La decadencia
No existe cineasta más obsesionado con la decadencia que Luchino Visconti. Y muy pocos han sido tan alérgicos y se han sentido más alerta con la...
Semanas atrás, por ejemplo, pensando en Anticristo, forjé una escena en Puercos donde, en medio de un caserío solitario, se veía correr a una mujer desnuda, desesperada por haber perdido su hijo. Gritando sin cesar el nombre del niño, fuera de sí, con las uñas afiladas, sangrienta y sudorosa, abría las puertas de su hogar, el molino y la granja de puercos y borregos en busca de su marido. Y al hallarlo finalmente en el granero, hambriento, delgado, convertido casi en un despojo humano, comenzaba a golpearle con un látigo porque, a pesar de las palabras de aquel varón que yacía en el suelo meditabundo, ella sabía perfectamente que él era el gran responsable de la tragedia. Pues semanas antes, lo había visto a lo lejos, hablando con dos nobles subidos a un carruaje que se dirigían al solitario castillo gobernado despóticamente por el conde. Aquel furioso noble cuya crueldad y furia eran proverbiales así como su facilidad para hacer cumplir sus más perversos caprichos.
En fin, ninguna de las dos escenas aparecerá, es cierto, en Puercos. Pero de alguna manera, existen independientemente de la novela, gracias a mis recuerdos del film de Von Trier. Es curioso, desde luego, que tenga que ser en Avería, en esta especie de purgagorio, espacio a medio camino de aquello que será desechado y lo que será (con suerte) publicado, donde hayan visto la luz. O no tanto. Toda obra de arte es un sueño que produce más sueños. De unos nos acordamos y de otros, no. Y las películas no son una excepción. Ellas también producen todo tipo de ensoñaciones y reflexiones que van y vienen. Permanecen o se pierden para siempre en medio del cenagal de pensamientos diarios. Shalam
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