Salvador Dalí: don Quijote está en guerra
El Dalí personaje fue tan poderoso -todos los sabemos- que casi acaba comiéndose al pintor. Un pintor genial, devorado por su arrolladora...
La fascinación que continúan provocando las obras de Caravaggio radica, a mi entender, en que no hay idealización en ellas. Si acaso, sí, cierto esteticismo y manierismo trasnochado cuya teatralidad consigue que los fondos y negros destaquen más. Consiguiendo, por tanto, dotar de misterio y nocturnidad, de alevosía y furia a escenas que sin esa obscuridad que las rodea podrían parecer superficiales y, gracias a ella, se convierten en trascendentes invocaciones al horror. Al egoísmo y la frivolidad. Presagios de la escritura de Antonin Artaud. Puñales descritos con saña y agudeza por Charles Baudelaire desde un torreón.
Caravaggio es un pesimista. Casi un pícaro crecido en medio de los estertores del último saqueo de Roma. Un masturbador compulsivo. Un asesino. El inesperado encuentro entre Francois Villon y el Marqués de Sade en las fronteras de la pintura. Un puñal clavado en el vientre de Miguel Ángel y un guiño cómplice a Da Vinci. El hastío del canon renacentista y eclesiástico. Pero, al mismo tiempo, el masoquista sometimiento a su reglas, leyes y deberes. La traición vista como una de las bellas artes. El deseo de acabar con toda trascendencia. Una súplica oculta por el retorno del paganismo. Shakespeare de viaje de estudios por Italia. Los ojos de satisfacción de los soldados romanos al golpear el cuerpo de Cristo. San Pedro jurando tres veces no conocer al Salvador corriendo a través de callejuelas por las que en cualquier momento puede aparecer un evangelista con un puñal. Los textos santos reinterpretados al cariz de los últimos asesinatos llevados a cabo por la Mafia. Y un desesperado intento de vincular a Roma con su proverbial historia. Casi un escupitajo a la religión.
Caravaggio es el Rimbaud de la pintura. La sugerencia y la rotundidad -ambas juntas- hecha arte. La frescura y el hastío. La decadencia y la vitalidad. Y, sobre todo, la venganza. Pues da la sensación de que no hay una sola obra suya que no haya sido trazada como un acto vengativo. Sabiendo que, antes o después, los dardos que estaba colocando en el lienzo golpearían a la persona adecuada incluso después de muerta. Como si estuviera jugándose a las cartas su lugar en la inmortalidad a riesgo de poder ser encerrado en la cárcel o excomulgado para siempre.
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