Esquizofrenia
Como escribí en un avería anterior, me parece conveniente dejar reposar El jardinero y realizar su nueva corrección en otro momento más apropiado....

Pero recuerdo que hubo una frontera límite. Un domingo a la tarde estaba saboreando unas facturas con leche en una cafetería situada en Pueyrredón y Viamonte cuando sentí que caía sobre mis hombros el peso de esa gigantesca ciudad. Me sentí, sí, solo. Incapacitado de compartir mi experiencia con alguien. Puesto que aunque había conocido muchachos encantadores que danzaban por las calles, volaban y se volvían transparentes cuando se los interrogaba sobre sus vidas, todavía no había dialogado frontalmente con ninguna persona acerca de mis proyectos, sentimientos e inquietudes en la Sodoma americana. A los pocos minutos, comencé a caminar y fue así, aullando entrecortadamente y sintiéndome un extraño entre aquellas capas de cemento donde tantas aventuras (y alguna desventura) me restaban por vivir, que llegué a un local situado en la calle Corrientes enfrente del Centro Cultural San Martín: Liberarte. Creo que Felipe estaba en esos momentos festejando un gol de Independiente, Julio se lamentaba por ello y Cachi los contemplaba divertido mientras tomaba un sorbo de la bombilla de mate; y que sonaba de fondo la voz de Cesária Évora y un mar de humo se diluía entre carátulas de películas de Pier Paolo Pasolini o Roberto Rossellini. ¿Fue así, ocurrió verdaderamente como lo estoy contando? Tal vez sí o tal vez no. Pero debió de suceder de una manera parecida. No sé si le pregunté por alguna película de Alejandro Jodorowsky a Felipe o lo hice sobre sobre otra de Eric Rohmer, si llegué a decirle que estaba en aquella ciudad con el objeto de documentarme para la realización de un ensayo sobre la obra de Ernesto Sábato o si me quedé mirándolo como un lobo que reconoce otro lobo y ha encontrado su guarida. Lo que sí recuerdo es que, sin darme cuenta, a los pocos minutos estaba hablando en confianza y con total desparpajo con aquel muchacho que tanto se parecía a Jean Pierre Leaud y que desde entonces, supe que había una cueva, un oscuro paraje donde siempre tendría las puertas abiertas, una vela encendida y alguien esperándome.


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