana dispuesta de alguna forma a contemplar su monstruosa faz en la pantalla en medio de todos estos terremotos sociales acaecidos durante los años 60 que terminarían por levantar decenas de fantasmas psíquicos, producir revueltas y asesinatos además de poner de manifiesto un sinfín de fantasmagóricas experiencias llevadas a cabo por el capitalismo feroz con tal de prevalecer sobre el comunismo e imponer las reglas del mercado. Esas que convierten a los que no las siguen en disidentes, momias del pasado o, sí, monstruos. Habitantes de viejas mansiones y vetustas cavernas. Shalam
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