La decadencia
No existe cineasta más obsesionado con la decadencia que Luchino Visconti. Y muy pocos han sido tan alérgicos y se han sentido más alerta con la...
Los inmortales es una película hija del entusiasmo. Rodada sin miedo al ridículo. Intentando rememorar el espíritu clásico de las viejas novelas de aventuras y al mismo tiempo, captar el espíritu pulp de ciertos relatos fantásticos. Una obra que combinaba el ritmo y estética modernos con los condimentos de los viejos textos épicos y tenía las dosis justas de azúcar para hacer brotar alguna lágrima que otra en el espectador.
En realidad, Los inmortales lo tenía todo: una historia de amor que terminaba en tragedia y ponía los pelos de punta. Diversión y guerra. El clásico relato de aprendizaje entre maestro y alumno. Leves escenas humorísticas. Y un villano tan carismático, un malo de esos de cuento gótico infantil, que teñía la pantalla de sombras en cada una de sus apariciones y acercaba la película al género de terror. Y por otra parte, la breve interpretación de Sean Connery era realmente memorable. Llevaba la película a otra dimensión y casi que convertía la trama en verosímil. Y por ello, cualquiera de las muchas irregularidades del film termina por ser anecdótica. Olvidada. Puesto que Los inmortales era un desafío. Una asombrosa mezcla de comercialidad, efectismo y locura. La prueba de que el cine adolescente podía ser trascendente y el cine adulto divertido y de que la mayoría de veces tanto las obras de arte clásicas como las de serie B, menores o populares son estados de ánimo. Dependen tanto de la obstinación infantil y la pasión como del talento y la reflexión. Shalam
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