Hace un mes aproximadamente asistí a dos conciertos de música electrónica ofrecidos por un par de músicos (Bonamasa y Munda) en Lonja negra. Un vanguardista espacio cultural arraigado en Murcia que ha transformado los espectáculos que ofrece en rituales. Ha ido convirtiendo poco a poco la asistencia a los eventos que programa una vez al mes en una imperiosa necesidad.
Llevaba tanto tiempo sin asistir a un concierto de música electrónica y me pareció tan interesante lo que vi que no he podido resistirme a hacer un avería. Uno de los largos. Así que para no abrumar lo dividiré en tres o cuatro partes. Esta es la primera.

Lonja negra (Uno)
Mi relación con la música electrónica no ha sido regular. Ha sufrido un sinfín de altibajos. Fue por Bowie y Brian Eno que me interesé por Goldie, Tricky, Orbital, The Orb, Howie B y un sinfín de artistas. Coincidió también con un momento en el que Jane’s Addiction y Guns N’ Roses se habían separado, Kurt Cobain se había pegado un tiro con una escopeta y el grunge daba los primeros signos de agotamiento. El heavy metal tampoco pasaba su mejor momento. Y Bowie no solía equivocarse. Outside lo corroboraba. A mitad de los 90, la música electrónica había salido del underground pero todavía no estaba instalada en el mainstream. Estaba viva. Parecía una época ideal para profundizar en ella. El Sonar estaba comenzando.
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En La nueva subjetividad, Alfonso García Villalba escribe una serie de reflexiones sobre las dunas. Varios de los pasajes de su libro-novela-libro reflejan los desplazamientos de arena, los montículos, los aplastamientos, las oscilaciones. Alfonso utiliza a las dunas en múltiples sentidos. Para quienes hemos nacido en La Manga, las dunas son lo que el trineo para el protagonista de Ciudadano Kane. Un asidero de infancia. Un sueño de libertad. Una frontera en la que se nos permitía ser salvajes. No obstante, la mayoría acabaron siendo desplazadas por máquinas y edificios. Así que son paraíso perdido. Mutilación industrial. Su recuerdo nos confronta con el cemento. La realidad es un edificio. Una torre de pisos.
Tal vez Alfonso no se refiera exactamente a este fenómeno. Pero en algunos de los pasajes dedicados a las dunas, no puedo evitar acordarme de la mutación de arena en cemento y del desierto en civilización. También, claro, de los cambios en las sociedades modernas que la música electrónica avizoraba: «Todo es cuestión de fusión y de formas que desaparecen o se amalgaman unas a otras; de ahí surgen las transformaciones, las metamorfosis, nuevas realidades».
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Lamentablemente, llegué un poco tarde a la electrónica. Tal vez si hubiera comenzado a escuchar jungle y trip hop a principios de los 90 hubiera disfrutado de una experiencia más pura y por más tiempo. Pero no tardé en desencantarme. Los «fantasmas» terminaron apareciendo. Recuerdo bien el día. Me encontraba en Benicassim. Año 1997. Un día antes de que el escenario principal se derrumbara debido a una incontenible tormenta en medio del concierto de Urusei Jatsura.
Estaba sentado en lo más alto de una grada junto a un amigo, Alfonso García Villalba. Sí, el escritor que he citado antes. El de La nueva subjetividad. Autechre acababan de tocar. Matthew Herbert había estado pinchando. No recuerdo bien si había alguien en un escenario. En realidad, todo daba igual. El cielo estaba oscureciéndose, preludiando la tormenta del día después. Y de todas partes venían masas y masas de gente a bailar alrededor de un dj (o un gigantesco altavoz). Todos drogados, todos caminando como autómatas, todos fascinados por los cánticos de las sirenas y las luces fuosforescentes.
En un momento dado, eso no parecía un festival sino Metrópolis. Un filme distópico. Una antiutopía. Yo al menos lo estaba pasando mal. Sonaba también más música electrónica procedente de otro escenario y la sensación era angustiosa. El hedonismo era un invitación a la depresión, a la futura visita al psiquiátrico. El baile era la receta perfecta para consumir píldoras antidepresivas. El goce tendría como resultado el triunfo del individualismo. La destrucción de los grupos tribales, la muerte de la familia.

Puede parecer una exageración. Pero de repente tuve claro ahí, justo en ese momento, que la mayoría de música electrónica cumplía una función hipnótica. Generaba indiferencia, desapego. Estaba al servicio del neoliberalismo. Era pura electricidad capitalista. Falsa rebeldía y diversidad.
Mientras nosotros nos drogábamos al ritmo de música programada, casi maquinal, los empresarios, los políticos hacían negocios. No tardarían en subir las hipotecas. Se producirían todo tipo de desajustes emocionales. La sociedad de confort y consumo era el mal. O al menos tenía su faz oscura. Maquinal. Diabólica. Todos los que estábamos ese fin de semana en Benicassim éramos soldados muertos. Soldados capitalistas muertos. Amigos del liberalismo salvaje.
Definitivamente, Internet no sería el principio de un nuevo mundo sino el fin del pasado y del futuro. El fin de la vida. La música electrónica era la música elegida para el funeral. Sin piedad. La imagen de Bill Gates aparecía por entonces en todos los diarios y semanales. ¡Bienvenidos a la revolución del yo! ¡Ahora todos seremos prisioneros! ¡Prisioneros felices! ¡Si alguien no mentía era la Bruja Avería!
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Leo en La nueva subjetividad. El libro-novela-libro de García Villalba: «El paisaje de la destrucción es nuestro hábitat».
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Decía Maurice Blanchot en La escritura del desastre: «El designio de la ley: que los presos construyan ellos mismos su cárcel. Es el momento del concepto, el cuño del sistema».
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Meses después del infierno de Benicassim, leí una nota en La verdad en la que se anunciaba una chill out nocturna en una tienda de discos de Murcia. La había visitado varias veces. Era diferente al resto. Su dueño, René, parecía estar en otra órbita. No hablaba de música, soñaba con ella. La vivía. Ese tipo era música. Parecía que en vez de sangre tenía funk y soul. Se comunicaba mejor con gestos que con palabras. Era ritmo. Incluso sus silencios eran ritmo. Obviamente, fui a la fiesta. Alguien me habló antes de la anterior. Según decían, se habían pasado bandejas con cigarrillos de marihuana y lacasitos. Tal vez también gominolas y donettes. Alguna Pantera Rosa. Ensoñaciones hippies enraizadas en los 90. Los djs (dos máximo) desarrollaban sesiones de varias horas hasta el amanecer. La gente se echaba en el suelo con una toalla y se dedicaba a escuchar, soñar, reflexionar. Supongo que alguien también follaría. De todas forma, el espacio era pequeño.
Nunca olvidaré mi bautizo. Sergio Sánchez (por aquel entonces Dj Zyrtec, ahora Jazznoize) realizó una sesión impresionante. Creo que comenzó pinchando un tema de Tangerine Dream, elevándonos a las alturas, y de ahí no bajamos en dos o tres horas. Aquello fue una puñetera regresión. Una sesión de ambient con tintes nostálgicos y ruidistas como no había experimentado jamás. No es que mi cabeza volara. Es que no bajé de las nubes en varios días. Lo que vino después fue muy bueno. Pero lo de Zyrtec fue insuperable.

Justo en el momento en el que la música electrónica comenzaba a ser fagocitada por el sistema, transformarse en un instrumento más de dominación y adocenamiento, ahí estaban unos cuantos muchachos jóvenes, absolutamente locos por la música, experimentando, probando, viajando, volviendo a rayar el sonido, a destrozarlo. Los discos de Cabaret Voltaire encontraban el receptáculo perfecto. ¡Durante un año no falté jamás a mi cita mensual! Si había un espacio libre y donde pudiera pasar cualquier cosa (literalmente cualquier cosa) era ese. Libertad, transgresión y, sobre todo, voluntad de experimentar.
A veces aquellas noches parecían sesiones de submarinismo. Uno se encontraba con trozos musicales, se confrontaba con ciertas sensaciones, se daba de bruces con sonidos rotos, exploraciones, quejidos. De alguna forma, era como estar en los sótanos del capitalismo. Escuchar los pasos del monstruo, su estómago y convertir en arte el proceso de destrucción globalista.
Obviamente, lo disfruté mucho. También reflexioné. Puede parecer una locura pero comprendí más a Baudrillard, Marcel Duchamp y el arte contemporáneo durante esas noches que en las clases de la Universidad. Porque esas sesiones (no todas, claro, pero sí la mayoría) eran búsquedas. Espejos metafóricos y simbólicos de una sociedad en la que el pueblo había muerto y la subjetividad se había convertido en la nueva objetividad.
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Según Baudrillard, nuestra sociedad ha quedado entregada «a la incertidumbre radical y a la simulación indefinida». La mejor música electrónica nos alerta (o alertaba) precisamente de este proceso. Los punks tenían razón. No hay salida. Pero de nada servía gritar. Era momento por tanto de estudiar al carcelero. El consumo. Shalam
أنا لست صغيرًا بما يكفي لمعرفة كل شيء.
No soy lo suficientemente joven para saberlo todo




1imagen…el color del ojo se transforma en un codigo textura cadeneta……..
2imagen….fondo polvo borrador (lynch)….(luz que entra por una ventana)….
3imagen….de nuevo con la textura (vegetal en este caso)…..
4imagen….dos cosas: localizacion de las bolas de poseidonia (dama de elche-universidad miguel hernandez)…..los caminos evidentes de los escarabajos peloteros…….
https://damadeelche.me/tag/bolas-de-posidonia/
5imagen…no se la mania de ese color de pelo….(la vida de adele)
6imagen….bruja electrica (la amalia)
7imagen….dos aprendices de joe´s garage……
8imagen….trasluz irrelevante……
PD….https://www.youtube.com/watch?v=ZeoEKsuf3W4….the central scrutinizer….joe´s garage…..para asuntos mecanicos…..
1) Los Illuminati. El ojo que todo lo ve. 2) El espacio. Estética de cinta de casette. 3) Un alien divino canta. German Coppini. 4) El desierto rojo. El paraíso perdiéndose. 5) El fin del pueblo. 6) La Lola Flores del hiperespacio. 7) Starky y Hutch. 8) Aquí no se muere nadie. Ritual florar en homenaje a la nada. PD: Aquí Zappa se convierte en un mecánico. Trabaja con la música como si estuviera arreglando un coche y tuviera hormigas en la piel mordiéndole de tanto en tanto..jajaj