Las violentas flores
La consagración de la primavera es una de esas obras de las que apenas se puede decir nada porque de ella ya está todo sugerido y apuntado. Algo que...
Fania Helvete es una mezcla entre los tornados sonoros de Tom Waits, el blues rural, el fandango marciano, la copla canalla, la chatarra, el afrocaribe murciano, los gritos de sacerdotes negros y las madres mías emitidos por las parteras cuando nace un niño y descubren que alguien le ha puesto el crucifijo al revés. Una bestialidad absolutamente loable que sabe a tierra y miseria y, repito, a exorcismo. A ruido lunático para espantar los malos espíritus. Tanto es así que Raúl Frutos más que cantar parece que ladra. Saca voces de su estómago como un perro apaleado debido a una enfermedad desconocida. Y que Inma Gómez lo acompaña no tanto por su desempeño como instrumentista sino por un oscuro azar: por disponer de algún extraño poder, un conjuro o ungüento en sus manos con el que pudiera proteger a su compañero de los hechizos de una bruja enferma que se lo quisiera llevar al otro mundo. De las miradas de las bestias que acuden a apoderarse de su alma en los conciertos.
La música de Crudo Pimento es un ritual de vudú. Música escuchada habitualmente por intelectuales blancos y europeos pero que sólo terminará de expandirse totalmente cuando sea bailada por un grupo de negros celebrando la recogida de la cosecha, dentro de un prostíbulo lleno de marineros o en un poblado gitano. Es una demostración de que el rock es música hecha para espantar el miedo. Que no nos pegue el capataz, el viejo hijoputa blanco que nos persigue con el látigo y sacar del fondo del cuerpo los malos espíritus. Una prueba de que el origen del rock probablemente se encuentre en los antiguos rituales chamánicos celebrados en el África negra como el del flamenco en las reuniones alrededor del fuego en torno a veneradas pitonisas.
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