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La rebelión constante (2)

Feb 12, 2026 | 2 Comentarios

Dejo a continuación la segunda parte del último avería de la serie que he estado dedicando últimamente a Marlon Brando. ¡Ahí voy!

La rebelión constante (2)

Como hemos visto, Brando manifestó su carácter rebelde en múltiples ocasiones. Pero si hubiera que aludir a las facetas y actos donde lo llevó más lejos y con mayor profundidad que nunca, creo que habría que citar, sin ninguna duda, su apoyo a los negros y a los indios que poblaban Norteamérica. Brando siempre se sintió cómodo con los raros, con los excluidos, con los marginados y distintos. Los comprendía y aceptaba en su totalidad.

Creo, antes de nada, que es conveniente matizar que su retiro en Tahití no fue tanto un corte de mangas al sistema, sino un intento de hallar un lugar de paz. Por supuesto, Brando era consciente de que podía ser juzgado como un colonizador, y por eso intentó siempre vincularse con los habitantes de aquellos archipiélagos. Realizó, de hecho, innumerables intentos por mejorar la calidad de vida en su isla.

Para Brando, los aborígenes de los archipiélagos de la Polinesia eran, en gran medida, un canal para visualizar el amanecer augural de la raza humana. Tahití le ponía en contacto con el sentido tribal ancestral. En aquellos parajes, no era tanto un hombre caído, sino alguien en proceso de redención que caminaba en pos del paraíso perdido. Allí podía ser él mismo, lejos de su guerra personal contra el sistema de poder mediático y político. Y, en gran medida, algo cambió en él. Entre los verdes celestes de la vegetación, el coral de las playas y el azul turquesa del mar, se convirtió en un titán pacífico y ensoñador.

Sin embargo, en cuanto pisaba Norteamérica, volvía al ruedo. A luchar como un toro contra todo tipo de injusticias, contra la presión social y, por supuesto, contra los prejuicios y el racismo. Su defensa de los derechos de la raza negra no fue en absoluto impostada. Brando se implicó en sus luchas, las apoyó y levantó el brazo y la voz por Martin Luther King o los Black Panthers cuando ponerse en el ojo del huracán de la lucha contra el racismo no era precisamente cómodo.

La mayoría de estrellas de Hollywood preferían ponerse de lado. Los tiempos, sí, estaban cambiando. Pero eso no significa que a mediados de la década de los 50 y los 60 fuera precisamente sencillo ponerse a defender a los hermanos de raza negra. No hay más que recordar el asesinato de Martin Luther King. Las palabras de su discurso final (“Solo quiero hacer la voluntad de Dios. Y Él me ha permitido subir a la montaña. Y he mirado más allá, y he visto la tierra prometida. Puede que yo no llegue allí con ustedes…”) resonaron a lo largo de toda su vida en Brando. El actor, de hecho, no dudó en acercarse a uno de los líderes de los Black Panthers, Eldrige Cleaver, para comprender con mayor profundidad este movimiento: “Hablamos hasta casi las cuatro de la madrugada, y aprendí muchísimo sobre diferentes temas, pero especialmente sobre la realidad cotidiana de ser negro en Oakland: el ser detenido y cacheado por la policía simplemente por ser negro, ser degradado y humillado, llamado “nigger” por los agentes, solicitar un empleo y ver en los ojos del empleador que, en cuanto entrabas, el puesto ya no existía”.

También quedó, lógicamente, conmocionado, golpeado por el brutal asesinato de Bobby Hutton (otro líder de los Panteras) cometido por la policía de Oakland. Una bestialidad que provocó todo tipo de revueltas e incendios sociales y mostró, como pocos actos antes, la herida inmensa que suturaba el país. En los 60, con Elvis reinando en la televisión y los casinos, EE. UU. parecía el país más moderno del planeta, pero apenas un siglo atrás, todavía era posible comprar a otros seres humanos (negros) por dinero, tener esclavos.

Brando no era, obviamente, un ingenuo. Sabía lo difícil que era cambiar la concepción sobre las diferencias raciales en su país. Sobre todo porque el racismo no se manifestaba de forma obtusa, violenta y despiadada salvo en contadas ocasiones, sino que lo hacía de manera silenciosa, sutil, casi onerosa. El racismo era una corriente subterránea que no resultaba visible a primera vista, pero lo condicionaba todo: “Cuando Lincoln les dio su supuesta libertad, esta se transformó rápidamente en el sistema de aparcería. Luego vino el Ku Klux Klan, los linchamientos, el robo de sus derechos constitucionales y todas las formas modernas de esclavitud. Los negros eran libres, pero la discriminación era tan total e insidiosa que todo lo que hacía era cambiar la forma de la esclavitud”.

Yo mismo recuerdo un viaje a Nueva York en el que visité Harlem. No tenía ninguna prisa y, cuando iba a entrar al metro, coincidí con un señor negro al que no dudé en invitar a pasar antes que yo. Pero él se negó. La escena era cómica. También trágica. Yo le invitaba una y otra vez con mis gestos a pasar, pero él se negaba. Una cuestión de orgullo que yo no comprendía bien hasta que entendí que probablemente lo que estuviera en juego era el racismo. Dicho y hecho, le comenté que yo era español y sólo quería ser educado, y la tensión se disolvió. El señor abrió la puerta del metro, siguió su camino y yo pude superar sin más complicaciones aquella situación un tanto tensa que, como la serie The Wire, me explicó más sobre la situación real del racismo en Norteamérica que decenas de ensayos o artículos, mejor o peor intencionados.

En cualquier caso, donde Brando fue más allá que prácticamente ningún otro actor reconocido en su lucha casi metafísica contra las autoridades e injusticias, fue en su radical defensa de los indios norteamericanos. De hecho, llegó a estar casi a punto de ser herido en medio de una de las tantas batallas que emprendió porque se reconocieran los derechos de los habitantes originales de las tierras de América.

A mediados de los 70, una tribu americana, los Menominee, ocupó el edificio de un antiguo noviciado (propiedad de la orden católica Alexian Brothers) en reclamo de tierras que sostenían habían sido tomadas ilegalmente a su pueblo. La policía estatal, la Guardia Nacional y un grupo de civiles armados (en su mayoría rancheros blancos hostiles, algunos incluso vinculados al Ku Klux Klan) rodearon el edificio, manteniendo a los indios sitiados por varios días en condiciones precarias, bajo temperatura gélida, casi sin luz, sin agua corriente y bajo fuego cruzado esporádico.

Brando acudió a la llamada de los líderes para mediar entre los aborígenes y la iglesia y autoridades. Ninguno de los miembros de la tribu deseaba rendirse, el ánimo seguía alto, pero ni la policía ni los rancheros ni los “rednecks” se andaban con bromas. De tanto en tanto disparaban advirtiendo hasta dónde estaban dispuestos a llegar. El azar quiso que Brando no fuera herido en aquella ocasión: “Una bala de rifle rompió una chimenea a pocos pies de mi cabeza en la tarde de un día soleado. La temperatura había subido a unos dos grados bajo cero y estaba cansado de estar encerrado, así que subí al tejado para disfrutar un poco del sol. Un segundo o dos después, un ladrillo explotó a un brazo de distancia de mí. Por un momento me pregunté qué había sido eso; luego oí el disparo de rifle, recordé que las balas viajan más rápido que el sonido y corrí a buscar refugio. No era más que otra bala, como millones antes, disparada al azar con la esperanza de matar a algún indio sin importancia”.

De todas formas, si uno de sus actos puede ser considerado un puñetazo frontal al sistema, fue su negativa a recoger el Óscar que logró por su soberbia interpretación en El Padrino. Brando siempre dejó claro su opinión sobre los premios: “No tengo mucha estima por los premios para actores; los considero inapropiados”. Pero no estamos hablando de cualquier premio. ¡Estamos hablando del Gordo! Ni más ni menos que los Óscar. El espectáculo más visto del mundo del cine detrás del que se encuentran cientos de magnates e intereses económicos sumamente poderosos. Los más jugosos contratos publicitarios.

Brando no se dejó cegar por los destellos y fue consecuente consigo mismo y sus ideas de un modo brutal. No sólo rechazó recoger el premio, sino que le pidió a una amiga, Sacheen Little Feather (una activista apache), que asistiera a la ceremonia en su lugar y leyera una declaración en su nombre, denunciando el trato a los indios americanos y el racismo en general. Desgraciadamente, Howard Koch, el productor del espectáculo, la interceptó y le prohibió leer aquel discurso. En lugar de ello, bajo gran presión, aquella muchacha de rostro cándido, visiblemente nerviosa, tuvo que improvisar unas palabras en nombre de los indios americanos que dejaron descolocados a todos los presentes allí. ¿Qué digo a los asistentes a la ceremonia? ¡A medio mundo!

No sé, en realidad, si ha existido una performance más poderosa contra el poder mediático establecido que la realizada por Brando en aquella ceremonia. Hoy en día muchos artistas parecen renegar de los premios, pero no hay uno solo (¡Mentira, sí que recuerdo a uno, a Javier Marías!) que rechace la condecoración. Hoy en día las ceremonias de premiación cultural se han convertido en actos vacíos. Ceremonias no muy distintas de las galas de Eurovisión o los concursos televisivos. No son más que un festejo para enaltecer el poder, donde se homenajea (y compra) a unos cuantos privilegiados. Frente a ese hostigante status quo (disfrazado de alegría y libertad), lo que hizo Brando toma más relevancia y se antoja casi inverosímil. En su biografía ironiza preguntándose por el destino de aquella estatuilla que desconoce si se la enviaron o no y, por supuesto, no tiene idea de dónde se encuentra.

Lo más impresionante de todo es que Brando había luchado como un coloso para conseguir el papel de Vito Corleone. Había tenido, contra viento y marea, que convencer a productores de que él era el actor ideal para el filme de Coppola. Estaba supuestamente enterrado y resucitó artísticamente como sólo los más grandes son capaces. Pero, en vez de disfrutar de su éxito, emborracharse y enviar unos cuantos cortes de manga a quienes no creían en él, reivindicó los derechos de los indios sobre el territorio. Optó por la autenticidad y la libertad y por defender a unos desposeídos a los que la mayoría se conformaba con ignorar: “No entendía el peso que llevaban los indios, hasta que leí la historia de sus pueblos. Los estadounidenses firmaron cientos de tratados con ellos, y luego los rompieron todos. Saquearon sus tierras, destruyeron sus culturas y trataron de borrar su existencia del mapa. Si uno compara el destino de los pueblos indígenas en Estados Unidos con otros genocidios, pocos han sido tan prolongados y sistemáticos, aunque casi nadie quiera hablar de ello. (…) Hollywood tiene mucho que ver con ese silenciamiento. Una y otra vez mostraron a los indios como salvajes, bestias, una amenaza siempre lista para atacar a los blancos indefensos. Era más fácil justificar el robo y la violencia si primero los deshumanizabas en la mirada del público. (…) Lo que hice la noche del Óscar fue, en realidad, un mínimo acto de reparación. No podía aceptar el premio y mirar a otro lado mientras hermanos y hermanas indígenas sufrían. Por eso envié a Sacheen Littlefeather, para que todos en Hollywood tuvieran que escuchar, aunque fuera por unos segundos, la verdad incómoda sobre la forma en que esta industria y esta nación han tratado a los pueblos indios”.

¿Es necesario añadir algo más? ¡Enorme! No me extraña que Neil Young le dedicara al actor varias de las estrofas de una de sus canciones más sentidas: “Pocahontas”. Una crepuscular oración chamánica, más que una canción de rock, sobre la masacre de los pueblos indígenas a manos de los colonos blancos, que culminaba con unos versos en los que el rockero canadiense, Brando y la mítica Pocahontas se sentaban a compartir experiencias alrededor del fuego. Creando un lugar fuera del tiempo en el que se exponía y, al mismo compás, se intentaba sanar la herida profunda, la original, de la tierra americana.

En fin. Si Brando fue un rebelde, no lo fue tanto por sus primeros devaneos juveniles, sino por la actitud existencial, humana, que mantuvo a lo largo de su vida. Su odio a las injusticias contribuyó a convertirlo en un activista sin carnet, alguien que escupía no tanto contra el cielo sino en el rostro de quienes ocultaban la claridad de los firmamentos al resto de los hombres. Esa anarquía lo llevó a perder el control de sí mismo en múltiples ocasiones, protagonizar todo tipo de conflictos con directores (“merece la pena recordar su tensa, cortante, también jocosa relación con Gillo Pontecorvo durante el rodaje de Queimada”) y, en un nivel más elevado, a convertirse en un titán de la redención social. Alguien que, a pesar de sus bajezas, supo, pudo y quiso poner su voz al servicio de los desheredados, atentando contra los muros de superficialidad y frivolidad de Hollywood y la sociedad occidental en general.

¿Quién ocupa hoy el lugar de Brando? ¿Continúa teniendo sentido, sería posible una rebeldía así en la era de las redes y la cultura de la imagen, en un mundo en el que la gente celebra con euforia los «puños arriba» a sus publicaciones, o se deprime si sus interacciones no tienen eco? Shalam

إن الشهوة الجنسية هي سبب الحرب ونهاية السلام.

La pasión sexual es la causa de la guerra y el fin de la paz

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen….hostias, liv ullman mi actriz preferida….. y bond mi nombre es bond, 007, jajajjj……
    2imagen….las mujeres tahitianas son muy guapas en concreto las dirigidas hacia el turismo…(su cultura)….
    3imagen…me llama la atencion el microfono de brando,…
    4imagen…a la guerra con ellos (esclavitud)….
    5imagen…el 5 de caballeria destroza a los indios…que hacemos con el caballo de hierro….
    6imagen…es que estos no nos dejan vivir, nos imponen sus finanzas….
    7imagen…atuendo honor willie nelson….(numerito)…..
    8imagen….nunca me gusto neil young….(no se porque no me lo creo)….
    9imagen….corte de pelo punki del caballo blanco… (cepillo)….africano colonalista (oro y faja ejercito)…
    PD…me quito el sombrero, bo,bo,bo,bo…la guitarra de la guerra de secesion como los vaqueros rajados…(cuantas derrotas)
    https://www.youtube.com/watch?v=5feWCmPYFeM

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Muñecas de cera. Barbie y Kent frente a la mujer de la tierra. La verdad. La tribu. 2) Los mayas bailando en torno a una pirámide. Fin del mundo occidental. 2012. 3) La ley del más fuerte. La ley del silencio. El monólogo absoluto. 4) Colegas en el margen. El inicio del rap. N. W. A. «Fuck the police». Public Enemy. 5) Escena posible de Twin Peaks. Un sueño lúcido de David Lynch de pequeño. 6) Te fumas una pipa de la paz conmigo y alucinas. 7) El paraíso perdido. Protagonista de un filme de Sam Peckinpah. 8) Yo lo adoro. El rey del caballo loco. Guitarra, folk y destrucción. Lirismo y brutalidad 9) Una de Tarantino. Suena la música soul. James Brown a tope. PD: Nelson suave.60s. Tarantino totalidad. https://www.youtube.com/watch?v=S4pf4OH9mTY

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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