Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Miles Davis definió On the corner como un cruce entre Stockhausen, el funk y Ornette Coleman. Por supuesto, nadie mejor que el propio músico para definir este fractal sonoro que, en ocasiones, creo escuchar cuando abro las páginas sucias de alguno de los cuentos de Julio Cortázar, al recorrer playas llenas de cascos de botellas rotos, desperdicios y pañuelos ensangrentados o al caminar cerca de inmuebles de aire crepuscular que antaño fueron discotecas. Aunque, realmente, creo que se quedó corto porque On the corner más que a experimental pasado, furioso presente, olía a vanguardista futuro. Y como únicamente ocurre con las más insólitas, desproporcionadas y fantasmagóricas creaciones es, sobre todo, con discos que no habían aparecido en el momento de su publicación con los que hay que emparentarlo.
Cuando grabó On the corner, Miles Davis ya estaba del «otro lado». Era tanto animal-insecto como humano. Vivía desde hacía tiempo en otro planeta, colgado de la luna, contemplando gigantescos simios y grillos desplazarse ante sus ojos. Una circunstancia que se puede percibir en esta obra que es tanto grito de auxilio como de orgullo. El ladrido de un perro drogado y el eructo de un sabio. Producto de alguien que se negaba a ser doblegado por el sistema y, probablemente, planeaba ya su retiro de los 70 mientras continuaba ofreciendo conciertos en los que no sólo aspiraba a cambiar la historia de la música sino la del Universo y tenía los cojones de hacerlo desde el barrio. Desde la suciedad y el fango. Como si en vez de ser una leyenda, fuera un niño hambriento o un condenado a muerte que de no tocar con todo su alma, realizar una interpretación absolutamente pasional, no podría contemplar los rayos del sol el día siguiente. Shalam
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