Emiliano Zapata entra a comprar al OXXO
Pasé ayer el día en Cuautla (Morelos) cerca de donde nació Emiliano Zapata y se comenzó a forjar la, tal y como la denominó acertadamente Adolfo...
Obviamente, la España berlanguesca y chapucera que con tanta habilidad, ingenio y mano izquierda describía Ibáñez en sus viñetas no se había ido completamente. Chapoteaba en medio del cenagal político y económico entre los sopapos de Jesús Gil a diestro y siniestro, las apariciones caricaturescas de Ruiz-Mateos disfrazado de Superman, determinadas portadas del Marca, el taquillazo de Torrente, las adivinanzas lingüísticas de Mariano Rajoy o aquella portería que no se encontraba en medio de un Real Madrid-Borussia de Champions. Y también asomaba habitualmente su rostro en programas televisivos como Esta noche cruzamos el Missisipi y Crónicas Marcianas. Frívolas operaciones de ingeniería social y estética a través de las que se depuraba, estigmatizaba y reconducía la raigambre castiza y humorística española a las necesidades económicas e ideológicas del sistema. Se transformaba al pueblerino en tonto, al tonto del pueblo en friki y al hombre de campo en objeto de burla marciano, contribuyendo a la fría destrucción de la tradición que, en el caso de nuestro país, no pudiendo ser ocultada, sí que fue más o menos camuflada gracias a la llegada de internet, las televisiones por cable o la bonanza económica. El ocio absoluto. Además de, por supuesto, gracias a ese malicioso invento, la Marca España, sinónimo de calidad y modernidad, que, con sus correspondientes crisis y vaivenes, llegó a su total apogeo durante la primera década del siglo XXI gracias al éxito de los deportistas españoles. Y aún, en cierto modo, a pesar de haber sido bastante zarandeado desde mayo de 2011, continuaba vigente hasta la eclosión del coronavirus merced al interesado consenso de todos los partidos políticos. A la apuesta por el espectáculo y la competitividad.
No obstante, la ridícula, bochornosa gestión de la pandemia (llena de inverosímiles momentos que sino superan al menos igualan algunos de los más delirantes vistos en Mortadelo y Filemón) realizada por el gobierno actual (¡Ojo! ¡Estoy convencido de que otro de distinto corte ideológico hubiera actuado de manera muy similar!) ha vuelto, al menos en mi caso, a hacer que desempaquemos las historias escritas por Ibáñez para comprender mejor qué estaba ocurriendo.
En verdad, los últimos acontecimientos han venido a demostrar algo ya consabido: que Ibáñez siempre fue un grande. Siempre estuvo ahí más allá de las modas, el oropel consumista y las operaciones de cirugía estética y financiera que se han ido realizando en los nervios y músculos del pueblo español durante las últimas décadas. Y que sus cómics son tan substanciosos e hilan tan fino como algunas de las jugosas obras de Ramón del Valle Inclán, Rafael Azcona o Jardiel Poncela. Son un reflejo veraz y antropológico de España. Un resumen gozoso de nuestras señas de identidad eternas y nuestra difícil y (en ocasiones calamitosa) adaptación a la modernidad y al frío mundo tecnológico.
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