Influenza de cuerpos
México es un páramo de muerte (y vida) de tales dimensiones, un pantano hediondo donde tan dificultoso es respirar, que la penetración de un virus...
La literatura de Tario –y aquí radica uno de los varios motivos que explican su anonimato- posee vocación maldita, excéntrica, atípica, onerosa y, por momentos, pesadillesca y respira sudor, sangre, vísceras, pasión en cada uno de sus renglones. Probablemente, porque el escritor mexicano era un ser ubicado en los márgenes de la sociedad, ajeno a cualquier cenáculo o capilla cultural como prueban sus múltiples viajes, aficiones y profesiones –futbolista, pianista, co-propietario de un cine, etc..-. De hecho, únicamente aspiró a un premio: hacer crecer sus textos como si fueran plantas salvajes. Creaciones embriagadas por el olor a alcohol de la literatura.
La literatura de Francisco Tario, (cuyo apellido real era Peláez) es Mr Hyde. Puñal de Dorian Gray destrozando en cientos de pedazos su imagen. Pero, ante todo, nos remite a la de Edgar Allan Poe. Pero no al Poe de las alucinaciones y de la locura. No al Poe del corazón que late hasta la muerte en un vientre subterráneo. Sino, más bien, al Poe de la casa Usher. El Poe expatriado. El poeta que escribía poemas parecidos a delirios que leía con voz de cuervo. O, en otras palabras, el parricida irredento, tal y como lo denominara Héctor A. Murena.
Ante todo, debido a que la escritura de Francisco Tario parece ser muy consciente del no-ser americano y es por ello que se regodea místicamente en lo oscuro y en lo accidental, creando una suerte de estética literaria pagana que parece, en principio, no conducir a ninguna parte. Algo que nos puede ayudar a valorar mejor tanto su extrema originalidad como su particular especificidad que nace del reconocimiento de la orfandad y la accidentalidad de vivir en América. Una asunción que provoca que muchos de sus relatos se pierdan jocosa y gozosamente en lo superfluo y anecdótico.
La prosa de Francisco Tario camina hacia lo imprevisto. Vincula de manera deslavazada objetos, personas y culturas contrapuestas. Se centra en las relaciones que surgen entre cosmovisiones diferentes y que conviven en tiempos diversos y, sin embargo, cohabitan en un mismo espacio. Lo que confiere a su escritura una enorme libertad, pasión e inconsciencia. Su identidad mexicana.
En Jardín secreto, Francisco Tario fue capaz de describir los atributos del confuso Adán americano sometido a la ley paterna europea en medio de una claustrofóbica e inquietante mansión que se derrumba, obligando a sus personajes a asumir su culpa, soledad y esclavitud. Novela de dimensiones gnósticas, de alcances ilimitados y proclive a múltiples lecturas simbólicas, enfrentarse a ella implica recorrer los senderos que enmarcan ese no-lugar que es América, donde únicamente el incesto (símil de la violación de los europeos de la madre tierra americana representada en la novela por la relación entre Mario y su prima Esperanza), es capaz de generar vida y abolir la ley paterna que, sin embargo, finalmente, como en la obra de Juan Rulfo, se mantiene inamovible.
Habitar el mundo de nuevo como Adán y asumir la errancia perpetua y desnuda condición de Caín parece el destino y el desafío que deben asumir los americanos para Tario, como ponen de manifiesto las últimas páginas de esta inquietante y sublime obra cuyo mensaje último va destinado, igualmente, a todos los ciudadanos del oclusivo mundo occidental –similar a la mansión de los Cominos dibujada en El jardín secreto-. Y, por otro lado, la desesperanzada voz de Mario al verse obligado a abandonar la casa paterna nos obliga a volver la vista hacia los fracasados proyectos de integración de razas y mundos disímiles en esa América que Tario retrató de manera extraordinaria, como un mundo de sombras. Un vago edifico en el que resonaban continuamente las voces apagadas, perdidas y vengativas de los dioses asesinados. Un hecho que certifica, finalmente, la inclasificable personalidad literaria de un escritor para el que el destino del hombre se encontraba cifrado entre la risa y la nostalgia. La carcajada y la violencia. Algo, sí, específicamente americano pero también, probablemente, universal. Shalam
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