Un domingo triste
He de reconocer que me sentí triste al saber del fallecimiento de Javier Marías el pasado domingo. En realidad, nunca fui un aficionado a sus...
La zarza y la ceniza es breve pero enorme. Y desde luego, no parece escrito por un hombre joven sino por un anciano. Manuel es capaz de lo que pocos poetas consiguen: escuchar. Fundir su memoria con la de sus ancestros y legiones de hombres perdidos en el olvido. Los muertos y los heridos. Es difícil explicar su libro y no lo voy a hacer porque es tan profundo y sugestivo que estoy seguro de equivocarme. Además, creo vehementemente que sus poemas no buscan tanto una explicación o comprensión sino ser rememorados. Ser leídos una noche de invierno en la puerta de una catedral o ser quemados en bares, en medio de reyertas y monsergas de borrachos.
Manuel Pujante escribe como un asesino. Utiliza las palabras como puñales. Con ira, odio y amor. La sabiduría que nace tras la guerra. La destrucción. Su libro está lleno de versos que van más allá de la poesía y hacen que resuenen en mis oídos melodías de Johan Sebastian Bach al escucharlo y que vislumbre imágenes de cruces derribadas en iglesias. Probablemente, en algunas de sus vidas anteriores que están influyendo decisivamente en la actual, Manuel fue un eremita y un guerrero bizantino. Un santón acostumbrado a mirar los paisajes nevados desde las ventanas de su monasterio enfadado internamente con las rígidas normas de la iglesia. Y un luchador despiadado acostumbrado a escuchar ruido cada vez que cortaba una cabeza o su padre lo castigaba, golpeando su espalda con una rama de olivo.
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