Sutra erótico
Lo comenta Beatriz Preciado en su Pornotopía. Justo en un siglo tan puritano y racional como el XVIII se descubrieron en Pompeya una serie de...
Sólo unos pocos se atreven a follarse a la música hoy en día. Penetrarla hasta el fondo o faltarle al respeto. Probablemente, a causa de la dictadura «blanda» impuesta por la globalización. La de lo «políticamente correcto» que, traducida al plano musical, no es sino la de lo «cool». El poder de la MTV mezclado con el fenómeno fan y el prestigio de la universidad musical. Ese reinado del intelecto sobre el del instinto que ha contribuido a la construcción de un amplio y sofisticado muro lleno de cajones en los que se encuentran perfectamente ordenados y empaquetados los discos de la mayoría de artistas actuales. Pero se echa a faltar un ingrediente esencial: la locura.
La mayoría de personas que conozco se han desentendido hace mucho tiempo de la relación del arte con las fuerzas oscuras. No se atreven a adentrarse en sus terrenos. Todo aquello que no es perfecto pero que, gracias a la actitud y el sentimiento con los que está realizado, rebasa la técnica e inteligencia. Y por eso fruncirían al rostro al encontrarse con imágenes parecidas a estas: David Lynch masturbándose frente a una estatua; Pablo Picasso soñando que despierta en su mansión de París rodeado de minotauros; Salvador Dalí introduciendo su cabeza en una vagina de porcelana; o Hristo Stoichkov pegándole un pisotón a un árbitro y luego un escupitajo.
En fin, definitivamente, pienso que la depresión colectiva actual desaparecerá cuando el arte vuelva a dar miedo. No esté asustado, como parece encontrarse ahora, ante un sinfín de censuras (encubiertas o no). Cuando no intente sobrevivir, falsificando sus dotes y propiedades y su objetivo sea crear un abismo en llamas pleno de riesgo y fantasía. Destrozar la realidad. Y, en ningún caso, acomodarse a ella.
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