Escribí ayer sobre el VAR y el penalti de Julián Álvarez. Si lo hice es porque, a pesar de todo, continúo amando el fútbol. No tanto como el arte. Pero hay algo muy cerebral y también visceral en este juego que me apasiona. ¿Quién no puede amar el deporte que Maradona convirtió en arte y espectáculo circense? El fútbol en mi caso es una amante. No me casaría jamás con ella. La puedo ignorar por meses. Pero de tanto en tanto se presenta en mi trabajo, en la puerta de mi casa, y no puedo resistirme. Tengo que salir a tomar algo con ella. No puedo olvidarla por más que lo intento y aparentemente lo consigo durante un tiempo que nunca dura demasiado.
Ayer precisamente estuve reflexionando sobre la idiosincrasia del Atlético de Madrid a raíz de su dolorosa ¿derrota? y, más tarde, hilvané una serie de reflexiones sobre el F.C. Barcelona y el Real Madrid que dejo a continuación. Probablemente esté equivocado en lo que digo. No importa. Con las amantes no se trata de estar en lo cierto. Se trata de vivir la aventura. La pasión no se puede cuantificar. De tanto en tanto hay que soltar sin más lo que uno piensa (o siente) sin más.
En fin. ¡Ahí voy!

Idiosincrasia
Cada club tiene su propia idiosincrasia. El atlético de Madrid, por ejemplo, es puro filo de la navaja. La historia con mayúsculas del Atlético y la gloria, la historia truncada de la Copa de Europa y el conjunto rojiblanco, se comenzó a escribir con esa fatídica final perdida contra el Bayern de Munich. Ni siquiera un ganador como Luis Aragonés, con aquella falta de ensueño, de novela, pudo torcerle la mano al destino. Un gol de Schwarzenbeck a un minuto de finalizar la prórroga le puso un freno al sueño y a la euforia. Fue el primer topazo con la realidad. Los atléticos apostaban al 6 y siempre salía el 5 o el 7. Incluso el 6,5. Pero el 6 nunca.

Décadas después, las huestes de Simeone estuvieron a punto en dos ocasiones de quebrar la frontera. En ambas salió cruz. 5,9 o 6,1 pero no 6. Detalles, varios segundos, un balón que se escapa por centímetros. Prórroga, penaltis. En fin.
Sin embargo, esa maligna, fatídica suerte no hace que sus aficionados desistan de su equipo. Al contrario, los hace amarlo más. Tal vez el Atlético dejaría de ser el club correoso, peleón, el acorazado emocional que conocemos si conquistara algún día la Gloria.
Ser atlético (y yo no lo soy) es navegar continuamente por mares revueltos confrontando a dos ejércitos impiadosos e inexpugnables: Madrid y Barcelona. Precisamente por eso es un club que enamora. A quien toca le roba el corazón. Puro fútbol, de barrio y, sobre todo, de bar de vinos y toros. La religión del «algún día se podrá», del que no escatima un esfuerzo. De quien ficha todos los días en la oficina y vive al límite porque no sabe nunca si podrá cobrar al fin de mes. Un mezcla entre el delirio y la pasión y el trabajo diario.

Para los madridistas, que yo sepa, el fútbol es ganar. Lo demás no importa demasiado. Está el triunfo y el resto es negro.
No siempre fue así. Cuentan que en los tiempos del Madrid de la Quinta cuando un centrocampista daba un pase atrás se escuchaba un ronroneo de disgusto en todo el estadio. Ramón Mendoza (un enamorado de la vida y el mar al que era más fácil imaginárselo en una fiesta con Julio Iglesias que contemplando un partido del Castilla) destituyó, por ejemplo, a un solvente técnico, Radomir Antic, que tenía al Madrid líder con cierta comodidad. ¿La razón? Que no daba espectáculo. De resultas de ello, el equipo blanco se dejó su primera Liga en Tenerife. Una herida que aún duele. Nunca cerrará.
Por supuesto, los merengues aprendieron la lección. Técnico que gana no se toca. Al menos hasta el final de temporada. Lo importante es levantar el trofeo. Da igual cómo. Dicho y hecho. A un madridista le sienta peor perder un partido que alguien lo insulte por la calle. Un capitán levanta una Champions y se le permite sonreír unos minutos. Por la noche, es obligatorio pensar en la siguiente. O eso o el despido. La baja voluntaria. Una vida tranquila y resuelta pero sin títulos. No hay más opciones. El esfuerzo tal vez se negocie. Pero no el triunfo. El éxito no se negocia. El éxito es un deber. Una obligación. Ser madridista es ganar. El segundo puesto no es una fracaso ni una humillación. Es intolerable. Una falta de respeto.
A decir verdad, el Barcelona de la era Franco tampoco era tan distinto del Atlético de Madrid. Cruyff llegó a mitad de los 70 a la ciudad condal, ganó un título, le metió un rosco al Madrid en el Bernabéu y consiguió inmediatamente el estatuto de mito. No necesitó hacer mucho más.
Cruyff, obvio, era un genio. Los genios no piensan como los seres humanos normales. Lo que ocurrió con el holandés fue que los detalles de clase que dejó fueron tan bestiales que se ganó el cielo. Una sonrisa se dibujaba en los rostros de los blaugranas cuando mencionaban su nombre a pesar de que, en cuanto a títulos, su paso por Barcelona (como jugador) fue decepcionante. No en cuanto a carisma. De eso Cruyff estaba sobrado. La gente lo adoraba. Más que una liga parecía haber ganado diez y de calle. Más que una goleada al Madrid parecía haberle endosado veinte.

Años después, ya como entrenador, el holandés logró que la sonrisa no se desdibujara nunca más del Camp Nou. Sentó las bases del Barcelona actual. Un equipo que gana pero, sobre todo, divierte. Un equipo en el que si el portero da un pase largo o un centrocampista tira el balón al barullo es inmediatamente cuestionado. Un equipo que ha redefinido lo que es jugar bien o mal hasta el punto de que ya nadie sabe qué es eso. Se han realizado debates sobre este tema que jamás hubieran comenzado de no haber aterrizado Cruyff por las Ramblas. Lo que sí se sabe es que entre ver al Barcelona o a otro equipo, muchos extranjeros eligen al Barsa. Si pierde o gana divierte. Da sentido al dinero que uno se gasta. También al tiempo pasado delante de la televisión.
Cruyff consiguió algo que parecía imposible tras el triunfo de Alemania en el 74, el de Italia en el 82, la Argentina de Bilardo en el 86 y de nuevo, el de Alemania en el 90: ganar y divertir. Pura alquimia. Es por eso, por ejemplo, por lo que Valverde no será recordado en Barcelona. Ganó unos cuantos títulos pero no jugó a nada. Algunos aficionados blaugranas se quedan con Setién. Perdió pero intentó devolver brillo al Barsa. Los jugadores, todos figuras, acomodados, se lo pagaron dejándose ir ante el Bayern y encajando una humillante derrota. Los jefes eran Messi y compañía. No el entrenador. Algo que nunca ha funcionado bien en el club.

Es difícil que todas las piezas encajen en el F.C. Barcelona. Pero cuando lo hacen, es un club vibrante, emocionante. Sus aficionados no le piden títulos, le piden emborracharse de fantasía. Lo que logró Cruyff al fin y al cabo: mezclar el fútbol brasileño con el europeo. En el Camp Nou duele más la vulgaridad que la derrota. Los hay que van a contemplar un partido al estadio como quien visita la Sagrada Familia o el parque Güell. Shalam
المعاناة بسبب خطأ المرء، هذا هو كابوس الحياة
Sufrir por propias culpas, ésa es la pesadilla de la vida






1imagen…dos pa dos…aunque ahora el atletico jugaria con 10 colgados del larguero….
2imagen…no es posible que el real de madrid no pase a la siguiente ronda el atletico es menor….. no tiene flor ……
3imagen…arrriba franco!….viva españa!…..
4imagen….zapatones en pleno zapatazo…..
5imagen….todavia recuerdo el pisoton al jugador del atletic julen guerrero (ideosincrasia)………
6imagen….fuera de juego pasado por alto y a ganar!!! (no importa como)….jajajjj…asi, asi, asi…….
7imagen….muy diferente, muy crack…..
8imagen…un desastre…falta de respeto hacia el entrenador….
PD….circo y teatro….https://www.youtube.com/watch?v=KGdNz4Xzbxo….ahi va la hostia la leonada…..
1) El viejo y cálido fútbol. Ese estadio da calor. Los jugadores parecen guerrilleros. Esto es un orgasmo. ¡Vivan los campos embarrados! 2) Y salió el 5,9999. 3) Los tres defensores mirando la portería parecen vivir otra escena. Podrían aparecer en una peli italiana interrogando a un chaval. ¿Qué ha pasado? 4) Un cuadro hiperrealista. Se expone en una galería cerca de San Mamés. Lo compra un argentino. 5) Hasta los defensores italianos se hacen colchoneros. Uno de ellos es el Cholo. 6) Fabio. El enemigo de Guardiola levantando las manos. El 1 a 0 justifica su vida. También la táctica y el rigor. 7) Filósofo, obrero, delantero y centrocampista. En el siglo XXI varias décadas antes. Icono cultural. 8) Messi diciendo: ¡Tío, no me puedes enseñar nada! Abuelo cebolleta. PD: Madre mía. La metro y Pixar unidas. Esto es el fútbol virtual. Meta. Zuckerberg cantando aupa.