Las vacaciones eternas
El poeta alemán Cristoph M Wieland afirmaba sin rubor que prefería una locura que lo entusiasmara a una verdad que lo abatiera. Una máxima con la...
Un tenista debía ser un caballero ascético y estoico. Un buen representante de la nobleza. Alguien atlético y un tanto estirado con un fino sentido del humor comprensible tan sólo en círculos sociales restringidos. No debía existir, en realidad, mucha diferencia entre ver a dos tenistas golpeando una pesada pelota que contemplar un concierto para muchos nobles. Porque ambas actividades eran marcas de clase. Símbolos de acomodamiento y prosperidad. Exigían el silencio del público mientras se llevaban a cabo y además, no había contacto físico entre los rivales.
Razones que explican por qué -incluso más allá de su juego y títulos- el prototipo de jugador perfecto de tenis es Roger Federer. Alguien que se diría que prácticamente no suda durante los partidos -en verdad, creo que podría utilizar la misma camiseta durante un torneo completo sin necesidad de lavarla- y es capaz de combinar precisión, efectividad y rotundidad con angélica maestría. Un señor apolíneo que convierte cada punto de tenis en un soneto y cada uno de sus partidos en un lienzo renacentista. Un rotundo homenaje al clasicismo deportivo y artístico que luchó con fuerza durante su primera juventud contra su impulsividad y brotes de rabia hasta lograr convertirse en un cálido, discreto y distinguido deportista. La viva imagen de la corrección. El yerno ideal. Un estilista que nunca pasa de moda y parece eterno porque posee el porte de los viejos héroes griegos. Parece más una estatua que un ente real y más un majestuoso símbolo del poder regio y monárquico que un producto del deporte globalizado gestado en las Academias.
En realidad, el triunfo de Roger Federer es casi una victoria de la nobleza. De la estética y reglas impuestas en la Europa Imperial. Pues su pose y movimientos combinan con destreza la marcialidad de un soldado con la jovialidad de espíritu ocioso y refinado que creó al tenis y, aún hoy en día, impone su autoridad sin necesidad en muchos casos de hacerla expresa.
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