Cielo e infierno
Heaven and Hell no es un disco. Es un monumento. La Biblia del heavy metal. Un muro de sonido que consiguió lo que parecía imposible: que los fans...
Un buen amigo tuvo uno de sus más espectaculares viajes de ácido mientras escuchaba Harvest y, desde luego, que le envidio. Me contó una noche en un bosque cercano a Cuernavaca que si hasta entonces, el disco le había seducido desde el punto de vista musical, ese día lo hizo también astralmente. Porque la voz de Young se convirtió de repente en la de un hombre-toro que arremetía con fuerza sobre la galaxia. Sus palabras, me dijo, eran cuernos que surcaban los cielos, creaban siluetas mágicas, símbolos sagrados entre las estrellas y cuando cesaban de ser escuchadas, caían a los suelos convirtiéndose en árboles, plantas, semillas y flores de inusual belleza que transmitían paz y confianza a los seres humanos. En algún momento, una de esas flores se convertía en una bella muchacha de piel rosa que se abalanzaba sobre mi amigo y le recitaba uno de sus poemas antes de hacerle el amor. Y más tarde, se retiraba volando sobre el cielo y se unía a una bandada de pájaros que se dirigían hacia un lugar remoto y maravilloso donde cada una de las canciones del disco de Neil Young se transformaban en distintos animales. Ardillas, hipopótamos, búhos, cebras, gatos, zorros dichosos de jugar con este ser extasiado al reencontrarse con sus compañeros de la infancia junto a un lago.
¿Qué más se puede decir? Desde que escuché este sugestivo relato, Neil Young se convirtió para mí en el hombre que hacía hablar a los arroyos y se comunicaba con los bosques y piedras. Alguien capaz de entender el lenguaje de los pájaros, ardillas y osos y transmitirlo en canciones incendiarias y sensibles que trascendían el mismo hecho musical.
Harvest es por todo esto y mucho más, un disco -por así decir- natural. Una obra sin artificio alguno cuyas estrofas y melodías parecen surgir desde el centro mismo de la montaña de oro e irradiar nuestros corazones como si todas ellas fueran soles rebeldes, impuros y fértiles. Una creación eternamente joven que, no importa la edad que se tenga, nos hace paladear el dulce sabor de la eternidad. Sentir que nuestro espíritu es infinito y permanecerá en este mundo, de una u otra forma, por siempre y jamás. Shalam
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