Ese vómito consentido
Leyendo el notable libro de Carlos Gamerro, Harold Bloom y el canon literario, encuentro una frase que me parece que define perfectamente la...
El tabaco, sí, me recuerda a uno de esos viejos discos de Miles Davis que se pegan a la piel como la humedad a la ropa mostrándonos el vértigo de lo cotidiano. El delirio de lo monótono. La cara oculta de los ídolos negros y las panteras. El tiempo mítico comiéndose al habitual en un par de compases. El brazo de la muerte extendiéndose a través de nuestras sonrisas. O la sombra de los dioses persiguiendo su cuerpo y razón. Porque, repito insistentemente, el tabaco como la música de Miles Davis es en esencia locura. Ya que, al igual que el blues y el jazz, nació para combatir la tristeza pero acabó propagándola y extendiéndola allí por donde fuera. Lo que paradójicamente hizo estallar de alegría y revolcarse a cientos de miles de personas. Jaurías de perros ladrando y moviendo el rabo y las piernas sin cesar, contentos de poder reconocer su propia destrucción y desesperanza en unos ritmos y substancias feroces y febriles.
El tabaco, en cualquier caso, refleja perfectamente que los occidentales no hemos sabido hallar los instrumentos para comunicarnos con el más allá. Y nos indica que es urgente emprender esta tarea. Cada una de las marcas de tabaco, además ataca una carencia personal que es colectiva y refleja anhelos metafísicos que el capitalismo intenta (falsamente) cubrir, suplantar. Lo pude comprobar cuando fumaba. Fortuna aludía a la necesidad de ser gente común. Ser socialmente aceptados. Marlboro a la de ser triunfadores. Quien fumaba esa marca era un ganador o quería serlo sin muchos esfuerzos. El que saboreaba Chesterfield solía desear algo con mucha intensidad. Con muchísima. Quien inoculaba el humo de un Lucky Stryke, lo hacía o bien porque se sentía rebelde o deseaba sentirse así. Con ganas de transgredir alguna norma y cierto ánimo adolescente. Y el que fumaba Wiston, sabía ya, a estas alturas de su vida, que existía algo esencial para él que nunca jamás podría conseguir. Algo muy íntimo que nunca podría reconstruir. Esperanza que no había perdido el que usualmente consumía Camel. Quien sabía que debía armarse de paciencia y probablemente quererse más a sí mismo para conseguir lo que ansiaba. Por supuesto que los que fumaban Nobel no aspiraban más que a ser funcionarios. No tenían sueños de grandeza y se conformaban con ser secundarios y ocupar un discreto lugar en su empresa o en su vida. Y quienes gastaban sus monedas en un Ducados, en realidad, tenían un muy bajo concepto de la vida y creo también que de sí mismos. No se valoraban como correspondía e interpretaban la existencia como si fueran mineros. Trabajadores mal pagados condenados a esfuerzos sin finalidad alguna, algún buen polvo de tanto en tanto y saborear una sangría durante la paella de los domingos en familia.
¿Qué más da en cualquier caso lo que yo diga? Encenderse un cigarillo significa encender la mecha de un explosivo. Ser un terrorista contra uno mismo. Un anarquista de la salud. Y también un activista por la libertad y el derecho de elegir la propia muerte. Una huelga de brazos caídos contra la esperanza. Y una prueba de que tal vez no sólo las mujeres, como decía Freud, tengan envidia del pene sino también los hombres. De que, somos, en esencia, bisexuales. Sentimos una inmensa, necesidad de poder, estamos dispuestos a chuparle el pene al capital casi veinte veces por día o tenemos, en cualquier caso, añoranza de la tierra y la naturaleza, de ese pasto del que la civilización nos ha separado, empaquetándolo, al tiempo que nos encerraba en jaulas de hierro.
El tabaco es terminal porque vivimos en una sociedad terminal para el alma. Dejarlo o no dejarlo no es la cuestión. Casi que es algo totalmente indiferente. El asunto es ¿cómo volver a darle el uso original, aquel para el que fue creado por dios? Fumar no mata. Engorda el monstruo occidental. Hace más grande el cinismo y asesina el intelecto. Porque ese hábito a veces y un vicio la mayoría de ocasiones, separa el primer mundo del tercero y destroza el amor. O lo subvierte. ¿Se puede hablar del hambre de África con un cigarrillo en las manos? ¿Es lícito y ético? Probablemente no. Y eso lo sabe bien el capitalismo que se apoya en él y nos lo da a probar para continuar su senda de destrucción y aniquilación.
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