Esa pocilga espiritual
Hace varios años, publiqué un texto sobre el cine de Pier Paolo Pasolini en la revista El coloquio de los Perros que con sus correspondientes...
Los inmortales es una película hija del entusiasmo. Rodada sin miedo al ridículo. Intentando rememorar el espíritu clásico de las viejas novelas de aventuras y al mismo tiempo, captar el espíritu pulp de ciertos relatos fantásticos. Una obra que combinaba el ritmo y estética modernos con los condimentos de los viejos textos épicos y tenía las dosis justas de azúcar para hacer brotar alguna lágrima que otra en el espectador.
En realidad, Los inmortales lo tenía todo: una historia de amor que terminaba en tragedia y ponía los pelos de punta. Diversión y guerra. El clásico relato de aprendizaje entre maestro y alumno. Leves escenas humorísticas. Y un villano tan carismático, un malo de esos de cuento gótico infantil, que teñía la pantalla de sombras en cada una de sus apariciones y acercaba la película al género de terror. Y por otra parte, la breve interpretación de Sean Connery era realmente memorable. Llevaba la película a otra dimensión y casi que convertía la trama en verosímil. Y por ello, cualquiera de las muchas irregularidades del film termina por ser anecdótica. Olvidada. Puesto que Los inmortales era un desafío. Una asombrosa mezcla de comercialidad, efectismo y locura. La prueba de que el cine adolescente podía ser trascendente y el cine adulto divertido y de que la mayoría de veces tanto las obras de arte clásicas como las de serie B, menores o populares son estados de ánimo. Dependen tanto de la obstinación infantil y la pasión como del talento y la reflexión. Shalam
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