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Hamman

Sep 4, 2026 | 2 Comentarios

En el mundo globalizado se producen constantemente cortocircuitos culturales a causa del turismo de masas, ese vértigo, ese trasiego continuo de vivencias mal digeridas al que conduce el supermercado del consumo —del consumo de experiencias, viajes y culturas—. Un claro ejemplo es lo que ocurre con el hammam, el célebre baño cuya etimología procede del árabe حَمَّام, raíz de “calor”, “baño” y “fuente termal”.

Yo debo confesar que hasta el viaje de este verano en Essaouira no había terminado de comprender toda su fuerza simbólica. Fue en febrero de 2006 cuando comencé a visitar los hammams marroquíes. Venía de un fuerte trabajo en Poitiers (Francia) para terminar mi tesis, estaba completamente exhausto y pasaba horas y horas en uno de Agadir. Tanto en la ciudad marítima como en Marrakech, había visitado los hammams más comerciales, en los que recibíamos baño y masaje por sensuales y entrenadas manos femeninas. Pero como estos eran más caros, solía dejarlos para momentos especiales. Para el día a día, prefería quedarme en los hammams masculinos de barrio. Allí, por un solo euro (diez dirhams), podía pasarme horas al vapor, arrojándome cubos de agua caliente y fría, mientras mi espíritu descansaba de los esfuerzos de haber redactado la tesis doctoral.

Durante aquellas jornadas, ocurría —como es tradicional— que cada media hora se me acercaba el kessal, el masajista rústico, puro tractor del Magreb, a recordarme si deseaba que me enjabonara y lavara el cabello mientras destensaba mis músculos y estiraba mi esqueleto al máximo. Alguna de aquellas mañanas le dije que sí, pero en muchas otras no. La razón era clara y no podía ser más mezquina. Bueno, no quiero ser cruel conmigo mismo. Más que mezquina, revelaba ignorancia. En 2006, yo no era más que un europeo que no entendía bien aún el ritual del baño. Por ejemplo, me resultaban realmente excesivos los estiramientos que el kessal realizaba. Los marroquíes estaban acostumbrados; yo no, y por momentos sentía un dolor muy agudo conforme agarraba mis piernas y las estiraba al tiempo que colocaba uno de sus pies en mi espalda. Obviamente, gritaba.

El traqueteo era realmente estremecedor y, debo reconocer, contribuía a relajarme. Pero, a decir verdad, prefería —si era posible— no ser tocado por aquellos chamanes del cuerpo porque también me parecía extraño entregar 10 euros (100 dirhams) cuando no solían estar más de quince minutos conmigo. Eso, al cambio marroquí, me resultaba un precio demasiado caro. ¿He pagado por esto? Eso solía yo decirme. Prefería gastarme ese dinero en pescado frito en las plazas. Más aún, teniendo en cuenta que era más que previsible que yo estuviera pagando un sobreprecio por ser europeo. Lo lógico sería entregar entre 30 y 50 dirhams y en paz. Pero ya se sabe que en este país existen (veladamente o no) dos precios: uno para nativos y otro para foráneos.

He estado hasta una decena de veces en Marruecos. Hace dos años pasé casi cinco meses allí. No suelo hablar de estos viajes en Avería a no ser que entienda que puede ser relevante lo que debo decir. Así que no he dejado muchos testimonios de estas continuas visitas. Lo cierto es que en todas estas estancias seguí yendo al hammam, ¿cómo no? Pero creo que no ha sido hasta este verano que al fin he comprendido el concepto, lo que se pone en juego allí. No porque nadie me lo haya explicado (hubiera sido más fácil, pero tal vez menos íntimo), sino por mi propia experiencia y búsqueda.

Fue hace un mes. Me acerqué a un hammam que se encuentra a varios kilómetros de la Medina. Suelo ir paseando por el mar, escuchando viejos sonidos ancestrales: cuencos, mantras, ecos de tribus africanas. De nuevo, en la primera ocasión primó mi tendencia burguesa al ahorro: pagué 15 dirhams (un euro y medio) y descansé. Pero he de reconocer que no me sentí bien del todo. Intuí la superficialidad de mi postura al contemplar las caras a mi alrededor: tanto la decepción del kessal (que yo confundí con su avidez de dinero y usura) como la de mis compañeros de baño. Vislumbré cierta tristeza en sus rostros que me hicieron reflexionar. Tres días después volví y pagué los 100 dirhams. En la vida, en los viajes, hay que dejarse ir. Perderse es la única forma de encontrarse. Supongo que podía haber regateado, discutido, peleado por un precio más bajo. Pero no me parecía ni sano ni lúcido enfrentarme con la persona que en unos minutos me daría un masaje por unos simples euros. ¿Qué más da?

Aquella noche lo comprendí todo de golpe. El rostro del kessal cambió. Sonrió amablemente. De repente, me sentía integrado en aquel lugar. Estuve quince minutos esperándolo, inundándome de calor mientras recordaba escenas de mi pasado reciente. Cuando llegó, me sentí como un príncipe, un muchacho oriental de Las mil y una noches al ser acariciado por sus manos. Pero lo mejor vino cuando estiró mis piernas haciéndome gritar. En ese momento, caí sobre las losas calientes, me retrotraje a un momento olvidado de mi infancia, perdí el control de mí mismo, mi cerebro se quedó en blanco y comencé a experimentar una relajación total, plena, avasalladora. Durante la siguiente hora, yo no estuve en un baño. Estuve en el vientre de Dios. Medité con calma y amor sobre mi madre, algunos amores y ciertos acontecimientos trascendentes de mi vida, y salí de allí más entero y más maduro. Aquel hammam me había servido para crecer.

Desde entonces, no he cesado de ir. Una o dos veces a la semana. Y siempre he entregado religiosamente los 100 dirhams. Porque he aprendido que el hammam es una experiencia, y ha de ser completa. El hammam no es sólo baño. Tampoco es únicamente masaje. Es la mezcla de ambos lo que produce la meditación. Un baño que, repito, no es sólo físico sino, sobre todo, espiritual. No pagamos 100 dirhams por un masaje sino por convertirnos en esencia, en agua, por olvidar el yo.

Ahora tengo, desde luego, claro que el hammam es, ante todo, un ritual. Entrar al hammam es aceptar ser despojados. Desnudados de nuestros pensamientos. Pues, repito, es baño de purificación que no es sólo corporal sino también espiritual y que, en cierto sentido, puede guiarnos y ayudarnos a realizar un viaje místico. Una profunda meditación. El hammam, sí, es también un rezo. Y como todo rezo, invoca una liturgia y una predisposición. También un conocimiento y una conciencia.

Al principio, accedemos al mashlah, la estancia fría; allí nos desnudamos de nuestras vestiduras ordinarias, tal vez también de nuestras máscaras sociales. Luego se produce un tránsito: accedemos a la estancia templada, el bayt al-wastani, el pasillo donde el cuerpo empieza a aclimatarse y las sienes empiezan a recibir el impacto del cambio térmico. Una imagen que me recuerda a nuestro purgatorio crístico, el comienzo de la vía de redención. Y finalmente, pasamos al altar del vuelo, la estancia de calor (bayt al-harari), donde se produce el escenario de la purificación. Las losas de piedra caliente reciben a nuestros riñones calientes. Es el feudo del masajista rústico (el kessal), el que, a base de cariño y también de dolor, nos hará caer abatidos sobre el suelo.

El kessal, sí, es un ángel, pero un ángel que ha de hacernos sufrir para limpiarnos; aplica a rajatabla su disciplina: friega, exprime y aniquila la vigilia ordinaria. La limpieza—real—duele antes de sanar. No es urbana ni higiénica, es antigua, tribal, comunitaria. Debemos someternos al vapor y al kessal como quien cruza un umbral sagrado después del desierto. La redención llega a través del caos, el dolor y, finalmente, el olvido total del cuerpo. La limpieza verdadera se compra primero con el caos del cuerpo, y sólo después se produce la auténtica purificación: nos olvidamos de nuestro yo para disolvernos con el resto de bañistas en el vapor y realizar un viaje místico.

A Dios, eso está claro, se le encuentra en el templo; también en cualquier momento. No necesariamente en un hammam. Pero el hammam sí permite una relajación que invoca la disolución del ego y una conexión con lo más puro de nuestra alma, que puede ser considerada —sí— divina.

Esta conciencia religiosa del hammam, mística y sagrada, explicaría en parte por qué los omeyas (que heredaron el hammam de las célebres termas romanas) lo situaron en lugar anexo a la mezquita y se convirtió en un espacio obligatorio de ablución (wudu, ghusl), rito de paso para la piel y la conciencia antes de presentarse a la plegaria. Una concepción que lo diferencia, por supuesto, de los actuales centros de relajación occidentales: individualistas, paganos, sin una motivación espiritual más allá del lujo y el placer del descanso. En Europa el baño es, en parte, soledad lujosa. En Arabia —la metafórica y también la real—: pérdida de ego, rito colectivo, comunión física y humildad literal.

Por supuesto, encontrar este sentido, amar el dolor y perderse en el éxtasis y el vacío no se logra en un día. Implica paciencia. A mí me ha llevado más de dos décadas tras mi primer baño.

A una cultura milenaria y sus secretos no se la conoce en un viaje rápido o en una aventura casual. Se la conoce rindiéndose. Lo sagrado no brota en la rapidez, sino en la constancia y la humildad. Ir al hammam no es un lujo; es una necesidad. Es querer limpiarse no sólo corporalmente, sino también espiritualmente. La grasa que cae y resbala por nuestro cuerpo son nuestras faltas. Shalam

هناك نوعان من الأخلاق: أخلاق السادة وأخلاق العبيد

Existen dos tipos morales: moral de señores y moral de esclavos.

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…hamman humedad 100%…sauna humedad 30%…ambos con final feliz…. (la juventud-2015-sorrentino)….
    2imagen…la pedagogia del miron…..
    3imagen…fisiologo-chaman…tendinitis…el pozo de los chicos con los chicos….
    4imagen…el agua verde la raiz de todo….estanque lleno de bacterias esmeraldas…
    5imagen…haren en amarcord..fellini..1973…
    PD…nino rota…la fogaraccia..amarcord..fellini 1973..
    https://www.youtube.com/watch?v=7Uepi9Ch3WE&list=RD7Uepi9Ch3WE&start_radio=1

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Esto no es agua. Esto es un bautismo espiritual total. Al-Andalus. 2) La llamada de la líbido. Detrás aparece Freud con una regla. ·3) Juego de ajedrez. Los peones masajean a los peones y alfiles. El rey y la reina en sus palacios. 4) Geometría sagrada. Kandinski. El último verano en Mariembad a lo árabe. 5) Dios acepta a todos. Los primeros a los pobres. 6) Desfile. Roma Fellini. Satiricón. Faltan las máscaras de los toros y las bestias. PD: tengo muchas ganas de volver a verla. Tal vez sea lo primero que haga al volver a España.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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