Libro santo
He decidido cambiarle el título al libro de fragmentos del que hablé en la última entrada de avería. Se llamará El libro perdido. Gimnasio Telémaco...

¿Qué puedo decir? Realmente, disfruté tanto aquellas lecturas en las que, dadas las circunstancias, me pude concentrar sin distracciones, y me vi obligado a realizar tantos esfuerzos para recuperarme, que tuve desde entonces muy claro a lo que deseaba dedicarme el resto de mi vida: a la literatura. Así que, finalmente, aquel accidente fue probablemente un acontecimiento afortunado, un aviso divino porque, como aquellas pesadillas reflejaban, la vida salvaje y nómada de los moteros y los rockeros no era desde luego para mí. De hecho, si puso algo de manifiesto con absoluta claridad no es más que la verdadera ruta que debía comenzar a recorrer y los paisajes que tenía que visitar se encontraban entre las páginas de los libros. Lejos en la medida de lo posible de los arcenes de las carreteras y los camerinos llenos de drogas de los rockstars a quienes, desde entonces, seguiría con admiración a distancia. Soñando, eso sí, poder narrar sus hazañas o hablar de sus discos con la destreza épica con la que lo hiciera Homero de los héroes griegos. Shalam
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