El órgano del miedo
En el año 2011, John Zorn tuvo una revelación "iniciática" al contemplar el órgano de tubo eólico de la capilla de San Pablo de la Universidad de...
Aunque el batería Artemio Pérez y el bajista Roberto Arbolea fueron los fundadores, Los Enemigos eran una salvaje jauría marcada por dos personalidades antitéticas pero complementarias. La primera, Fino, el bajista, era un obsesivo melómano. Nunca perdió el carisma juvenil -aun hoy parece que tiene quince años- y era el motor instintivo del grupo. El hilo de cordura necesario para que no estallara y se rompiera en pedazos. Un deportista del rock cuyo sueño era morir en el escenario y tenía un orgasmo cada vez que daba con las notas exactas para componer una canción. De hecho, cuando tocaba parecía estar haciendo el amor o en pleno cuelgue. Parecía un muñequito al que le habían puesto pilas Duracell que, obviamente, transmitía todo tipo de sensaciones. Sobre todo, pasión y buen rollo. Locura rock.
Los Enemigos hicieron discos crueles. La vida mata, por ejemplo, anunciaba la lucha diaria de Josele con la heroína con una crudeza que asustaba. Era casi un retrato de la vida marginal. Una radiografía feroz del lumpen. Algunas de sus canciones eran bajadas a los infiernos, chutes de veneno, desesperadas odas al destierro o el suicidio. Y Tras el último no va nadie y Sursum Corda son feroces odas nihilistas cercanas estilísticamente al grunge. Todos ellos están llenos de metáforas desoladoras. Sin embargo, eran un grupo que transmitía buen rollo -parecían una panda de amigos que se habían fumado unas clases y les había dado por montar una banda- y colegueo. Probablemente porque nunca dejaron de divertirse con lo que hacían. Se sentían tocados por la «gracia» divina de poder grabar discos con los que poder rememorar los dardos blues de Lynk Wray e interpretarlos en directo, y eso les hizo nunca despegar la mirada del suelo.
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