Culo de gallina
Culo de gallina [Download Luis XIV] es un libro parecido a un sello. A una estampita. Relata una minúscula anécdota que condensa el espíritu de una...


En realidad, hay que reconocer, dijo Alejandro Hermosilla, cuya voz emergió del fondo de la garganta de Abdel Halim, que él tampoco sabía bien qué estaba sucediendo. ¿Era aquello una presentación o un recital poético? ¿Quién lo sabe?
¿Qué qué era Martillo? Abdel Halim podía haber respondido con palabras tópicas pero no lo hizo. Pues su fidelidad al Corán no le permitía mentir. Por lo que confesó a sus hermanos de fe allí presentes que era una novela muy sencilla de leer. Sin complejidad alguna. Como decía en su solapa, Martillo era un espejo absolutamente compacto en el que cualquier lector podía contemplar su rostro a la perfección y adentrarse en una historia de amor inmemorial entre una princesa malaya y un sultán musulmán que moverá cielo y tierra por besar a su enamorada. Había además, pequeñas historias que a la manera de las cajas chinas se unían unas con otras. En una de ellas, un muchacho llamado Alejandro Hermosilla que presentaba su libro Martillo en una ciudad occidental llamada Cartagena sufría un desmayo mientras luchaba contra un efrit rojo con un rabo inmenso que se introducía por la garganta cientos de veces y por odio y temor, lo conducía a la antigua fortaleza de Ubar.
Una edificación cristiana situada en un desierto centroeuropeo dominada por un jardinero que no cesa de reír y controla a un grupo de condes haciéndoles comer pienso de vaca con un látigo mientras cientos de fantasmas caminan libres por los calabozos y pasadizos de aquellos territorios. Y también había barcos piratas y hombres pantera como mujeres león y panaderos, sastres y pescadores que viajaban en alfombras persas y luchaban contra efrits por recuperar los anillos con los que los antiguos visires fundaron la Arabia inmortal. Pues al fin y al cabo, la novela Martillo, dijo Abdel Halim, era un homenaje a Las 1001 noches. El libro que cambió la forma de pensar de todo Occidente, precipitando el advenimiento del romanticismo. Una obra de arte que debería ser de obligatoria lectura en todo Occidente para acabar con el racismo. Un mercado de especias interminable de donde entre pañuelos de seda, pedrerías de todos los colores, cojines de los más diversos tamaños y jarrones de oro, plata y cristal, aparecen genios que surgen del mar, lámparas maravillosas, muchachas de una belleza sin par cuyas palabras enamoran, peces que lloran como seres humanos, mujeres que combaten con la fuerza de un león, príncipes cegados por la envidia, eunucos o músicos delicados a quienes se les cortan los dedos por error.
En fin, Abdel Halim confesó que no deseaba hacerse pesado y que creía que estaba llegando el momento de terminar su discurso. Aunque se resistía a ello. Puesto que, sin dudas, era un placer hablar del libro árabe Martillo. Sentía de hecho tanta satisfacción al hacerlo como la que experimentan los beduinos al caminar por el desierto o los camellos cuando beben agua tras varios días sin hacerlo. Su único problema no era otro que se veía obligado a compartir el gozo con Alejandro Hermosilla. De hecho, conforme el recital poético Martillo continuaba y la luna menguante lucía en el horizonte de la ciudad de Tanger, la mitad de la cara de Abdel Halim se había transformado en la de Alejandro Hermosilla como la mitad de la de Alejandro Hermosilla en la de Abdel Halim. Y llegados a este límite, ambos emprendieron una lucha para certificar quién se quedaría con el Martillo que los presentes contemplaron expectantes.
«Yo, hijo del trueno y la furia, como si fuera Prometeo bajé a los infiernos pero no en este caso para agarrar un fuego sino recoger la fuerza de un martillo. Esta obra de arte con portada naranja y prólogo de Juan Francisco Ferré publicado por la editorial Balduque a la que deseo larga vida como al rey Arturo y mi padre Odín, que golpeo insistentemente y seguiré golpeando hasta el fin de mis días si alguien se atreve a desafiarme en un duelo y alejarme de lo que más amo esta vida: el arte literario. Ese arte que confío que Martillo haya venido a enriquecer y hacer avanzar como en cierto modo he pretendido».
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