El nuevo catecismo
Hace unos días terminé al fin Comunión; el mítico libro de Whitley Strieber. Y, aunque realmente no creo que tenga que aportar mucho sobre tan...
Como podemos ver, el argumento se presta al profundo abordaje bíblico y mítico de Faulkner. A que convirtiera su prosa en rasguños y heridas que traspasaran la experiencia de su personaje y nos narraran su vuelta a casa con un tono profético, dantesco y mortuorio. Tanto es así que con otra perspectiva narrativa podría haber desembocado en una sobresaliente odisea caótica sobre los perdedores. Y sin embargo, se queda en obra anecdótica que destaca más por sus ágiles diálogos y las buenas intenciones que por su calidad literaria.
La distancia que hay entre La paga de los soldados y El ruido y la furia es parecida a la que existe entre alguien que escribe libros y alguien que crea obras de arte. Que se adentra en lo desconocido. Las tres primeras novelas de Faulkner le sirvieron para conocer el oficio. A unos cuantos editores, críticos y escritores. Agarrar confianza. Comprender la mecánica interna de la narración. Pero en cuanto dominó las más rudimentarias técnicas, no se quedó ahí. Dejó de hecho de escribir y comenzó a aullar. A capturar la frondosidad de los espacios. Llenar de sudoración los párrafos. Transcribir sentimientos generalmente destrozados. Convertir una casa abandonada y desbordada por la vegetación en un mito y la mirada entre un hombre a caballo y una mujer sentada en una terraza en un episodio bíblico, al tiempo que se trascendía a sí mismo y a su profesión. Se transformaba en un alma errante. Un desconocido. Que es lo que al fin y cabo debe ser todo escritor que se precie. Un fantasma. Shalam
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