Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Había algo shakesperiano y majestuoso en Pavarotti. Una original manera de mezclar lo trágico y lo cómico profundamente italiana. Y una intensa forma de sentir el arte que no puede enseñarse en ninguna escuela. Se nace con ella o no. Y él en concreto, aprendió de su padre. Un panadero de origen humilde, con voz de tenor y aficionado a la ópera, a quien puedo imaginar escuchando o cantando un sinfín de arias mientras trabajaba, al descansar o al festejar algún suceso. Consiguiendo que este noble arte empapara los huesos de Luciano y se introdujera en su sangre como si fuera su lengua materna.
Puede, sí, que Plácido Domingo haya sido mucho más regular que él. Que a fuerza de constancia, metódico trabajo y pasión, lo superara. Pero creo que, a pesar de su impresionante desempeño, el español no ha podido alcanzar los momentos álgidos del italiano. Más que nada, porque Pavarotti era un Obelix de la ópera. Parecía haber caído en una marmita musical a los pocos días de haber nacido. Una mirada suya tenía la capacidad de remover la historia de este género. Provocar un terremoto musical.
En cualquier caso, si por algo se recuerda a este genio, es por su voz. Una voz de trazo firme que lo envolvía todo. Varonil y llena de potencia, capaz de transmitir las más ignotas pasiones, destrozar muros y convocar huracanes, de una calidez sobrehumana. La voz de un gigante dotado de un talento y una técnica inverosímiles cuyos ecos llenaban cualquier vacío y se quedaban retumbando en los oídos de manera imperativa y delicada. Como si perteneciera a un dios del Olimpo y no a un ser humano, o el mismísimo Zeus hubiera decidido conceder uno de sus dones y atributos a un mortal. Razón por la que cuando murió, el mundo de la ópera tembló y, durante varios días, el más intenso negro envolvió los escenarios, y supongo que tanto Verdi como Puccini y Donizetti derramaron una lágrima allí donde estuvieran. Al fin y al cabo, Pavarotti era la música italiana. Un señor que entonó los himnos románticos con la jovial sorna de un bon vivant procedente del Barroco y la elegancia de un caballero renacentista. E interpretó cada uno de sus papeles, como si fuera la última vez que se subiera a un escenario. Fue, en definitiva, un artista total y absoluto. Shalam
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