Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Bajo el volcán: ¡Pero qué maravilla! Es mi tercera relectura de la novela y creo que es la primera vez que la entiendo. Que la siento y comprendo. Las frases de Lowry son llamas. Violentas visiones del infierno. El libro es un abismo. La viva imagen de un abismo. No sé si es necesario haber residido en México para comprender la profundidad de cada frase, de cada párrafo pero sí que, habiéndolo hecho, Bajo el volcán se revela como un apéndice del país. Tanto es así que a veces no parece un libro sino un parte del hígado de una tierra en que los vivos parecen muertos y los muertos vivos. Lowry nos lleva de camino al purgatorio y a cada renglón parece que descendemos más y más hacia el infierno. Sus descripciones, sí, son complicadas y es necesario prestarles toda la atención, pero una vez que se conecta con el aroma y ambiente de la novela, semejan la sensación del mezcal. Hacen daño a la vez que endulzan el cuerpo. Convierten la lectura de la novela en una experiencia. Un texto que hace arder la realidad y la visión de ella.
Graham Greene: Caminos sin ley. Greene era un escritor sutil y agudo. Perspicaz e inteligente pero también muy terrenal. Su crónica de viajes por México es una maravilla. El escritor inglés enfoca los detalles y anécdotas con precisión y explora el ambiente de la guerra cristera con objetividad. El único pero del libro es que es demasiado perfecto. Desprende ironía y humor inglés por los cuatro costados siendo a la vez un fresco muy logrado de una época con ciertos visos de trascendencia. Porque, de alguna forma, el México que describe Greene continúa vivo. Es eterno. Como su texto. Un clásico que se mantiene joven y parece haber sido escrito antes de ayer, que muchos comentaristas despachan rápidamente considerándolo el germen de El poder y la gloria. Algo un tanto injusto porque, en mi opinión, supera por momentos a la novela. No es sólo un diario de meros apuntes para la construcción posterior de su clásico mexicano sino que posee vigor por sí mismo. De hecho, es un análisis profundo y lúcido de la violencia que subyace desde tiempos inmemoriales en aquel país y en parte también de las raíces de la violencia universal.
William Faulkner: Absalón, Absalón. Las novelas de Faulkner no se leen, se releen. Algo que en el caso de Absalón, Absalón es imperativo para cada uno de sus capítulos y casi que para cada uno de sus párrafos. Termino uno y siento deseos de volver a leerlo. Aunque lo cierto es que Absalón no se lee sino que se mastica. Es una novela fuera del tiempo, sin urgencias, y de una cadencia bíblica y absoluta. La prosa de Faulkner es parecida a la niebla y el rayo. Cada sentimiento de los personajes se disgrega por la novela como las ramas que forman parte de las enredaderas. Cada mirada pesa y cada encuentro hace rememorar tiempos pretéritos y convoca fuerzas telúricas.
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